
Francia tiene regiones que trascienden la geografía para convertirse en rincones inolvidables. Lugares donde el paisaje, la historia, el arte y la cultura hacen de ellos destinos donde disfrutar de una experiencia única. Así, a lo largo de estos territorios, pequeños pueblos permiten disfrutar de increíbles monumentos, conocer sus costumbres y contemplar la naturaleza en su máximo esplendor.
Uno de esos lugares es Borgoña, la región del centro oriental francés que los duques medievales convirtieron en uno de los centros de poder más influyentes de Europa y que hoy conserva ese legado en forma de abadías cistercienses declaradas Patrimonio de la Humanidad, palacios con techumbres de tejas policromas, yacimientos romanos y una ruta de vinos que recorre algunos de los viñedos más prestigiosos del mundo. Una región donde Carlomagno, Napoleón y Victor Hugo bebieron los mismos vinos que hoy pueden catarse en las bodegas de Beaune o de la Côte de Nuits.
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Dijon, la capital ducal que lo tiene todo
Dijon condensa en su casco histórico varios siglos de ambición política y mecenazgo artístico. Ciudad natal de Gustave Eiffel, sede de la Orden del Toisón de Oro y célebre desde el siglo XII por su mostaza, alcanzó su apogeo en el siglo XIV bajo el patrocinio de los cuatro grandes duques de Occidente, quienes convirtieron la ciudad en uno de los centros culturales más activos de Europa.
La visita al Palacio de los Duques y los Estados de Borgoña es el punto de partida obligado. Su fachada gótica, sus magníficos patios y su torre albergan el Museo de Bellas Artes, uno de los mayores de Francia, creado en 1799 en los antiguos aposentos ducales y de acceso gratuito, como todos los museos de la ciudad. La pieza más visitada del museo es la sala de los sarcófagos ducales de los siglos XIV y XV, obras maestras de Claus Sluter y su sobrino Claus de Werve.
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Fuera del palacio, la iglesia gótica de Notre-Dame y su torrecilla del Reloj —el popular Jacquemart—, el barrio de travesaños medievales de madera y el mercado del siglo XIX con armazón metálica componen un recorrido ideal para descubrir todas las maravillas de la ciudad.
El pozo de Moisés, en el claustro de la cartuja de Champmol, es también uno de sus principales atractivos. Seis estatuas de profetas esculpidas en 1395, con rastros visibles de policromía y adosadas a una columna hexagonal de siete metros, se anticiparon al imaginario del arte barroco con siglos de antelación.
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Castillos, abadías y la huella de Roma en el interior borgoñés
Pero más allá de Dijon, esta región esconde infinidad de rincones que se merecen una visita. Uno de ellos es la abadía cisterciense de Fontenay, declarada Patrimonio Mundial por la Unesco; fue fundada en 1118 por san Bernardo como respuesta a los “lujos” de la gran abadía benedictina de Cluny. Su conjunto románico —sala capitular, scriptorium, claustro, palomar y forja hidráulica de molinos— conserva una austeridad que traslada al visitante, de forma casi inmediata, al medievo monástico.
Igualmente, en el camino hacia Fontenay, el castillo de Bussy-Rabutin y sus jardines atribuidos a Le Nôtre merecen una parada y, más adelante, en los alrededores del monte Auxois, la localidad de Alise-Sainte-Reine conserva la memoria de la antigua Alesia, donde Julio César capturó al jefe galo Vercingétorix. Una colosal estatua de bronce del siglo XIX y el Muséo Parc Alésia exploran in situ las culturas gala y romana.
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Por otro lado, el castillo renacentista de Ancy-le-Franc, a orillas del canal de Borgoña, suma otra joya al inventario y Autun, la antigua “Roma de las Galias”, cierra este recorrido interior con sus vestigios galorromanos: restos de muralla, la torre del templo de Jano y un teatro romano todavía en activo que en agosto acoge hasta 12.000 espectadores.
Auxerre y Vézelay: peregrinaje, arte y memoria
Auxerre, a orillas del Yonne y vecina de los viñedos del Chablis, es conocida como la ribereña “ciudad santa papal”. Sitauda sobre una colina, ya gozaba de reputación en tiempos de la conquista romana y en 1815 presenció el retorno de Napoleón desde la isla de Elba. Su catedral gótica de Saint-Étienne conserva en la cripta románica unos frescos del siglo XI con un Cristo a lomos de un caballo blanco, únicos en su género. Igualmente, la antigua abadía benedictina de Saint-Germain, donde estudió teología san Patricio, el evangelizador de Irlanda, posee una cripta carolingia con frescos del siglo IX.
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Por otro lado, a 50 kilómetros al sur, la abadía de Vézelay sigue siendo uno de los grandes focos de peregrinaje de la cristiandad. Desde su colina, San Bernardo lanzó en 1146 su proclama a favor de la Segunda Cruzada ante el rey Luis VII. Casi destruida durante la Revolución Francesa, fue el novelista Prosper Mérimée quien la salvó de la decadencia en el siglo XIX, y el arquitecto Viollet-le-Duc quien acometió su restauración. A su vez, la basílica de Santa María Magdalena y su tímpano del pórtico central del siglo XII atraen cada año a miles de visitantes y fieles.
Beaune y la ruta de los grandes vinos
Pero Borgoña no se puede entender sin sus vinos. Beaune es la capital vitivinícola de la región y el corazón de la ruta de los grands crus, los grandes vinos cultivados a media pendiente en las laderas calcáreas y arcillosas que aquí se denominan “climas”. Rodeada de murallas en cuyos bastiones se alojan bodegas de referencia mundial, la ciudad toma su nombre del dios celta del sol y el fuego, Belenos, y conserva intacto su trazado medieval.
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El hospicio fundado en 1443 por el canciller Nicolas Rolin es su monumento más visitado. Esta obra del arte burgundio-flamenco funcionó como hospital hasta 1971 y reúne en su patio central edificios de multicolores techumbres y torrecillas vidriadas que contrastan con la austeridad de su “Sala de Pobres”. La Sala del Políptico alberga el retablo del Juicio Final, obra maestra de Van der Weyden pintada en 1445.
Por su parte, la colegiata de Notre-Dame del siglo XII, los ocho bastiones intactos de las murallas y el Museo del Vino —alojado en un palacete del siglo XV que perteneció a los duques de Borgoña— completan una ciudad que preserva, intramuros, un encanto atemporal difícil de encontrar en otro lugar de Francia.
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