La feliz experiencia de un pueblo francés donde los adultos mayores conviven con niños y adolescentes sin familia

De Bonnefond los jóvenes se habían ido y quedaban apenas 110 habitantes, casi todos jubilados. Pero una asociación decidió llevar allí a menores que, en vez de estar internados en un hogar, hoy ocupan dos casas en el vecindario y comparten huerta, paseos, aprendizaje y juegos con los residentes locales que, todos, peinan canas

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Cuatro personas, un hombre mayor, una mujer y dos adolescentes, caminan por un camino de grava frente a una casa clara bajo un cielo azul despejado
Philippe y Florence Saint-Marcoux, animadores del proyecto, con dos de los chicos que dejaron el hogar público para vivir en Bonnefond, donde socializan con adultos mayores, vecinos del lugar

Como muchos pueblos europeos, Bonnefond se estaba vaciando. Quedan apenas 110 habitantes y todos son veteranos. No hay niños, salvo en verano, cuando los nietos vienen a visitar a sus abuelos.

Este es el lugar que la asociación LIVE (Sitio Intergeneracional de Vida en Común), animada por Florence y Philippe Saint-Marcoux, eligieron para esta experiencia que ya lleva varios años y hace felices a viejos y jóvenes.

Bonnefond, ubicado en la región de la Corrèze, en el sudoeste de Francia, se ha convertido así en el escenario de una revolución silenciosa en el sistema de protección de menores de ese país. Aquí, entre huertos de calabazas y el aroma de la leña, ocurre algo que las instituciones tradicionales rara vez logran: los “niños rotos” del Estado y los ancianos de la zona rural han encontrado una razón común para sonreír.

“Hace falta un pueblo entero para educar a un niño”, dice un proverbio africano que inspiró a los creadores del proyecto. Aquí en Bonnefond, este principio se convierte en una realidad tangible en la Francia rural del siglo XXI. En este rincón de Corrèze, se ha roto la lógica de la compartimentación social —los jóvenes en hogares, los ancianos en residencias— para crear un espacio de convivencia intergeneracional.

Hombre mayor y mujer joven posan con bigotes falsos y sombreros de fiesta. Detrás hay globos de números '1' y '9' y un aparador con platos y vino
Festejo intergeneracional en la sede de la Asociación LIVE en Bonnefond

La asociación fundada por los Saint-Marcoux desafía el modelo convencional de acogida. No es un orfanato, ni una residencia de ancianos. Es, en palabras de sus fundadores, un ecosistema donde la vulnerabilidad de unos se convierte en la fortaleza de otros.

“A nosotros los chicos nos hacen rejuvenecer y a ellos les gusta que les contemos las historias del pueblo”, dice una de las vecinas que al comienzo experimentó cierta inquietud ante el anuncio del desembarco de los menores pero enseguida se sintió feliz de compartir momentos con ellos.

El nacimiento de una “tercera vía”

Florence y Philippe no son unos recién llegados a la problemática de la minoridad desamparada. Ella ha pasado tres décadas recorriendo todos los niveles institucionales de la protección de la infancia, desde asistente social hasta directora de centros. Él, antiguo sommelier de un restaurante con estrella Michelin, decidió cambiar el vino por la educación social tras comprobar las carencias del sistema.

Un hombre mayor y un joven, ambos con mandiles, escurren un paño grande con contenido blanquecino sobre un fregadero en una quesería rústica
Aprendiendo a hacer el queso. La transmisión intergeneracional de los usos y costumbres ancestrales

La chispa de Live surgió de una observación doméstica y conmovedora. Mientras dirigían un centro en Maine-et-Loire, Florence llevó a su abuela de 94 años a pasar unos días con ellos. “Notamos que los chicos, normalmente muy agitados, se volvían más calmos, atentos y educados en su presencia”, recuerda Florence. “Y al revés: al contacto con ellos, la anciana recuperaba las ganas de caminar”. Esa sinergia fue la inspiración y el pilar de su proyecto: el vivir juntos ayuda a los jóvenes a adquirir competencias y a los mayores a conservar las suyas.

Un pueblo que se convirtió en familia

Instalarse en Bonnefond no fue sencillo. El miedo a lo desconocido hizo que algunos vecinos tuvieran recelo al inicio, temiendo que los jóvenes trajeran consigo la violencia de las grandes urbes. Sin embargo, la persistencia del matrimonio y el apoyo del alcalde de entonces permitieron comprar la antigua posada del pueblo y otras dos casas.

Seis personas sonríen a cámara: un hombre y una mujer sentados en primer plano, y un hombre y tres jóvenes de pie detrás, en un interior con mesa y bebidas
Miembros de la Asociación LIVE junto a los jóvenes que participan del programa: un momento de convivencia en el viejo albergue del pueblo

Hoy, el proyecto se divide en tres espacios que fomentan al mismo tiempo la autonomía y el encuentro:

Les Milans es el hogar de los niños de 6 a 13 años.

Les Menhirs es la casa de los adolescentes y jóvenes de hasta 21 años

Finalmente, Les Tilleuls, el antiguo albergue del pueblo, es el corazón del proyecto donde se encuentra el “café de los simpatizantes” y donde jóvenes y mayores se reúnen para comer y charlar.

