
La egiptología argentina llegó a gozar de reconocimiento internacional y varios especialistas de nuestro país participaron de misiones arqueológicas en aquella región. Pero la de Tell el-Ghaba fue la primera enteramente argentina y la dirigió la historiadora Perla Fuscaldo.
En 1992, el gobierno egipcio lanzó el Proyecto de Rescate Arqueológico del Norte del Sinaí para salvaguardar al menos 40 sitios en peligro, incluyendo Tell el-Ghaba.
En noviembre del año pasado, se inauguró una muestra en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires sobre la influencia egipcia en la cultura nacional y que resalta el interés de artistas, científicos y académicos argentinos por la egiptología. Hay varias referencias a la misión conjunta franco-argentina del año 1962 cuando, también en respuesta a un llamado -esa vez lanzado por la Unesco- a rescatar sitios arqueológicos en Egipto, el egiptólogo y biblista argentino Abraham Rosenvasser integró ese grupo de especialistas binacional.
En cambio, no hay referencias a la misión enteramente argentina que encabezó Fuscaldo, discípula de Abraham Rosenvasser, que fue su director de tesis cuando obtuvo su doctorado en 1968.

La misión se inició en 1995 y se extendió por varios años, con resultados que permitieron una reinterpretación de la presencia de los hicsos en la zona, a partir del relevamiento de todo lo hallado en ese asentamiento que funcionaba como un puesto fronterizo en la carretera que unía Egipto con Palestina y el Levante, conocida como el Camino de Horus.
Como suele suceder en la Argentina, a diferencia de los recursos con que contaban otras misiones, mayoremente europeas, el esfuerzo, incluso presupuestario, corrió en buena medida por cuenta de los mismos involucrados. El Conicet financiaba los pasajes y un día de hotel en El Cairo. Luego había que trasladarse a la zona y alquilar una vivienda. Fuscaldo hasta tuvo que aprender a manejar para conducir la camioneta que los llevaba al sitio.
Nada de esto impidió que la misión redundara en un aporte fundamental a la historiografía y a la preservación del patrimonio arqueológico de Egipto.
Tal vez una próxima exposición incluya la misión de Tell el-Ghaba; entretanto, un documental está en proyecto.
Perla Fuscaldo (84) estudió Historia en la UBA donde luego fue profesora titular y directora de su Instituto de Historia Antigua Oriental. También fue directora del Programa de Estudios de Egiptología del Conicet e investigadora honoraria del Museo de Ciencias Naturales de La Plata. También ha dirigido revistas especializadas y publicado numerosos trabajos y artículos. Antes de dirigir su propia misión arqueológica en Egipto, integró la misión austríaca en Tell el-Dab’a, dirigida por Manfred Bietak.

En esta charla con Infobae evoca esa misión y admite que el legado y la continuidad de la egiptología en la Argentina no están garantizados, por la crisis general de nuestras universidades y de organismos como el Conicet.
— Usted es muy citada cuando se habla del Egipto antiguo. ¿Por qué está su nombre tan asociado a la egiptología en la Argentina?
— Porque nosotros hicimos entre 1995 y el 2009, la primera campaña arqueológica argentina en Egipto. Y eso surgió porque yo estaba trabajando ya hacía dos años en la misión austriaca en el Delta, que fue un trabajo magnífico, en un sitio que es Tell Dab’a, la antigua Avaris, capital de los hicsos. Esas excavaciones produjeron los mayores cambios en la reconstrucción histórica de los últimos cincuenta años. Un cambio de interpretación. Ahí trabajé catorce años. Egipto necesitaba hacer un rescate arqueológico de sitios del norte del Sinaí. Toda esa zona es sobre todo muy árida a partir del siglo VI de la era cristiana, cuando la rama pelusíaca (del Nilo) se seca. Los egipcios empezaron a construir un canal que iba paralelo al Mediterráneo, entre el Nilo, la rama más cercana, hacia la zona de la frontera con Israel, hacia El Adish. Todos los sitios arqueológicos que estaban en el camino iban a ser destruidos.
— ¿Eran sitios sin excavar?
— Sí, pero cuando los israelíes atacaron Egipto y se instalaron en el Sinaí, en la década del 70, detrás del ejército fue la universidad de Beersheba. Ellos no excavaron, pero relevaron todos los sitios arqueológicos que había en el lugar. Luego los egipcios empezaron a hacer su relevamiento y buscaban nuevos equipos. Entonces, me ofrecieron a mí uno de los sitios que se llama Tell el.Gaba, que está ubicado al lado de una laguna, cruzando lo que es ahora el Canal de Suez. Es una muy importante zona de tránsito.

