La ‘ciudad azul’ que fue un punto clave de la Ruta de la Seda y todavía asombra por sus monumentos: su centro histórico es Patrimonio de la Humanidad

La esencia de Samarcanda se percibe en sus barrios históricos y en la actividad de sus mercados

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La plaza de Registán, en Samarcanda. (Ekrem Canli/Wikipedia)
La plaza de Registán, en Samarcanda. (Ekrem Canli/Wikipedia)

El 31 de agosto de 1404, Ruy González de Clavijo, un caballero a las órdenes de Enrique III, rey de Castilla, entró en la ciudad de Samarcanda, en la actual Uzbekistán. Llegaba para forjar alianzas comerciales con la corte del conquistador asiático Tamerlán, que había vencido a los otomanos y se había instalado en este punto estratégico de la Ruta de la Seda, muy importante para Europa. Y la ciudad, por decirlo en términos poco medievales, le flipó: a su regreso, Clavijo publicó Embajada a Tamorlán o Historia del Gran Tamorlán e itinerario y enarracion del viage, un libro en el que narra las maravillas de la localidad en el particular estilo de la época, más fantasioso que realista. Y un libro que contribuyó a instalar Samarcanda en el imaginario colectivo español como sinónimo de un lugar exótico y extraordinario.

Hoy, la ciudad de Samarcanda conserva su magnetismo histórico como epicentro de la Ruta de la Seda y antiguo corazón del imperio de Tamerlán. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 2001, la urbe mantiene vivas sus tradiciones artesanas y su patrimonio arquitectónico.

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Ubicada en el valle de Zarafshan, Samarcanda se presenta como uno de los principales destinos de Asia Central. Su relevancia como cruce de culturas ha perdurado durante más de dos milenios, nutriéndose de influencias persas, mongolas, árabes y rusas. La ciudad fue reconstruida tras la devastación causada por Gengis Kan y alcanzó su máximo esplendor bajo el dominio de Tamerlán, también conocido como ‘Timur el Cojo’.

Durante el período timúrida, la ciudad se pobló de artesanos, intelectuales y comerciantes. La cerámica vidriada local, con su característico azul obtenido del lapislázuli y el cobalto, es uno de los elementos más representativos del arte uzbeko y le ha valido al lugar el sobrenombre de ‘la ciudad azul’.

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La plaza del Registán es el símbolo más reconocible de la ciudad. Está formada por tres madrasas monumentales: Ulugh Beg, Sher-Dor y Tilya-Kori. La madrasa Ulugh Beg, la más antigua de las tres, destaca por su imponente fachada de más de 16 metros de altura y su arco de entrada que supera los 32 metros. Sus motivos geométricos en azul y blanco evocan la destreza de los artesanos de la época. La madrasa Sher-Dor se distingue por los dos tigres que decoran su fachada, desafiando la ortodoxia islámica, mientras que Tilya-Kori, la última en construirse, impresiona por sus relieves dorados y su cúpula decorada con una ilusión óptica.

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Espacios sagrados y leyendas vivas

La mezquita Bibi Khanum, levantada por orden de la esposa de Timur, también destaca por sus dimensiones y su cúpula azul. A pesar de los daños sufridos por terremotos, el monumento ha sido restaurado y recuerda la convicción de Timur: “Si dudan de nuestro poder, que miren nuestros edificios”.

La esencia de Samarcanda se percibe también en sus barrios históricos y en la actividad de sus mercados, herederos de la Ruta de la Seda. La ciudad fue un punto de encuentro para religiones, inventos y tradiciones de todo el continente euroasiático. Todavía hoy, la mezcla de lenguas —uzbeko, ruso, tagiko e inglés en zonas turísticas— refleja esa diversidad.

Además, la necrópolis de Shah-i-Zinda, que alberga la tumba de Kusam ibn Abbas, primo del profeta Mahoma, es considerada uno de los conjuntos funerarios más hermosos de Asia Central. El mausoleo Gur-e Amir, tumba de Tamerlán y de sus descendientes, constituye otra obra maestra del arte timúrida. Bajo su cúpula azul turquesa residen los restos del conquistador. Una inscripción advierte: “Si yo me levantase de mi tumba, el mundo entero temblaría”.

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