
Durante el Antiguo Régimen, allá por el siglo XV, cruzar un puente tenía un precio. Dado que ahora no lo tiene, visitarlos, cruzarlos, observarlos y fotografiarlos es una manera más de viajar y entender el patrimonio histórico del lugar. En el caso de Cataluña, hay 12 puentes que merecen ser visitados por condensar siglos de historia, arquitectura y paisaje. Desde restos romanos y reconstrucciones medievales hasta pasarelas colgantes del siglo XX, estas estructuras explican guerras, riadas, terremotos y la forma en que cada territorio se ha relacionado con sus ríos.
El diario La Vanguardia ha seleccionado una ruta de estas construcciones a través de un recorrido que va de la obra romana al patrimonio industrial y turístico. Los puentes aparecen como piezas útiles, pero también como lugares de encuentro, símbolos locales y escenarios donde se leen la evolución técnica y las cicatrices de cada época.
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Uno de los ejemplos más antiguos se encuentra en Tarragona, antigua Tarraco durante el Imperio romano. Este es el acueducto del Pont del Diable, también conocido como Les Ferreres, levantado supuestamente en el siglo I con 36 arcos (11 en el nivel inferior y 25 en el superior) y utilizado hasta la Edad Media para llevar a Tarraco el agua del Francolí. Esta es tan solo una más de la huella romana del lugar.
El caso de Tarragona resume bien esa superposición. Las restauraciones del acueducto de Les Ferreres han permitido conocer las técnicas y materiales empleados en su construcción, mientras el parque ecohistórico inaugurado en 2005 muestra especies usadas en época romana, como el acebuche para calentar el agua de las termas y el lentisco para espesar el vino.
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Si lo que se quiere es hacer un ruteo completo por Cataluña a través de sus puentes, puede continuarse por el municipio de Amposta. Este puente colgante se diseñó a semejanza del de Brooklyn, aunque con una longitud 13 veces menor. La publicación recuerda que en 1921 se convirtió en el segundo puente del mundo construido con hormigón armado y que sustituyó a los antiguos pasos de barca para cruzar el Ebro en la capital del Montsià. La aviación franquista lo destruyó en marzo de 1938 y volvió a inaugurarse en octubre de 1939 con un aspecto muy parecido al original.

Los puentes góticos en Barcelona
Si te encuentras en la provincia de Barcelona, la ruta puede empezarse con el puente del Diable de Martorell, en el Baix Llobregat, el cual resume casi dos milenios de transformaciones. Sus estribos son romanos y las inscripciones de las legiones que trabajaron en él permiten fechar la construcción hacia el año 10 a.C., cuando formaba parte de la vía Augusta.
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Después llegó la riada que derribó el pilar central en el siglo XII, la reconstrucción románica, la reedificación gótica entre 1283 y 1295 con un gran arco central para no obstaculizar el Llobregat, la readaptación de 1768 y la voladura de 1939 por las tropas republicanas en retirada. No recuperó su aspecto gótico hasta 1962 y hoy enlaza el Baix Llobregat con el Vallès Occidental.
Por su parte, en Manresa, el Pont Vell fija desde hace siglos la imagen urbana con su perfil de espalda de asno y sus ocho arcos de medio punto sobre el Cardener. La estructura actual es una reconstrucción de los años 60 fiel a su forma románica original, después de que fuera destruida en enero de 1939, el mismo mes que el puente de Martorell.
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La selección incluye también el puente medieval de Pedret, documentado desde 1286 por un testamento que destinó una suma a sus obras. Presenta modificaciones del siglo XIV y de época moderna, probablemente del XVII, y mantiene cuatro arcos irregulares, con el mayor en posición central, además de una serie de agujeros redondos que remiten a varias reconstrucciones medievales.
El medio sitúa entre los puentes más reconocibles el colgante de Rupit, nacido del esfuerzo colectivo tras la Guerra Civil. El proyecto se planteó en la década de 1940 para mejorar el paso sobre la riera, pese a la falta de capital municipal y a la dificultad para conseguir materiales, y acabó inaugurándose a finales de noviembre de 1945. Aún hoy conserva un punto de aventura. Sus 28 metros salvan la garganta de Rupit y, tras una reconstrucción completa en 1994, se han consolidado como una de las imágenes más populares de la localidad.
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Mientras que en la ciudad de Vic, el puente de Queralt se levantó a finales del siglo XI sobre el río Mèder y seguía el trazado de la vía romana entre esta misma ciudad y Barcelona. No obstante, desde el diario catalán se señala que quizá ya existió allí un puente romano y que el extremo que mira a las murallas fue volado al final de la Guerra Civil, antes de ser reconstruido en 1940.

Besalú, ejemplo de arquitectura medieval propia de Girona
Para los amantes de Girona y su pasado histórico, varias son las propuestas. El Pont de Pedra sería la primera de estas. Inaugurado el 29 de junio de 1856 para sustituir al puente gótico de Sant Francesc, el también llamado puente de Isabel II se extiende unos 65 metros sobre el Onyar con tres arcos rebajados y pronto se integró en la vida cotidiana de la ciudad, desde el lavado de ropa hasta el comercio de ganado.
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Tras visitar este en la capital de provincia, el puente de Besalú es el gran emblema local. Mide 105 metros, se organiza en ángulo obtuso, aprovecha la roca viva como apoyo de varios de sus ocho arcos y conserva una torre fortificada cerca del centro; sus partes más antiguas se remontan a finales del siglo XI, aunque la estructura ha pasado por riadas, un peaje medieval, una gran intervención fechada en 1680, el derribo de la torre central en 1880 para dejar pasar maquinaria y la voladura de dos arcos durante la Guerra Civil.
La provincia de Lleida visibiliza a Gaudí a través de sus puentes y jardines
La relación entre puentes y catástrofes naturales aparece con fuerza en Sant Joan de les Abadesses y Camprodon. El primero fue testigo del terremoto del 2 de febrero de 1428, de magnitud 6,5, que causó más de mil muertes en Catalunya y obligó a reconstruir la obra en estilo gótico con una arcada central de 33 metros sobre el Ter; el segundo, levantado entre 1196 y 1226 y reforzado en el siglo XIV, sobrevivió también a aquel seísmo y mantiene un gran arco central de 22 metros donde confluyen el Ter y el Ritort.
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La Vanguardia cierra la ruta con dos propuestas distintas. Una es el Congost de Mur, una garganta de 6 kilómetros entre Alòs de Balaguer y Camarasa recorrida por pasarelas metálicas fijadas a la roca y un puente colgante de madera sobre el Segre; la otra son los pequeños puentes de Gaudí en los jardines Artigas de la Pobla de Lillet, integrados entre vegetación, manantiales y el curso del Llobregat en unos terrenos vinculados a la familia Güell y a su fábrica textil.
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