— ¿Hacia dónde?
— Hacia el Levante, Mesopotamia y el Mediterráneo. Ahí trabajamos todo un equipo. Yo no soy arqueóloga, así que la excavación la hizo Eduardo Crivelli, que trabaja muy bien, y yo dirigí la misión y también lo concerniente a los objetos y sobre todo la cerámica. Los 15 años de práctica en la misión austriaca me permitieron trabajar todo eso.
— ¿Qué tamaño tenía el área que les atribuyeron?
— Actualmente, antes de excavar, se hacen relevamientos de geofísica. El relevamiento de geofísica de la zona dio unas doce hectáreas.
— ¿Quiénes eran los habitantes de esos asentamientos?
— En el caso de los hicsos, se determinó que hubo, en Reino Medio, un grupo de artesanos vinculados con la construcción de barcos que venían de la zona de Biblos. Con cierto grado de egipcianización por la influencia de Egipto en Biblos. Después, hay una migración mayor, de la parte norte de Israel, y luego un tercer movimiento, menos numeroso, de gente que probablemente haya sido desplazada cuando Hammurabi conquista Babilonia y los empuja hacia la costa. Por eso hay todo una influencia levantina en esa zona que con el tiempo forma la dinastía XV, ya mezclados con lo egipcio. En Avaris se han encontrado dos palacios de los hicsos. Después, eh, los reyes de la dinastía XVIII conquistan esa zona. Primero, los alrededores, luego conquistan Nubia, para asegurarse la frontera sur. Y después, la dinastía XVIII se expande por el Levante. Thebas estaba encajonada. Para poder controlar el Levante, tienen que estar instalados en el Delta Oriental. Y levantan ahí la capital, Avaris, con un complejo palatino impresionante de la época de Tutmosis III. Pero todo eso no se ve como las pirámides.
— ¿O sea?
— Está debajo de las tierras de cultivo. Se trabaja alquilando los terrenos, después de levantada la cosecha, y a los veinte centímetros de profundidad están las ruinas. Y de ahí se llega hasta el predinástico. Por supuesto que cuanto más abajo se va, mayor es el trabajo de sacar el agua bajando la napa para poder trabajar en seco. (Mostrando el plano) Y acá ves el relevamiento de geofísica. Se ha detectado...

— Eso les indica dónde...
— En amarillo, más de treinta edificios.
— ¿Qué eran? ¿Depósitos, viviendas?
— Es un asentamiento de lo que se llama el Camino de Horus. El camino que iba desde el Delta del Nilo hacia el Levante. Era la ruta tanto comercial como militar y de desplazamiento de población. Siglos VII y VI antes de Cristo. Detectamos cuatro niveles de ocupación. Lo primero es una instalación transitoria de juncos y pajas, con algunos asientos de tiendas, transitorias, sobre todo de pescadores. Después, aparece un primer momento con edificios grandes. Este es un edificio de unos diez por seis metros aproximadamente, con cerámica de calidad, objetos finos y talleres, lo que indica posiblemente la existencia de un jefe local.
— Los objetos encontrados ¿dónde están?
— Nada de lo que se encuentra en Egipto puede salir del país. El objetivo es crear museos locales. Después, en un tercer nivel, se observa una mayor expansión del sitio. Edificios públicos, que son construcciones con casamata. La casamata, como espacio vacío, sirve de plataforma del edificio, ya que son áreas inundables.
— Para elevarlos.
— Encontramos objetos de diferentes tipos, muchísimo material cerámico. Aquí tenemos otro edificio, interesante, también de la misma época, pero mucho más grande, y la cerámica encontrada es de tamaño grande y muy tosca. Lo que indica que eran barracas. Los objetos hallados son indicio de un sitio con artesanos, agricultores, pescadores y comerciantes, por la cantidad de cerámica importada.