En este entorno, la tecnología ha cedido el paso a lo tangible. En Bonnefond, los teléfonos móviles y las redes sociales están prohibidos mientras los chicos están en el dominio. “Los alimentamos con tantas otras cosas”, afirma Florence. En lugar de pantallas, hay una televisión para ver una película por la noche y una pila de DVD.

Grupo de jóvenes y adultos mayores celebran alrededor de una mesa con dos pasteles y velas encendidas; una mujer joven con gafas mira a la derecha
Celebrando cumpleaños en el albergue de Bonnefond que la asociación LIVE compró para que chicos y grandes se reúnan a compartir momentos y experiencias

La magia del intercambio cotidiano

La verdadera transformación ocurre en los detalles mínimos de la convivencia. No se trata de actividades programadas de forma rígida, sino de una vida compartida. Caroline, que llegó a Bonnefond hace dos años tras pasar por hogares donde la droga y la violencia eran habituales, ahora bate a mano la crema chantilly en la cocina para el postre del día. “Aquí es diferente. No nos sueltan”, confiesa con una madurez ganada a golpes.

Los ancianos del pueblo, como Nicole o Jacky, han asumido roles de abuelos adoptivos. Nicole enseña a los jóvenes a tejer, Jacky, de 82, los lleva al bosque a buscar hongos. Para muchos residentes locales, estos niños son “como los nietos que no tenemos aquí”.

Axel, un joven de 14 años que ahora sabe reconocer el canto de los pájaros, cuenta cómo Robert, un veterano del pueblo, le enseñó a trabajar la tierra. “Robert me enseñó cuándo sembrar las chauchas. Como ahora está hospitalizado, nosotros cuidamos sus verduras”, explica mientras pela papas. Este sentido de responsabilidad y utilidad es, quizás, la medicina más potente para niños que han crecido sintiéndose una carga para el Estado y olvidados por la sociedad.

Cuatro personas, principalmente jóvenes, cargan cajas de madera llenas de tubérculos en un campo verde bajo el sol. La persona en primer plano lleva una chaqueta negra
Los chicos cuidan la huerta del abuelo adoptivo que les enseñó a trabajar la tierra minetras éste se encunetra en el hospital

Otro plus son las excursiones fuera del pueblo. Los Saint-Marcoux han llevado a los niños de viaje a París y a las montañas de Suiza, entre otros sitios.

Un refugio contra la soledad y el estigma

El beneficio es bidireccional. Para los mayores, que a menudo se enfrentan al aislamiento de las zonas rurales o a la frialdad de las residencias, la energía de los jóvenes es un soplo de vida. Una vecina donó su piano, que ya no usaba, para que uno de los jóvenes practicara y deleitara al pueblo con su música. “Sientes que hay vida. Y que eso aporta vida al pueblo”, dice otra habitante que acude siempre que puede a compartir mesa con ellos.

Incluso Jacky, que vive en una habitación encima del café, reconoce que se unió al proyecto para “estar menos solo”. Compartir mesa con Caroline, Melina, Mathias y Laurie le permite escuchar sus historias y sentirse parte de algo que crece.

Un hombre mayor con gafas y un joven con un delantal estampado cocinan juntos. El hombre mezcla una preparación en un bol blanco con una batidora de mano
Cocinar juntos, otra de las actividades intergeneracionales promovida por la Asociación LIVE.

Sin embargo, Florence y Philippe no idealizan la situación. El trabajo es arduo y a menudo invisible. Algunos niños no logran adaptarse a las reglas de la comunidad y deben marcharse. Las tensiones existen y las disputas son inevitables, pero el marco de respeto y la presencia constante de educadores permiten que las heridas empiecen a cerrar.

Victorias contra todo pronóstico

Uno de los momentos más emotivos fue la despedida de Mathis, el primer niño acogido por Live en 2019, hace 6 años, cuando empezaba la experiencia. Tras años de apoyo, el muchacho parte hacia un centro de inserción profesional para trabajar en una lavandería. Es una victoria simbólica. “Son adolescentes por los que nadie apostaba”, dice Florence emocionada. “Es la prueba de que no por tener un pasado destrozado uno deja de valer algo”.

En total, 15 jóvenes ya dejaron el lugar. por alcanzar la edad adulta.

La propuesta de LIVE es una nueva forma de integrar socialmente a los adultos mayores, algo muy auspicioso, si consideramos que superar el aislamiento y la marginación son los principales desafíos de la edad del retiro. Cabe esperar que la experiencia se extienda, porque el modelo de Bonnefond debería ser el de todo un país.

Dos mujeres sentadas: una joven de cabello oscuro sonriendo a la izquierda y una anciana de pelo blanco con la mano en la mejilla a la derecha, frente a un papel tapiz con dibujos de árboles
Florence Saint-Marcoux y una vecina de Bonnefond

A pesar de los éxitos, el camino sigue siendo cuesta arriba. El proyecto lucha contra limitaciones de financiación y falta de personal suficiente. Los obstáculos administrativos también frenan la expansión: si acogen a más de un residente senior permanente en la posada, la estructura debería cambiar de categoría legal, lo que les impediría, irónicamente, comer los huevos de sus propias gallinas o los hongos del bosque por normativas sanitarias.

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