
No fue en el cine. Tampoco en VHS ni en DVD. Fue una noche cualquiera, frente a una pantalla sin brillo, en una búsqueda casi arqueológica entre los pliegues de internet. 'Cocoon‘, 1985. Una película que alguna vez pareció hablar de otros: los viejos, los que se iban.
Ahora el clic sobre el enlace no promete nostalgia sino una especie de interrogación. La película empieza: el mar, la casa de retiro, los capullos luminosos en el fondo del agua. Pero algo cambió. La mirada. El tiempo. La certeza de que los protagonistas de aquel relato ya no son “los otros”.
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‘Cocoon’ no habla del final sino del tránsito. Tampoco de la juventud perdida, sino de una forma posible de volver a sentir.

El primer encuentro con la piscina es casi ceremonial. El grupo, moviéndose con lentitud, se acerca al agua con dudas y curiosidad. El contacto con la superficie luminosa despierta algo dormido: músculos que vuelven a tensarse, articulaciones que se liberan, la sensación de poder volver a correr. Esa fuerza vital no se limita al cuerpo: en sus rostros se refleja un asombro que recuerda lo que alguna vez significó sentirse joven, aunque sea por un instante.
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Una noche, mientras la mayoría duerme, Ben y Mary se aventuran cerca de los capullos alienígenas. La cámara los sigue. Hay miedo y fascinación, una mezcla de respeto y deseo. Un momento de intimidad y secreto, un puente entre lo humano y lo extraordinario, que anticipa la transformación física y emocional que vendrá.
Qué pensamos en la preadolescencia, cuando la vejez era apenas una palabra que no dolía. Qué imaginamos al ver esos cuerpos arrugados que, de repente, saltaban a una piscina y recuperaban el fuego.
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El paso del tiempo y la condición humana
El cine, en su esencia más profunda, se revela como una exploración del paso del tiempo y de la condición humana, según la mirada de Leandro Arteaga, periodista, crítico y docente, quien reflexionó sobre la película y su impacto generacional.
“En el caso de ‘Cocoon’, el paso del tiempo es sustancial por la temática que justamente despliega, indaga, así como claramente muchísimas otras películas”, sostiene el crítico. El film dirigido por Ron Howard no solo aborda la vejez desde su argumento, sino que expone “la materia misma del cine”.
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Para Arteaga, la experiencia personal de ver ‘Cocoon’ en los años 80 marcó un punto de inflexión en su relación con el séptimo arte. “La disfruté mucho, claramente porque es una película hermosamente narrada, está dirigida por alguien de oficio, que sabe contar una historia y eso no es poco”, sostuvo, destacando la capacidad del director para atrapar al espectador en un “hechizo” narrativo que trasciende la mera peripecia argumental.
El cine de los ochenta es como volver al pasado
Al analizar el contexto de los años 80, Arteaga remarcó el carácter juvenil y familiar del cine de Hollywood de esa época, influido por figuras como Steven Spielberg y George Lucas. “El cine de ‘Indiana Jones’, ‘Tiburón’ y ‘Star Wars’ es el modelo que atraviesa todo el cine de esa década. Películas dirigidas por ellos o producidas por ellos o inspiradas en el cine de ellos, como es el caso de ‘Cocoon’, es para nuestra generación el mejor cine porque nos hablaba a nosotros”.
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La permanencia de estas películas en la memoria colectiva se debe, según Arteaga, a su capacidad para abordar “temáticas muy hondas que uno las redescubrió pasado el tiempo”. En este sentido, estableció un vínculo entre ‘Cocoon’ y la saga ‘Volver al futuro’, al señalar que ambas exploran “lo irremediable del paso del tiempo y es solo la peripecia que el cine permite, como máquina del tiempo, el cine mismo en sí, poder revisitar lo que ya sucedió o avizorar el porvenir”.
El carácter analógico del cine de los 80 también fue objeto de reflexión. “Hoy decimos predigital, analógico, en donde lo que veíamos era cierto y el actor ante la cámara eran las arrugas que decían tener, aun cuando podía tener, por supuesto, una intervención desde el maquillaje. Pero había alguien ante la cámara, había algo ante la cámara que podía ser ese efecto especial, ahora visual, a través de la tecnología digital, y si no, ya con esta otra problemática diferente que es el de la inteligencia artificial”, describió Arteaga, diferenciando la experiencia de entonces de la actual.
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‘Cocoon’ y la primera vez
Más allá de los elementos de ciencia ficción, Arteaga insistió en que ‘Cocoon’ es, ante todo, “una película sobre seres humanos, sobre la longevidad, sobre el paso del tiempo, sobre el querer recuperar esa patria fundacional que ha sido la infancia y que la seguimos llevando encima nuestro, pero tratamos de recuperarla y eso es lo que a mí me pasa toda vez que voy al cine”.

