
Durante años, un mismo librito estuvo siempre en la mesa de luz junto a la cama de mis padres. Aprendiendo a envejecer, de Paul Tournier. Era motivo de chanzas, por parte mía y de mis hermanas, chanzas cariñosas, desde ya. Cuando se es joven, la vejez es algo muy lejano y ajeno. Pero en estos últimos tiempos, mis tareas en la sección Generación Silver de Infobae -y también mis años, claro- me trajeron el recuerdo de ese libro y la curiosidad por, al fin, leerlo. Tiene las huellas del tiempo, de las muchas veces que fue leído e incluso subrayado por mis padres.
Fue escrito en 1971 y publicado en Argentina en 1976 por una editorial evangélica (Aurora), por lo que siempre pensé que tenía un enfoque mayormente religioso, siendo además mis padres practicantes. Sin embargo Paul Tournier, que era creyente y consideraba fundamental abarcar la dimensión espiritual en todo abordaje de la persona y en los adultos mayores en particular, se muestra, para mi grata sorpresa, muy crítico del ambiente calvinista en el que creció, sobre todo por una mirada productivista del hombre y por inspirar un capitalismo sin rostro humano.
La ética protestante implica frugalidad, temperancia, ascetismo y ahorro. Cualidades positivas cuando no vuelven fundamentalismo: “Todo lo que proporciona placer está prohibido, todo lo que origina placer es pecado -escribió Tournier-. En la práctica, la reglamentación (calvinista) permite dos únicos placeres: ganar dinero y mantener relaciones sexuales conyugales; el resultado es el capitalismo y las familias grandes”.
Objetaba que, “de una moral basada en la Revelación”, cabía esperar “otra escala de valores: primacía del hombre sobre el trabajo y no del trabajo sobre el hombre”. Porque, en su visión, “el hombre es quien confiere dignidad al trabajo y no el trabajo quien da valor al hombre”.
Esta moral calvinista, decía, “lleva a asociar el placer o la diversión con la culpa y el pecado”, a la vez que “el ocio es subestimado”.

Señalando que también Marx “basa todo el valor en el trabajo”, Tournier concluía entonces que “las dos grandes corrientes ideológicas de nuestro tiempo (liberalismo y marxismo) concuerdan en otorgar una importancia fundamental al ‘hacer’ en detrimento del ‘ser’”.
Esto, agregaba, nos lleva al “fondo del problema de los jubilados”: como “el retiro de la vida activa se define por el cese del trabajo profesional”, y como “el hombre de hoy siente que no hay un interés fundamental su persona, que se lo considera un mero instrumento de producción”, el retiro equivale a un descarte.
“En la sociedad de consumo las personas tienen interiorizado el dogma de la productividad como si a ello se redujese el sentido final de la vida”, señalaba. André Gros, autor de “Vieillesse et longévité dans la société de demain” (Vejez y longevidad en la sociedad de mañana), sostiene que los adultos mayores deben antes que nada “recuperar la noción de dignidad innegable del ser humano”.
“No estoy contra el trabajo ni contra el progreso técnico”, aclara Tournier, pero “deber y placer son complementarios” y hay que considerar “cuán poco humana es una vida consagrada exclusivamente al trabajo”. “Durante toda mi carrera he tenido que curar a las víctimas de la apología del deber”, escribe.
Critica esta visión utilitaria: “Los jubilados son objeto de desprecio porque son seres desnudos, válidos por sí mismos, y no por las cosas que producen”. El progreso ha traído muchos beneficios a la humanidad, aclara, pero también “una pérdida del sentido de lo humano, una subordinación del hombre a las cosas”.
Sus años de práctica clínica le habían permitido medir “la necesidad vital que tiene todo hombre de ser admitido por los demás, ser estimado, aceptado, tomado en serio, escuchado con atención, respeto y benevolencia”.

