
Alcalá la Real, una localidad andaluza situada entre Granada y Jaén, es uno de los enclaves históricos más singulares del sur de España. Se conoce como el “pueblo fortaleza” por su imponente Fortaleza de la Mota, que domina el paisaje a 1.033 metros sobre el nivel del mar. Esta fortificación monumental, declarada Bien de Interés Cultural, está asociada históricamente a la función de “llave, guarda y defensa de los reinos de Castilla”, como recuerda un artículo de la Junta de Andalucía.
Alcalá la Real ha sido clave en la estrategia militar española por su localización estratégica en la intersección de tres provincias andaluzas y la capacidad de control territorial ejercida desde la Fortaleza de la Mota. La elección de su emplazamiento, en una posición elevada y en el eje de comunicaciones del sur peninsular, fue determinante para que actuara como línea de frontera y plaza militar relevante, pero también como espacio de encuentro cultural entre comunidades musulmanas y cristianas.
Las evidencias arqueológicas recogidas por el Ayuntamiento de Alcalá la Real apuntan a una ocupación humana ininterrumpida desde el Paleolítico, aunque su protagonismo histórico se consolida a partir de la llegada de los musulmanes en el año 713. Ya en el siglo IX, bajo el reinado de Al-Hakem II, se impulsó una red de atalayas para defender el territorio de incursiones como las de los escandinavos.
Entre los siglos XIII y XIV, Alcalá la Real fue objeto de sucesivos asedios y cambios de manos hasta que, según relata el Ayuntamiento, Alfonso XI conquistó la ciudad en 1341 y le confirió el título de Real. En ese mismo periodo, se fundó una abadía de patronato real independiente de otras diócesis, a excepción de la de Toledo. Las construcciones de la Iglesia Mayor Abacial y el Palacio Abacial reflejan este periodo de esplendor medieval.
Tras la conquista del Reino de Granada en 1492, la fortaleza perdió su valor estratégico y comenzó el despoblamiento del recinto amurallado: en 1560, residían en la Mota solo 200 vecinos, mientras que 2.000 vivían ya en las laderas, según datos del Ayuntamiento. La tendencia se acentuó en el siglo XVII, quedando solo autoridades y sus allegados en el interior. La invasión napoleónica en 1810 provocó graves daños: parte de la muralla fue arrasada, la Iglesia Mayor Abacial resultó saqueada e incendiada, y varios edificios históricos sufrieron usos militares. Las reformas liberales del siglo XIX propiciaron el abandono y la ruina de la abadía, hasta las labores de restauración iniciadas por la Escuela Taller municipal en 1990.
La Fortaleza de la Mota y la vida en la ciudad amurallada
La Fortaleza de la Mota es considerada un modelo de urbanismo militar andalusí de triple recinto. El primer perímetro contenía la medina, protegida por murallas y arrabales como el Arrabal Viejo. Desde la Puerta de las Lanzas, se accedía a una zona de talleres y comercios que conformaban el antiguo barrio del Albaicín.
El segundo recinto, la alcazaba, se atravesaba por la Puerta del Peso de la Harina —donde se cobraban aranceles a los comerciantes— y desembocaba en la Plaza Baja, núcleo de la vida cotidiana, con viviendas, mercados y tabernas donde el vino se almacenaba en tinajas. Este recinto constituía la principal defensa urbana, y aún se conservan varias de sus puertas originales. En la parte más alta, el alcázar, de planta triangular o trapezoidal, agrupaba las tres torres principales: del Homenaje, de la Campana y Mocha.
La arquitectura religiosa ocupa un lugar destacado. La Iglesia Mayor Abacial, construida desde 1530 sobre un templo gótico anterior y definida por estilos gótico y plateresco, presenta bóvedas de crucería, frescos de la familia Raxis y una estructura de tres naves. Junto a esta, el Palacio Abacial es actualmente sede del museo municipal y el centro de interpretación del territorio. Entre los numerosos miradores sobresalen los del Barrio de las Cruces, que ofrecen vistas panorámicas de la ciudad y la fortaleza, integradas en un paisaje de olivos.
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