
Todavía persiste una mirada reduccionista que convierte casi cualquier olvido en una sospecha de deterioro cerebral. Pero, más que focalizar en una causa, habría que observar la vida entera.
Cuando una persona mayor repite una pregunta, se olvida una situación, pierde un turno o deja un objeto en un lugar extraño, aparece un diagnóstico social, rápido y casi automático: “¿No tendrá Alzheimer?” Como si la vejez tuviera una explicación única y cualquier falla tuviera que leerse desde ese punto de vista.
Entender de esta manera tales dificultades puede ser peligroso porque genera, en las personas mayores y su entorno, una sospecha de daño neurológico permanente. Al tiempo que borra un punto central: muchas dificultades cognitivas expresan un sufrimiento emocional importante.
No se trata de negar que existe el declive esperable para la edad o diversas formas de deterioro patológico. Se trata de cuestionar los cambios neurocognitivos como explicación inmediata y única a las dificultades en una persona mayor. A veces aparece como parte de un prejuicio viejista y otras como una respuesta clínica rápida.
Recordar no es un acto mecánico y la memoria no funciona sola ni en el vacío. Para recordar algo, antes hay que poder atender, registrar, organizar y poder evocar. Operaciones que se alteran cuando alguien está triste, angustiado, ansioso, solo o desbordado. En muchos casos, entonces, lo que falla no es la capacidad cerebral sino las estrategias que nos permiten procesar la información “en situaciones donde lo emocional predomina” ya que la persona puede estar absorta en cuestiones personales y dolorosas.

Uno de los factores emocionales más potentes es el duelo. La muerte de una pareja, de alguien cercano o incluso la pérdida de una forma de vida puede desorganizar la vida psíquica. El duelo puede presentarse como tristeza, pero también como confusión, fatiga mental, pensamientos repetitivos, desorientación, dificultad para concentrarse y una sensación persistente de extrañeza frente al mundo.
En ese contexto, no resulta raro olvidar situaciones, conversaciones, fechas, objetos o compromisos. La mente tiene otra prioridad, metabolizar una pérdida. Brianna Hoffmann (2024) mostró la incidencia en el mal desempeño de la atención y de las funciones ejecutivas, lo que implica planificar, organizar, decidir, entre otras. Es decir, el sufrimiento emocional no queda “por fuera” de la cognición: la atraviesa. Sin embargo, muchas veces el entorno lee esos olvidos como si fueran el comienzo de un deterioro irreversible, cuando podrían expresar un trabajo psíquico doloroso y esperable.
La ansiedad también interfiere fuertemente con la memoria. Shuting Sun y equipo (2024) mostraron que la ansiedad y las preocupaciones se asocian de manera importante con las quejas por fallas cognitivas en personas mayores. Dicho de manera simple: vivir bajo presión emocional erosiona la atención y la capacidad de fijación.
La depresión no solo entristece: también enlentece, vacía de interés, reduce la iniciativa y vuelve más difícil sostener la atención. La persona siente que piensa peor, que todo le cuesta más, que le cuesta conectarse con los otros.

El problema es que la depresión en la vejez suele banalizarse y subdiagnosticarse. Se la lee como cansancio normal, como desánimo lógico, como simple efecto del tiempo. Pero no lo es y cuando se naturaliza, se pierden dos cosas a la vez: la posibilidad de tratar el sufrimiento y la posibilidad de entender correctamente la multiplicidad de síntomas que genera, incluso cognitivos.
Aijie Zhang et al. (2024) y Quien Li et al. (2025) encontraron asociaciones consistentes entre síntomas depresivos y peor funcionamiento cognitivo en personas mayores, sobre todo en atención y funciones ejecutivas. No porque la depresión sea una enfermedad cerebral degenerativa, sino porque en personas mayores puede tener efectos altamente desorganizativos que puede parecer una demencia.
La soledad, como vivencia de sentirse solo, aún con otros, o el aislamiento, como el estar efectivamente solo por largos períodos, pueden generar vivencias de desconexión, falta de interlocutores, empobrecimiento del intercambio y ausencia de reconocimiento.
Cuando esos lazos se debilitan, también lo hacen los anclajes que sostienen la memoria. Los investigadores Martina Luchetti (2025) como Karina Van Bogart (2024) mostraron asociaciones entre soledad y una peor percepción del funcionamiento cognitivo cotidiano. Esto implicaría que afecta de manera importante la forma en que una persona se orienta, se activa y recuerda.
Pensar esto importa porque devuelve la memoria al terreno de la experiencia humana y cuando la vida se complica la atención se sobre exige y la memoria se vuelve más inestable.

Lo más problemático de atribuir todo olvido al deterioro cerebral sin revisar otros factores es el efecto subjetivo que produce. La persona y su entorno empiezan a desconfiar de su capacidad, a ser observada, corregida, evaluada. Cada distracción se vuelve una prueba y cada olvido una amenaza.
Por eso, no deberíamos olvidar —valga la redundancia— que el olvido tiene muchas causas y que cualquier reducción a un cierto tipo de comprensión, puede anular la posibilidad de mejorar la vida de una persona.
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