— ¿Qué objetos eran?
— Desde piezas para la red de pesca, anzuelos, objetos de senet, que es una especie de juego de damas, adornos, pesas de telar, afiladores, pesas de balanza.
— Los sellos, ¿para qué eran?
— Hay sellos para marcar objetos y otros que son conmemorativos.
— ¿Qué valor arqueológico tienen estos asentamientos?
— Justamente, la importancia de los asentamientos es que se observa el funcionamiento de la vida de la ciudad. La tumba es interesante verla, pero representa un momento de un nivel social determinado, no representa la vida de la ciudad.
— La vida cotidiana de una población.
— Sí, después hay una serie de ojos usados como emblemas de protección.
— Los escarabajos también, ¿no?
— Son para protección. Contra el mal, en busca de la fertilidad.
— Ajá.
— Y también las estatuillas de Bes. Aquí no se incluyen los grandes dioses. Se trata del culto popular cotidiano, que suele tener pequeños altares o repisas en las casas, donde colocan a los dioses.

— ¿Qué pasa con lo que excavan? ¿Queda a la vista?
— En las zonas arqueológicas, es decir de protección, se cubre para que no se siga desgastando, porque el desgaste se debió en particular a la erosión del viento. A la salinidad por la cercanía del Mediterráneo. En el Delta, donde se trabaja debajo de la zona de cultivo, se saca todo, se fotografía, se documenta, y se vuelve a cubrir con la tierra extraída, se nivela para que la irrigación continúe y se devuelve a sus dueños.
— Queda un registro fotográfico entonces.
— No solamente fotográfico, también de dibujo, y descriptivo. (Señalando una lámina) Por ejemplo, aquí hay una figura negroide. Como los saítas en un momento determinado atacan Nubia, trajeron población de allí. También este amuleto, de una divinidad local nubia que ha entrado allí. Aquí ves la cantidad impresionante de cerámica que hay. Esta fue la primera muestra que se hizo en Abú Seïfá, un centro de estudio egipcio. Cuando se produjo la primavera árabe, muchas piezas salieron de ahí.

— Recuerdo que usted comentó hace un tiempo que en ese momento de crisis hubo muchos robos de piezas que aparecieron en el mercado negro.
— Sí, después te voy a contar algo sobre eso. Siguiendo con los hallazgos, también había cerámica palestina. Fina, como para el transporte de mercancías en barco. Luego traspasan el contenido para transportarlas en tierra, porque este sistema no es cómodo para transportar en tierra, sí para barco. También había cerámica fenicia, egipcia, chipriota...
— Había un comercio muy activo entonces...
— El comercio existe desde el año 4000. Y creo que incluso mucho antes del 4000. Las ánforas son para el transporte de mercancías. Hay dos tipos de cerámica importada: la fina, para uso de la elite, y la cerámica comercial, especialmente para el transporte de aceite, cereal, vino, grasa y otros productos.
— Claro.
— Aquí vemos fotos y dibujos. Si está solo la foto, no da idea de la pieza completa. Por eso la edición de la pieza cerámica es muy importante. Es impresionante la cantidad de dibujos que tuvimos que hacer.