También se rebela Tournier contra la idea de ver al anciano como “un adulto abreviado, amputado”, cuando en realidad “también él tiene una psicología propia, su evolución personal para cumplir, distinta de la del adulto”, y, como el niño, para “proseguir ese desarrollo, necesita sentirse escuchado, comprendido y amado”.
“En nuestra sociedad todo confirma la preeminencia del trabajo utilitario en detrimento de las otras actividades que elegimos por inclinación personal y no por deber”, decía, cuando en realidad “trabajo y distracción deberían ser complementarios”.
El propio Tournier confiesa que le gustaba hacer solitarios pero le daba culpa el tiempo que empleaba en ello y el placer que le producía. Hasta que un día vio una foto de Paul Claudel, el famoso poeta francés, en su residencia, sentado frente a una mesa donde estaban dispuestas cartas en un juego solitario…
“¿Acaso no tenemos derecho de hacer lo que queramos, lo que nos guste y complazca, aunque sea ridículo, aunque les parezca estúpido a los demás? ¿O es que no tenemos derecho a no hacer ni pensar nada, a perder nuestro propio tiempo?”, se preguntaba.
Aunque no fue la única temática sobre la cual escribió, Paul Tournier ha sido un verdadero pionero en materia de reflexión sobre la generación silver y lo que hoy se llama “longevidad activa”. En su libro, que ya tiene más de 50 años, resume casi todos los tópicos actuales en la materia. Fue uno de los primeros en afirmar que la calidad de una sociedad se medía por el trato dado a los adultos mayores... Por si era capaz de integrarlos en vez de descartarlos.
Consideraba que lo ideal era la permanencia de los adultos mayores en el medio familiar.

Medicina de la persona y biografía
En términos más amplios, sus ideas tuvieron un impacto significativo en los aspectos espirituales y psicológicos de la atención a los pacientes. Tournier fue el creador del concepto “medicina de la persona” -tal el título de su primer libro-, que indicaba su preocupación por tener en cuenta que no sólo factores físicos, sino también psicológicos y espirituales, inciden en las enfermedades.
Sus escritos ayudaron a muchos a comprender la relación de las enfermedades con las emociones.
Tournier nació en 1898, en Ginebra, Suiza. Era hijo de un pastor protestante. Quedó huérfano de muy pequeño y fue criado por un tío. Se recibió de médico en 1923. Durante la guerra (1939-45), sirvió en el cuerpo médico del Ejército Suizo.
Fue un precursor del diagnóstico psicosomático de la enfermedad y, aunque se interesó por la psicología creía que “la enseñanza psicológica más profunda” era “la de la Biblia.”
En 1940, volcó estas ideas en un primer libro La Médecine de la personne (1940), que inicialmente fue muy criticado por sus colegas, pero con el tiempo recibió el reconocimiento merecido y fue traducido a muchos idiomas.
Escribió un total de 20 libros (entre ellos, De la soledad a la comunidad, Biblia y medicina, El personaje y la persona, La aventura de la vida, Dificultades conyugales, Frente al sufrimiento), muchos de ellos traducidos a varios idiomas, y era constantemente invitado a diferentes países para dictar conferencias y sus ideas impactaron en otros profesionales, tanto médicos como psicólogos, sociólogos y teólogos, y en todos aquellos cuya profesión consiste en el acompañamiento de las personas: pastores, laicos, docentes, consejeros, etc.
Murió el 7 de octubre de 1986 en Troinex, Suiza, a los 88 años.

