
La adicción al celular y a las redes es una tendencia asociada a adolescentes y jóvenes que circulan por la vida con el smartphone en la mano, que no resisten pasar un momento sin mirar la pantalla y se rebelan ante las restricciones parentales o escolares.
Sin embargo, ya aparecen varios integrantes de la generación silver que confiesan sin rubores que no pueden prescindir del “maldito aparato”.
Es el caso del conocido actor francés Fabrice Luchini, de 74 años, quien en una reciente entrevista para un podcast admitió, sin medias vueltas, que hace cine y teatro para escapar a su adicción. “Soy muy ansioso y muy adicto, lo que significa que, lamentablemente, estoy enfermo, y por eso sigo con mi carrera. He comprendido el poder perverso de este objeto. Este objeto, que parece insignificante, responde como nadie más en momentos de inactividad”.
Luchini da entonces un ejemplo concreto. “Estás en casa, esperando a tu pareja. Hay un minuto y medio en el que no pasa nada. Podrías decir ‘voy a mirar por la ventana de enfrente’. Me voy a aburrir, porque aburrirse significa registrar el vacío de cada momento con la certeza de que el siguiente será aún peor. ¿Y qué hacés? ¡Desenfundás el teléfono!”

Este hábito de sacar constantemente el teléfono cada vez que hay un momento de calma o una pausa, también se ve impulsado por los algoritmos de las redes sociales, que aprenden rápidamente qué le interesa al usuario, o como lo llama Fabrice Luchini, “el poder de la sugestión para el cerebro”. El actor dio un ejemplo concreto. “Me pusieron a boxear. No entendía por qué me seguían poniendo a Mike Tyson. Me ponen perros, a Mike Tyson y a mujeres que dicen que no quieren volver a pasar por la menopausia. Me pusieron en tres movimientos”. Esos pocos segundos harán que la neurona reciba una anfetamina, “y entonces solo desearás ese tipo de estímulo en la vida”.
Qué dicen los especialistas
La nomofobia es un trastorno de ansiedad que se caracteriza por un miedo irracional a estar sin el teléfono móvil. Se refiere a la necesidad de una persona de estar constantemente conectada y a la sensación de angustia que experimenta cuando no puede acceder y atender a todo lo que se publica en internet.
El uso excesivo del celular en adultos mayores es una tendencia creciente, a menudo motivada por la búsqueda de conexión social y entretenimiento, y supera en horas de pantalla a grupos más jóvenes. Esta dependencia puede generar sedentarismo, aislamiento social, problemas de sueño y, en casos extremos, síntomas de depresión o ansiedad ante la falta de conexión.
Muchos seniors usan el móvil para mantener vínculos con nietos y familiares, a veces sintiendo que deben estar “enganchados” para saber de ellos. También se advierte la falta de interacciones sociales presenciales, que fomenta la búsqueda de compañía en el mundo digital. Otra causa posible es el acceso fácil e inmediato a juegos, noticias y redes sociales.

“Yo tengo a mi lado un adicto, bueno, en realidad somos dos —dice Leonor, 73, aludiendo a su pareja, Antonio, 77—. Yo soy bastante adicta, pero si lo ven a él…”
Confirmando que es más fácil ver la paja en el ojo ajeno, sigue: “Es verdad que él está activo, que necesita estar conectado, etcétera. Pero por ejemplo, a la noche, si tiene insomnio, cuatro de la mañana, ¿qué hace? Agarra el teléfono. En cualquier circunstancia lo que hace es agarrar el teléfono”.
¿Y ella? “Y bueno, yo misma, en este momento, por ejemplo, tengo un rato libre y no me voy a poner a pensar. Es como dice Luchini: pensás en la nulidad, y en la nulidad que viene después o en cosas importantes. Pero uno qué hace, agarra el aparato y empieza a mirarlo. Es decir, los seniors que conozco, mis amigos, que se manejan bien con la tecnología, y tienen un buen teléfono, con Internet, son, somos adictos”.
Algo similar le pasa a Myrna, de 76 años. No se desprende de su teléfono: “Estoy todo el tiempo en TikTok, Instagram, etcétera. Y trabajo, no es que estoy en mi casa. Tengo un negocio y entre cliente y cliente…”