—¿Y eso quién lo hace? ¿Llevan a un dibujante o lo hacen ustedes?
—No, no. Trabajé con los austríacos, que encontraron frescos minoicos. Había una dibujante excelente. Cuando fueron a ensamblar las piezas, no encajaban. Porque lo hacía a mano alzada. En cambio, la arqueóloga, lo hacía con calibre y así las piezas encajaban perfectamente.
—¿Cómo se formó usted?
—Yo aprendí egiptología con Rosenvasser y cerámica con (Manfred) Bietak, trabajando allá. Y gracias a eso pude organizar esta misión, enseñar a la gente a trabajar la cerámica. Además, en La Plata estaban todas las piezas que Rosenvasser había traído de las campañas en Nubia. No del templo, sino de las estructuras locales, de la población nubia, que no es egipcia.
—¿Siempre le interesó la egiptología?
—Siempre me interesaron la Egiptología y la Arqueología, temas relacionados. Hay que elegir con quién se puede trabajar. Y Rosenvasser era uno de los referentes en ese momento. Él se interesó mucho por la egiptología y los estudios bíblicos. Las generaciones posteriores empezaron a especializarse más, porque ya era imposible abarcar todo. Aquella generación tenía una formación menos técnica, pero más amplia. Rosenvasser había descifrado el papiro de Buenos Aires, lo conocían de los congresos y lo invitaron a una misión conjunta con los franceses. Y así comenzó.

— Recuerdo haber leído en el diario la noticia de los hallazgos de su misión, a fines de los 90: “Equipo argentino descubre…” Y que usted la dirigía.
—Siempre me interesó el trabajo de campo, pero no es fácil integrarse a las misiones europeas. Empecé en la década de los setenta. Un alumno mío, que es director de cine documental, vio que no había nada en la exposición y dijo: “Te voy a hacer un documental”. Y preparé material. Mi primera experiencia fue aquí, en un sitio filisteo. Estuve nueve semanas, un calor...
—¿Es limitante ese clima?
—No aguanto el calor en verano. La misión duraba un par de meses al año. E incluso durante ese tiempo yo trabajaba más en el laboratorio que en el terreno.
—¿En qué zona fue la misión austríaca?
— En el Delta Oriental. Trescientos cincuenta hectáreas detectadas por geofísica. Y falta mucho más. Me encantó el trabajo en la misión austríaco. Llegó en un momento más adecuado, porque yo tenía la formación suficiente para manejar el tema.

—¿Ustedes mismos excavan o contratan gente en el lugar?
— En Egipto están los llamados cuftis, que son técnicos que se formaron en el Alto Egipto, que hacen ese trabajo, y los arqueólogos dirigen y registran con mucha prolijidad. Justamente la Misión Austriaca es un modelo en el registro documental, tanto de campo como de laboratorio. Además Bietak había sido prehistoriador; es gente que, con dos huesitos y unas piedritas, reconstruyen todo. Ahora hay toda una serie de disciplinas complementarias. Inclusive nosotros en Sinaí, que es un asentamiento donde la población se alimentaba mayormente de pescado, vino un especialista del Museo de La Plata, para estudiar todos los restos que había. Y una arqueóloga del Conicet para la clasificación de pastas importadas. El resto del equipo, 17 en total, era gente de Conicet y de la UBA y algunos voluntarios.
— Vi que Rosenvasser se interesaba también en el estudio bíblico. ¿La arqueología confirma el relato de la Biblia o lo contradice?
—Las tradiciones del Éxodo tienen algunos elementos históricos, pero no son hechos históricos de por sí. Cuando se habla de población semítica en la época ramésida, es población de toda esa zona, pero no son los hebreos que vienen mucho después. Así que siempre hay cosas que son históricas, pero otras que no. Cuando estaba trabajando en la Misión Austríaca, alguien de National Geographic me dice: “¿Puedo sacar una foto?” Contesté: “No, porque después ustedes van a decir: ‘Ese es el material que usaron los hebreos cuando salieron de Egipto’”.

