
Jack Merrill tenía 19 años y vivía, por primera vez, lejos de su familia en la ciudad de Chicago. Criado en un hogar donde, según dijo en una entrevista con People, soportó la furia, la distancia emocional y el narcisismo materno, buscaba sentido y autonomía tras una ruptura definitiva con la vida paterna.
Una noche de otoño de 1978, después de salir de la universidad, el joven caminaba de manera muy tranquila rumbo a su hogar, hasta que de repente se encontró con un hombre que cambiaría su vida para siempre.
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Ese día el azar lo encontró con John Wayne Gacy, un personaje que, de cara a la comunidad, era un ciudadano ejemplar: contratista, activo en política local, reconocible por actuar como Pogo el Payaso en hospitales infantiles y eventos comunitarios. Pero bajo esa capa de normalidad, ocultaba una brutalidad sin límites. De acuerdo con las crónicas históricas y testimonios relevados en People y Us Weekly, Gacy ya había comenzado su serie de ataques años antes, raptando, abusando y asesinando a decenas de jóvenes. Años más tarde se lo conocería con el apodo: “el Payaso Asesino”.

De acuerdo con el relato de Merril en una entrevista con People, fue Gacy quien se detuvo a su lado en un auto aquella noche, ofreciéndole llevarlo. En principio, Merrill intuía el peligro, pero al mismo tiempo explicó que la conversación se volvió extrañamente cordial: Gacy le advirtió sobre la inseguridad del barrio y que tuviera cuidado.
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No obstante, el secuestro fue inminente. Según su testimonio a People, Gacy detuvo el auto, preguntó si alguna vez había utilizado “poppers” (nitrato de amilo), una droga que produce euforia y relajación muscular y, sin mayor aviso, empapó un trapo y lo apretó contra el rostro de Merrill, quien perdió el conocimiento de forma casi inmediata.
Cuando despertó, según declara para Daily Mail, se encontraba esposado, en el asiento trasero del mismo automóvil.
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El horror de esa noche, según reconstrucción de los hechos que Merrill ofrece, incluyó el traslado al domicilio de Gacy.
Allí, el ambiente oscilaba. Merrill recuerda que en un momento el payaso lo liberó momentáneamente, le ofreció marihuana y cerveza, hasta que luego, sin previo aviso, lo volvió a esposar, lo arrastró por un pasillo, y le colocó un artefacto casero en el cuello.
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Tenía cuerdas y poleas, y me rodeaba la espalda y las manos esposadas de tal manera que, si forcejeaba, me ahogaba. Empecé a perder el aire. Me metió una pistola en la boca”. Explica que fue violado mientras permanecía en ese estado de indefensión, solicitando en su fuero interno solo sobrevivir.
“Pensé que la única forma de sobrevivir era mantener la calma y aceptar el comportamiento psicótico que mostraba. Sabía que si me resistía, no tenía posibilidad”, dijo a People.
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La explicación de esa conducta de sumisión, narra Merrill, encuentra sus raíces en su infancia. Durante años, aprendió a lidiar con el hostigamiento emocional y físico de sus padres adoptando la pasividad y la reserva, habilidades que, según concluye años después, le salvaron la vida durante el ataque de Gacy.
Al concluir la noche, según Daily Mail, contra todo pronóstico y tras horas de abuso, el payaso cambió repentinamente de actitud, algo que hasta el día de hoy el propio Merrill no entiende el motivo.
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Lo llevó de regreso a la zona urbana y lo dejó cerca de su departamento.
La odisea había terminado. Antes de separarse, le entregó un papel con su número de teléfono y le dijo: “Quizás nos volvamos a ver algún día”.
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Merrill nunca dudó: arrojó el papel al inodoro al llegar a casa y se dio una larga ducha, intentando limpiarse física y emocionalmente. Decidió no acudir a la policía. Según relató en Daily Mail, hizo un pacto consigo mismo: “Voy a superar esto. No voy a dejar mi felicidad en esa casa”.
El secreto lo llevó consigo durante meses. Merrill se mantuvo en silencio, solo confió el relato a algunos amigos muy próximos años después.
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Según cuenta la amiga Ravelle Tomczak a People, escuchó la historia de la boca de Jack a comienzos de los años 80: “Me contó que le habían puesto cloroformo, despertó esposado en el carro y, al final, cuando Gacy lo soltó, le dijo: ‘Eres un chico listo. No eres como los otros’”.
El giro definitivo en su perspectiva ocurrió cuando, aproximadamente tres meses más tarde, Merrill vio la identidad de su agresor impresa en titulares. Leyó en el Chicago Sun-Times: “Cadáveres encontrados en un sitio suburbano”.
Supo, por primera vez, que su secuestrador era un asesino serial. El mapa que acompañaba la noticia mostraba la misma salida de carretera donde había sido liberado.
Las revelaciones sucesivas de la prensa confirmaron la dimensión del terror: era uno de los últimos sobrevivientes de un asesino que se convertiría en uno de los más temidos de la historia estadounidense.

Según detalla Us Weekly, John Wayne Gacy fue detenido en diciembre de 1978, tras la desaparición de un joven empleado de farmacia. Al hacérsele seguimiento, los agentes de la policía encontraron las pruebas que lo condenarían: los cuerpos de 26 víctimas enterrados en su casa.
Gacy fue sentenciado a muerte en 1980 por el asesinato de 33 jóvenes. Pasó más de una década en el corredor de la muerte y fue ejecutado por inyección letal en 1994.
Un nuevo comienzo tras una noche que lo cambió todo
En paralelo, Jack Merrill emprendió un proceso de evolución personal y artística. Tras el trauma se mudó a Nueva York el día que cumplió 21 años para inscribirse en la Universidad de Nueva York. Allí estudió teatro y participó como fundador en la compañía Naked Angels.
“Actuar en la compañía fue una experiencia catártica. Estás obligado a expresarte”, dijo a People.

Este proceso culminó con su espectáculo unipersonal, The Save, en el que, según sus palabras a Us Weekly, explora las razones por las cuales Gacy lo liberó, el impacto del trauma y la resiliencia que emergió tras la experiencia.
“La razón por la que hago The Save es conectar con la gente de una manera diferente. No quise dejar que lo ocurrido esa noche definiera mi vida”, resume a Us Weekly.
En lo personal, Merrill afirma haber encontrado la felicidad con su esposo, con quien comparte la vida hace 23 años y el cuidado de sus mascotas.
Para él, el contar su relato en público, aunque nunca borrará las cicatrices, constituye una prueba de que superó “la noche más oscura”.
El caso de John Wayne Gacy se erige, para la historia criminal de Estados Unidos, como un símbolo de la brutalidad oculta detrás de rostros comunes. Para Jack Merrill, la liberación es más silenciosa pero igual de decisiva: sobrevivir, narrar e integrar el pasado en el arte y la vida cotidiana. Como resume uno de sus amigos entrevistados por People: “Superar algo así te enseña lo que realmente importa”.
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