El doctor Alejandro Bègue, Médico (M.N. 90044), especialista en psiquiatría y psicogerontología y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, matiza un poco esto. “La adicción al celular entre la gente de 60, 70, 80 va a llegar un poco más adelante. Todavía no veo eso en la consulta ni en los geriátricos”. Bègue atiende en su consultorio y en varias residencias, incluso hace domicilios.
Por ahora, más bien ve a los que llegan a la consulta “con la rigidez de no aceptar la tecnología, de no usar los dispositivos inteligentes”.
“Al menos en esta década no lo veo —insiste—, en 10 ó 20 años será posible. Los de 40 sí, están a full en la aplicaciones on line. Ni hablar de los estudiantes que le hacen hacer la tarea a la Inteligencia Artificial”
Según él, el principal problema de los seniors actualmente, es “el dolor de haber sido desplazados del lugar del conocimiento, el saber, la experiencia”.
“Le pregunto al chat y no al abuelo —ejemplifica—. En lugar del Consejo de Ancianos, de los que transmiten la tradición, está Internet y la IA. Ellos están siendo desplazados del rol que suponían iban a tener en la vejez”.
Siempre hay excepciones y hay quienes siguen buscando a los adultos mayores como referencia. Culturalmente el argentino es bastante familiero en comparación con otras sociedades.
“No tengo diálogo con mi nieto ¡porque está todo el día en el teléfono!, es una queja que escucha Bègue con frecuencia en el consultorio. “—¿Y su hijo? — Lo mismo”.
“Cuando quieren trasladar su conocimiento analógico, se frustran, porque hoy se hace todo muy diferente. Mandame el QR. Podemos imaginar cómo les cae esta frase. Aunque ‘lo viejo funciona’, ya no se usa arreglar las cosas, algo en lo que ellos son buenos…”

¿Cuál es la situación actual en el mundo?
Los mayores llevan décadas enganchados a la televisión: en Reino Unido los de más de 75 años ven varias horas más de TV al día que los jóvenes, según datos oficiales. En contraste, históricamente habían quedado rezagados en lo digital; hace una década sólo alrededor del 20% de los estadounidenses mayores de 65 tenía un smartphone, por ejemplo.
Eso ha cambiado. Los nuevos jubilados —muchos con años de experiencia en internet— se han vuelto usuarios entusiastas de tecnología. Las empresas tecnológicas, a su vez, lanzan productos adaptados a la tercera edad, y ya ofrecen dispositivos con funciones orientadas a la salud y seguridad de los mayores. En América Latina la brecha digital generacional también se estrecha: en Chile, por ejemplo, la proporción de mayores de 60 años que usan smartphones pasó de 47% en 2019 a 58% en 2021, y en Brasil un 57% de las personas de 55 a 74 años utilizan internet.
A medida que la adopción digital se extiende, el tiempo de pantalla de los mayores va en aumento. Y no es que abandonen los medios tradicionales: suman nuevos consumos en línea a sus rutinas. En la última década, por ejemplo, el tiempo que los mayores de cincuenta dedican a la televisión y la radio se mantuvo estable, pero las horas en redes sociales, videojuegos y streaming crecieron. En el Reino Unido, los mayores de 65 años pasan más de 3 horas al día en internet (aproximadamente la mitad que un veinteañero); pero si se combinan las pantallas del mundo digital con la televisión tradicional, los jubilados terminan acumulando más horas frente a pantallas que los jóvenes adultos.

Consejos para evitar la adicción
Los expertos aconsejan establecer límites. Por ejemplo, evitar el uso del móvil durante las comidas y al compartir tiempo con otras personas. Para establecer una buena rutina del sueño, dejar el dispositivo fuera del dormitorio por las noches.
También recomiendan realizar actividades alternativas, fomentar el ejercicio físico y preferir las reuniones sociales cara a cara.
Aunque el uso moderado de la tecnología puede mejorar la “reserva cognitiva” y mantener la mente activa en la vejez, el equilibrio es fundamental para evitar la dependencia y ese miedo irracional a estar sin el teléfono.
Determinar causa y efecto no es sencillo: puede que las pantallas inciten al sedentarismo, o que muchas personas mayores recurran a ellas precisamente porque ya están inmovilizadas. El psicólogo Pete Etchells relata a The Economist que durante una larga convalecencia hospitalaria, su tablet fue la salvación contra el aburrimiento: quitarle el dispositivo no habría mejorado su movilidad, solo lo habría dejado más infeliz.
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