—En el Conicet había un departamento de estudios egipcios. ¿Eso sigue existiendo?
— Pasa lo siguiente. Cuando en la Facultad de Filosofía, por la politiquería, a fines de los ochenta, 1988, 1989, ya no se podía trabajar, me ofrecieron abrir un programa en Conicet. Un núcleo de investigación, una especie de instituto chico sobre un determinado tema. Entonces creamos el Programa de Estudios de Egiptología. Había otros: uno de estudios medievales, otro de geografía urbana y otro de arqueología. Por un problema de costos, decidieron unir esos cuatro programas en lo que llamaron Instituto Multidisciplinario de Historia y Ciencias Humanas. Como si la historia no fuera ciencia humana... (ríe). Me nombraron interinamente. Después gané el concurso y después los mandé a pasear porque tuve problemas con las autoridades de Conicet. Los investigadores tenían personal de apoyo. Yo no puedo aceptar que una persona trabaje dos horas y pase el resto del tiempo sin hacer nada, cuando hay otras áreas en que su capacidad permite ser útil. Yo no sirvo para calentar sillas. Renuncié. La gente de Egiptología pasó a la UCA. Por ejemplo, Roxana Flamini y Juan Manuel Teves, un chico brillante. Se dedicó más a santuarios de la zona del Levante y de Arabia. De la gente joven es el que está más adelantado. Alejandro Botta trabajó con la colonia judía de Elefantina. Hizo su doctorado en Alemania y está como profesor en la Universidad de Boston. Andrea Seri, egresada de Rosario, se fue a estudiar a Europa, a Estados Unidos. Fue profesora de asiriología en Harvard y en el Instituto Oriental de Chicago y después, por razones familiares, se vino a Buenos Aires y está en Córdoba. Alicia Daneri y Rossana Flamini se jubilaron. A Flamini le acaba de dar un premio por un libro la Sociedad Bíblica en Estados Unidos. Es decir, la gente buena, o ya se jubiló o está fuera de Conicet, porque lamentablemente, en Humanidades, los últimos veinte años han sido un desastre, cada vez más barranca abajo. Para que eso levante cabeza, si es posible, se requiere mucho tiempo.
— ¿Se refiere solo al Conicet o lo dice en general?
— Conicet y universidad. UBA.
—Pero hoy, si un estudiante de Historia le dice que quiere especializarse en Egiptología, ¿qué le recomendaría?
— Hace un mes me mandó un mail un rabino que había estudiado árabe, sabía hebreo, y me dijo: “Quiero estudiar Egiptología, pero en forma seria. ¿A dónde voy?” Le dije que en el Museo de La Plata estaban las piezas egipcias más importantes y muchas publicaciones. “Y si usted quiere estudiar asiriología, egiptología en serio, y porque tiene una familia de cuatro o cinco chicos no se puede mover de acá, póngase en contacto con la gente de Conicet. Es muy probable que ellos tengan posibilidad de hacer cursos desde acá. Y si maneja hebreo, la Universidad Hebrea de Israel en Egiptología es excelente. Yo acá no recomiendo nada. Es la verdad, es lamentable. Ahora es mucho más fácil el acceso al material, pero hay una decadencia general.
—Todo el trabajo que usted hizo en la misión de Tell el-Gaba, ¿está contenido en publicaciones?
—Sí, sí, está en dos volúmenes. Además hicimos una versión digital.

—Recuerdo haber leído en la facultad el informe de una excavación en Chile. Parecía una investigación policial, detectivesca. Se trataba de un asentamiento popular, no de elite. Me resultó fascinante toda la información que sacaban nada más que a partir de los basureros, de los desechos, sobre la vida cotidiana de esos pobladores…
— Entre encontrar un piso limpio y un basurero hay una gran diferencia. El piso limpio es útil para datación, pero el basurero te da información de qué comen, qué usan, si están enfermos, todo eso. Porque son todas las cosas que vos tirás, pero...
—…que usaste, claro, las herramientas, cuchillos, vasijas, incluso rotas...
— Las cosas que se encuentran acá en arqueología urbana son esos pozos. En el primer volumen que publicamos se puede ver la introducción, el catálogo, la estratigrafía. La misión, el sitio, el calendario, la ayuda financiera. Toda la gente que participó, qué cargos han tenido en la misión. Las publicaciones que se fueron haciendo año por año. Los agradecimientos a la gente que colaboró. La metodología del trabajo. Cómo se hizo, qué cosas se tuvieron en cuenta para la descripción, el esquema de datación. Al final están los dibujos y también hay fotos. Y en el segundo volumen hay una serie de estudios. Creo que viendo esto uno se da cuenta de todo lo que uno trabajaba.