El recuerdo de la primera vez que vio Cocoon permanece vívido en la memoria de Arteaga: “Yo la vi en un pequeño cine en Villa General Belgrano, en un momento muy feliz porque eran vacaciones y estaba con primos y un momento hermosísimo. Ese cine lo recuerdo con un cariño enorme y esta película, en el marco de todo esto que era inmejorable, y en función de plasmar esas cosas imposibles. Digo, imposibles respecto de ver un extraterrestre, de ver el rejuvenecimiento”.
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Arteaga evocó la fascinación infantil que le provocó el film y el cariño por los personajes mayores: “Ese niño que yo era estaba muy fascinado, muy encantado, muy maravillado y realmente me perdía en lo que el cine me proponía. Entonces era un sueño despierto en el mejor sentido de la palabra. Y adoré a esos viejos hermosos que estaban en esta película y entre ellos al que reconocí fundamentalmente fue a Don Ameche”.
Las metáforas y las excusas narrativas
En cada escena hay un eco distinto: la piscina como un útero que devuelve la energía, la amistad como pacto de resistencia, la muerte como un viaje suspendido. La ciencia ficción se disfraza de fábula humana. El rejuvenecimiento no es físico: es una excusa para hablar de amor, de ternura, de pérdida.
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‘Cocoon’ fue, y sigue siendo, una película sobre la vida después del miedo. La mirada actual —madura, consciente, testigo del paso del tiempo— la transforma en otra cosa: una reflexión sobre cómo narramos la vejez antes de llegar a ella.
Quizás por eso emociona más ahora que entonces. Porque ya no se trata de recuperar la juventud, sino de entender la quietud. Porque en esa piscina luminosa, donde los cuerpos flotan livianos, se esconde algo más poderoso que el milagro: la aceptación del tiempo.
¿Qué envejeció mejor: los efectos especiales o la idea de eternidad que prometía ‘Cocoon’?
Wilford Brimley tenía 50 años cuando interpretó a un anciano de 70. Hoy, esa cifra resuena como un espejo desajustado. En 1985, 50 era el comienzo del ocaso. Hoy, apenas la mitad del camino: la edad, esa categoría que envejece más rápido que los cuerpos.

Cuando miro a Brimley es inevitable pensar en mi padre, Roberto, que nació en 1931. Lo veía entonces como un hombre maduro, activo, casi joven, y ahora me doy cuenta de que esa imagen estaba teñida por mi propia percepción infantil.
Ver a Brimley en pantalla, con la edad que tenía mi viejo, la edad que hoy tengo yo, dispara una sensación extraña: un puente invisible entre el tiempo. Hoy todos tenemos la misma edad, como si el tiempo fuera relativo y refractario.
‘Cocoon’ también funcionaba como una puerta de entrada. Para quienes la vimos cuando fuimos niños y adolescentes, la película insinuaba lo que le aguardaba a la generación de nuestros padres. Ver a esos viejos saltar a la piscina, recuperar fuerza y asombro, era descubrir que la vejez podía contener humor, ternura y aventura.
La película ofrecía, sin decirlo, un mapa secreto: el camino que nuestros mayores recorrerían y que nosotros, desde la infancia, empezaríamos a comprender.
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