
Anoche, estaba en la cocina y mirando un tuper vacío tuve el impulso por un instante de ponerle agua y juntar unos pastitos del fondo, para que coman los camellos, pero... recordé que soy un adulto y me quedé quieto en la cocina, con la botella en la mano, mirando el piso frío como si ahí hubiese una respuesta.
Carajo! ser adulto —pensé— es acordarse de apagar la luz, pagar las cuentas, no esperar milagros. Pero también es cargar con una nostalgia rara, una que aparece justo cuando creemos que ya la habíamos superado. De chicos, la noche de Reyes era sagrada. No era solo recibir un regalo; era la certeza de que algo bueno llegaba mientras dormíamos. Había una fe sencilla, sin manual, ni explicación. Melchor, Gaspar y Baltasar no discutían, no se atrasaban, no pedían nada a cambio. Venían y eso alcanzaba.
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Con los años aprendí a dudar. Aprendí que los camellos no eran de acá, que los regalos se compran, que las historias se sostienen porque alguien las cuenta. Aprendí, también, a sonreír con ironía cuando escuchaba hablar de los Reyes Magos, como si creer fuera “un error” que ya había sido corregido. Eso es ser adulto, me dije muchas veces: “No esperar a que nadie venga a salvarte”.

Pero anoche, frente a la heladera, dudé un instante y terminé entendiendo otra cosa. Los Reyes no eran solo tres hombres del desierto siguiendo una estrella. Eran la excusa perfecta para que los grandes bajaran la guardia. Para que los padres fingieran cansancio y complicidad. Para que las madres dejaran una nota escrita a las apuradas. Para que el mundo, por unas horas, fuera más bueno o menos malo de lo que suele ser. Melchor traía el oro, pero no para enseñar riqueza, sino valor. El valor de reconocer lo que importa. Gaspar traía el incienso, ese humo que sube y se pierde, como las promesas que hacemos cuando creemos en algo. Baltasar traía la mirra, amarga, porque incluso los regalos traen también el recorcatorio que la vida a veces duele. Los tres sabían que todo no iba a ser fácil, pero aun así siguieron.
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Ser adulto no debería ser renunciar a eso, dejar de creer no nos hace más inteligentes; a veces solo nos vuelve más solos, más agrios. Los Reyes Magos no existen como los cuentos dicen, pero existen como gesto. Como decisión. Como acto de amor anónimo. Existen cada vez que alguien prepara algo para otro sin esperar aplausos.
Finalmente, no puse el agua, el pasto ni las zapatillas, me fui a dormir. Pero antes, con una chuchería electrónica hice un paquetito con papel de regalo, para un vecinito de 6 años y decirle que los reyes le dejaron eso para el. Y no lo hice para recibir algo a cambio, sino para recordar. Recordar que alguna vez esperé con el corazón acelerado. Que alguna vez confié. Que alguna vez el mundo fue grande y misterioso, y yo no necesitaba entenderlo todo.Tal vez de eso se trata esto de crecer. De no matar al niño que fuimos, sino de aprender a cuidarlo mejor. De seguir dejando una puerta entreabierta, por si pasan los Reyes. De aceptar que la magia no desaparece: cambia de forma.
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Y si este martes alguien sonríe inocentemente sin saber por qué, entonces los camellos comieron igual. Aunque esta noche, no haya agua ni pasto en el piso. Porque al final no importa, si creemos o no, sino qué hacemos con esa pequeña duda que todavía nos habita. Si elegimos apagarla del todo o dejarla respirar... una noche más. Y vos: ¿este martes vas a mirar si hay algo en el patio?
[El autor es profesor de Ingeniería en la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA) de Tucumán, director del proyecto @electronicapef (Electrónica para el Futuro) y autor de notas en la red X, como @PedroMihovilce1, sobre la Argentina que vivimos y temas de electrónica, con la firma “El Tío Pedro”]
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