
Lejos de las cámaras y los flashes, Mónica ha logrado transformar su presente en una oda a la vitalidad en un entorno natural: su refugio en la tierra de San Pedro y el calor de su familia le dan el combustible necesario para una longevidad activa y plena.
Una historia tejida entre cámaras y escenarios
Nacida el 7 de noviembre de 1934 en Buenos Aires, Mónica María Elina Susana Cahen D’Anvers creció en un entorno de sofisticación y cultura. Hija del conde francés Gilbert Georges Louis Cahen D’Anvers y de la argentina María Elina Láinez Peralta de Alvear, su formación académica la llevó desde el Northlands School hasta la prestigiosa Universidad de Cambridge.
Antes de convertirse en el rostro indiscutible de las noticias, Mónica exploró su faceta artística. Entre 1964 y 1970, fue parte del elenco de la icónica telenovela El amor tiene cara de mujer y participó en filmes como Con gusto a rabia y Extraña invasión.

Sin embargo, su verdadera vocación la llamaba desde la redacción. El 3 de enero de 1966, inició su camino en Telenoche, un programa que bajo su conducción (primero junto a Andrés Percivale y luego con el inolvidable César Mascetti) se transformó en un hito de la televisión argentina.
Su trayectoria profesional no solo fue extensa, sino también profundamente reconocida. Con 25 premios Martín Fierro y el codiciado Martín Fierro de Oro obtenido en el año 2001 junto a Mascetti, Mónica consolidó un estándar de excelencia periodística que le valió también diplomas al mérito de la Fundación Konex.

El campo: un refugio que se convirtió en legado
Hoy, el centro del universo de Mónica no está en un estudio de televisión, sino en La Campiña de San Pedro, ese proyecto que inició de manera casi espontánea junto a su gran amor, César Mascetti. Lo que comenzó con la plantación de un solo naranjo en un terreno sin forma definida, es hoy un complejo sistema de producción agrícola, gastronomía y turismo que funciona como una extensión de su propia filosofía de vida.

Tras la muerte de Mascetti en 2022, muchos se preguntaron qué sería de Mónica y del espacio que ambos construyeron. La respuesta llegó con la acción diaria. Mónica no ha permitido que La Campiña se convierta en un museo estático o en un monumento a la nostalgia. Por el contrario, su rutina está marcada por el trabajo cotidiano y una dinámica que, aunque más pausada que el ritmo frenético del periodismo, es profundamente activa.
Cada fin de semana, cientos de personas recorren el predio en busca de duraznos, naranjas y productos artesanales. Y allí está ella, presente, agradeciendo a la gente que sigue eligiendo ese rincón de San Pedro. Este contacto con el público no es solo una cortesía, es la forma en que Mónica sostiene su propia historia, manteniéndose como el eje de una estructura que se niega a detenerse.

El entramado familiar: la música y el futuro
La vitalidad de Mónica también se nutre del relevo generacional. La Campiña no es solo tierra y producción, es una forma de “hacer” y de vincularse con la comunidad. En este sentido, la presencia de su familia es fundamental. Sus hijos, Sandra Mihanovich e Iván “Vane” Mihanovich, nacidos de su primer matrimonio con Iván Mihanovich, son pilares de este entramado.

La continuidad del proyecto ha cobrado un nuevo impulso a través de su nieta, Sol Mihanovich, quien junto a su padre y su tía Sandra, no solo participa en las decisiones estratégicas del lugar, sino que aporta una dimensión artística vital. Los shows musicales que realizan en el restaurante del establecimiento integran la producción de la tierra con la expresión del alma, creando una experiencia que refleja la esencia multifacética de la familia Mihanovich-Cahen D’Anvers.
Un ejemplo de envejecimiento activo
Ver a Mónica Cahen D’Anvers hoy es asistir a una lección de resiliencia y gratitud. A pesar de la ausencia física de Mascetti, con quien compartió casi 45 años de vida y un casamiento celebrado en 2004 tras décadas de convivencia, ella ha sabido reorganizar su existencia. Su vida actual es una síntesis donde el recuerdo convive con la presencia de las nuevas generaciones y el movimiento constante de visitantes.

Recientemente homenajeada por el colectivo Periodistas Argentinas como una referente e inspiradora, Mónica sigue demostrando que la jubilación es un concepto que no se aplica al espíritu. Su agradecimiento constante hacia la gente es recíproco: el público ve en ella a la profesional que los informó durante años, pero también a la mujer que hoy, con el mismo brillo en los ojos, elige seguir trabajando, creando y compartiendo.
Mónica Cahen D’Anvers no solo nos deja una herencia periodística inigualable, nos enseña que a los 91 años se puede seguir plantando, cosechando y soñando. Su vida en La Campiña es la prueba de que el presente, cuando se apoya en lo construido con amor y esfuerzo, es el lugar más fértil para seguir creciendo.
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