—¿Hay una reconstrucción histórica también de los hallazgos?
— Sí, la época del asentamiento, qué extensión tiene, qué edificios había, qué tipo de objetos, qué tipo de gente había. Un asentamiento egipcio en una cadena de puestos de expansión, de recorrido, con vida propia, porque ellos tienen comercio que viene del Mediterráneo. Viven de los productos del lugar. Hay también agricultura, no sabemos en qué escala, pero hay. Se han encontrado hornos de cerámica.
—¿Templos no encontraron?
—Templos no hay. O hasta ahora no se han encontrado.
—Pero sí las estatuillas. O sea, un culto más popular.
— Que es lo interesante de estos asentamientos, porque es la vida cotidiana.
— ¿Actualmente está trabajando en algún lado?
— No, no. Yo me jubilé y considero que uno en la vida tiene que cerrar etapas. Estar en actividad significa seis días por semana, doce, quince horas por día. Basta, ya es suficiente. Trabajé cinco años más después de que me jubilé con los proyectos en Delta.
—Me iba a contar algo sobre los robos de piezas arqueológicas.
—Durante la presidencia de Macri hubo una conferencia de prensa sobre el decomiso de una colección de piezas egipcias, chinas, japonesas, alemanas, nazis y americanas. A mí me llamaron para que hiciera la identificación del paquete. Preciosas las piezas. Estaban montadas con una etiqueta en bronce nueva en castellano. Y detrás tenían una etiqueta de papel de un tipo que acá no existe, que en los países árabes es común. Y figuraba un número. Cuando se hace el inventario de las piezas y se las pasa al servicio de antigüedades, que es la institución que guarda todo ese material o lo pasa a los museos, hay un libro de registro, donde figura la misión, el material, la fotografía, la descripción, todos los datos. Y también un número de orden. O sea que eso era robado.

—De museos.
—De un museo o de un depósito. No eran piezas de excavación porque estaban muy bien conservadas. Limpias. También había varios animales momificados.
—¿Qué pasó con todo eso? ¿Se identificó la procedencia?
—En el informe puse que se comunicaran con el gobierno egipcio para ver de dónde podían provenir esas piezas, porque ellos tienen que saber. Era una serie de cajas que parecían venir de la misma tumba. Y estoy segura que salió de Egipto hacia los Emiratos, vía terrestre. Por tierra, no por avión. Y de allá salió. Yo pedí que le comunicaran a la embajada egipcia. El embajador me mandó una carta de agradecimiento por la colaboración.
—¿Hay siempre mucho robo de este tipo de cosas? Los propios integrantes de las misiones, ¿no se llevan cosas?
— En general, a los arqueólogos les interesa más el estudio del material y no la posesión.
— Eso le iba a preguntar, si usted tiene algo.
— Nada egipcio. Tengo un vaso canópico que compré, pero es imitación, de alabastro, pero a mí no me interesa tener. No soy coleccionista.
—¿Todo eso se vende en un mercado negro?
—Sí. En la década del 80, fue a la facultad, al Instituto Rosenwasser, en Filosofía, un señor que venía como delegado de un Museo de Tierra Santa de Jerusalén, un museo particular. Como yo tenía que ir a Israel por la misión, fui a visitar el museo. Todas piezas chiquitas… Entonces, empecé a preguntar. “¿Cuándo se formó esta colección?" “En la década del 40”. “¿Dónde?”. “En Suiza”. Llego al Cairo, y pregunto: “¿Conocen a fulano de tal que era el dueño de un museo?”. “Ah, sí, es famoso por comprar piezas robadas”. Rosenvasser me había dicho: “Suiza es el lugar donde se consiguen esas cosas”.

—¿Cuál sería el sumum para un egiptólogo? Algo que todos están buscando y no encuentran, por ejemplo, la tumba de Alejandro.
—Cuando los austríacos estuvieron trabajando en el Delta, encontraron un palacio de la última etapa y después, más al sur, un palacio de una etapa intermedia. Y esperaban encontrar las tumbas de los reyes egipcios, pero no. No se encontró nada hasta ahora.
[FOTOS: Jaime Olivos
IMÁGENES DE LA MISIÓN: Gentileza Perla Fuscaldo]
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