Algo llamativo es que Tournier hizo un recorrido personal muy parecido al de Mario Alonso Puig, el conferencista del que hemos comentado aquí dos extraordinarios videos con recomendaciones silver (“¿Es una buena idea enamorarse después de los 60?” y “8 cosas que los padres silver no deben decirles a sus hijos adultos”). Médicos de formación, con varios años de ejercicio de la profesión, ambos fueron descubriendo en el consultorio que, más allá de las dolencias físicas, existían aspectos de la vida de sus pacientes que no podían dejar de lado al tratarlos: sus temores, preocupaciones, angustias, traumas, deseos, sueños, vínculos, etc. Poco a poco empezaron a interesarse por una medicina más holística, más humana en definitiva, que contemplara al paciente como persona y no sólo como un cierto número de síntomas físicos, y a incursionar en la psicología, la sociología, la filosofía y otras materias, para encontrar herramientas que les permitieran contener mejor las historias que escuchaban en el consultorio.
Ambos resultaron ser grandes instructores para la vida y el suizo lo fue mucho antes de que se pusiera de moda el coaching ontológico. A los dos, este camino los llevó a iniciar una segunda carrera como disertantes y escritores.
Tournier dejó progresivamente la práctica médica para consagrarse por completo a la difusión de su pensamiento a lo largo y ancho del mundo, ya que era constantemente invitado a dictar conferencias en distintos países.
En un informe especial emitido en la televisión española un par de décadas atrás, se decía: “Sin ser psicólogo ni psiquiatra, desde su práctica de médico de familia, de cabecera, Tournier fue descubriendo que la gran mayoría de los problemas de salud surgían de lo que él llamaba problemas de vida, asuntos no resueltos: celos, odios, resentimientos, problemas de aceptación de uno mismo, y que esto, poco a poco, iba generando unos problemas de salud que no se solucionaban solamente con la medicina clásica, ni tampoco con la psicoterapia, sino que requerían hurgar más profundo en el alma, en el espíritu de la persona”.

Tournier fue el primero en preocuparse por la etapa de la vida que se abre a partir del retiro de la profesión o el trabajo. “Sin duda hay que aceptar el hecho de envejecer -se lee en las primeras páginas de su libro-, aceptar el retiro jubilatorio, asumir serenamente la perspectiva de la muerte; hay que mantenerse activos, sociables y abiertos en la medida de lo posible y a pesar de una cierta inevitable soledad. A la vez habrá que aprovechar las distracciones, interesarse por nuevos temas, por los jóvenes, por los cambios ideológicos, reflexionar sobre uno mismo, meditar, adquirir sabiduría, ser agradecidos. También es necesario que la sociedad restituya a los viejos la conciencia de su valor personal, el sentimiento de ser aceptados de verdad, y que les asegure el restablecimiento de su dignidad, mediante recursos financieros adecuados y atenciones específicas”.
Consideraba que el buen uso del tiempo libre dependía en gran medida del nivel cultural de la persona. Cultura entendida aquí en sentido amplio, aclaraba: “El arte, la relación personal con el prójimo, la comunión con la naturaleza, y la comprensión de la vida”.
No se trata simplemente de “matar el tiempo sin demasiado aburrimiento”. “El verdadero problema reside en el significado que le asignemos a nuestra actividad; habrá que ver si solo se trata de pasar el tiempo, o si es una necesidad vital de desarrollarnos y expandirnos hasta nuestro último día”.
Su conclusión: “Solamente la cultura puede asegurar la utilización fecunda, duradera y satisfactoria del tiempo libre”.
Admite que es difícil que quien no tenía otra ocupación aparte de su trabajo emprenda una nueva actividad una vez jubilado. En cambio, el que la tenía, la intensifica.
“No es muy seguro que las manualidades o la jardinería puedan bastar para procurar una jubilación feliz”, reconoce. Pero si se tuvo pasatiempos interesantes, paralelos a la carrera, y que eran algo más que una distracción pasajera, éstos podrán intensificarse. De ahí lo de “aprender a envejecer”.
“¡Cuántos jubilados se aburren porque no saben qué hacer con esa libertad impuesta! Sin imaginación, sin hábito ni entrenamiento, se dejan estar, sin intentar nada interesante”, lamenta, pero señala que “el germen de esta pasividad existía en cada uno desde mucho tiempo antes, encubierto por la rutina del trabajo y de la vida social que ocultaba el vacío de cada individuo”.
“Sí, —insistía Tournier— para tener una hermosa vejez el hombre debe elevar su nivel cultural, y mucho antes de ser viejo”. Citaba al respecto a Adolphe Portmann, que dijo: “Quien no aprendió desde temprano a buscar el sentido de su vida, en la vejez no podrá encontrar el modo de hacerlo”.
Y Tournier admitía: “No es fácil un cultivo paralelo de la vida activa y la vida contemplativa, la ciencia y la poesía. Y en el momento de retirarse es muy difícil pasar bruscamente de una a otra”. Entonces, “para que esa reconversión se pueda cumplir con éxito en el momento oportuno, es preciso comenzar muy temprano, ya a los 50 o incluso a los 40”.
En síntesis, para aprender a envejecer se debe empezar de joven…
Pero mucha gente, si no la mayoría, no quiere pensar en la jubilación antes de que ésta llegue; es un pensamiento que se rechaza. Tournier comenta que una paciente le dijo:
“¡Espero morirme antes de llegar a vieja!”

“Hay que lograr que esos años finales de nuestra vida sean tan hermosos como sea posible y esto no es utópico. Nadie ignora que habrá que atravesar pruebas, pérdidas, tratemos de evitar las desdichas evitables”, escribe el médico.
Menciona ya entonces la existencia de cursos preparatorios -en en ese entonces se refiere a uno de Grenoble, creado por el doctor Robert Hugonot y del filósofo Michel Philibert-, “donde conferencistas de alto nivel exponen los problemas médicos, jurídicos, económicos, sociales y espirituales del retiro”. Experiencias que siguen siendo muy incipientes aun, en el mundo, y en nuestro país también.
Tournier se mostraba optimista hacia el futuro: “Dentro de 20 años, los jubilados serán muy distintos de los que vemos ahora. Serán los que hoy están en su plenitud y que con el desarrollo de las posibilidades de viajar, el mayor tiempo libre, la televisión, los cursos para adultos, etc, descubrirán nuevos intereses que evitarán que caigan en la pasividad de los jubilados de hoy”.
“Este es uno de los dramas de la adaptación a la vida de jubilados: para los individuos de profunda conciencia profesional, tan entregados a su deber que nunca se concedieron descanso durante su carrera, es difícil dejar la profesión”, escribe. Y agrega: “Es seguro que alguna distracción se habrán concedido, pero furtivamente, con rapidez, con muchísimos escrúpulos, como si se tratara de tiempo robado al trabajo, sin permitirse una entrega total para qué la pasión no los desviara. Así, se encerraron en un mundo demasiado estrecho, en una rutina ciega y al ser arrancados de ella por la jubilación se encuentran perdidos”.
“Mi mejor deseo para todos los hombres es que la vida los empuje, de tanto en tanto, y los arrincone para que tengan que buscar nuevas salidas”; Tournier aludía a su propia experiencia, ya que fueron las circunstancias, los encuentros vividos en su consultorio, los que lo llevaron a reinventarse como consultor en cuestiones de vida.
Pero sobre todo era un consejo: prepararse para la última etapa de la vida requiere pensar en ello mucho antes del retiro laboral, reflexionar sobre el sentido de la vida y, en la medida de lo posible, ir construyendo una “carrera” paralela que podamos expandir cuando dejemos el trabajo activo.
Para la integración de los adultos mayores al mundo actual, señalaba que se requería “la concurrencia de un cambio personal y un cambio social”, porque “cada anciano tiene que poder llevar, dentro de la sociedad, una vida tan feliz, interesante y útil como sea posible y reencontrar así, su lugar en aquella”.
¿Cómo puede el jubilado seguir siendo útil a la sociedad? No se trata sólo de ofrecerles entretenimiento sino de valorar lo que el adulto mayor puede ofrecer, esos servicios que incluso puede brindar mejor que los jóvenes.

Para Tournier, esa segunda ocupación podía estar consagrada a las más diversas actividades, y hasta ser más variada que el trabajo desarrollado a lo largo de la vida. Puede ser entretenimiento, puede ser un nuevo trabajo o el mismo pero a otro ritmo, puede ser la educación permanente, puede ser un voluntariado, etcétera.
Lo importante es el sentido que se le dé y el poner pasión en ello, dice. Porque aunque muchos tienden a ver a la vejez como “una edad sin pasiones”, no es ni debiera ser así, porque “la ausencia de pasión es la muerte anticipada”.
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