
La Biblioteca de Alejandría no ardió en una sola noche. La realidad, según coinciden los historiadores modernos, es que el mayor repositorio de conocimiento del mundo antiguo se fue vaciando durante siglos, víctima de recortes presupuestarios, expulsiones de académicos, guerras civiles y la indiferencia acumulada de sucesivas administraciones imperiales.
El papirológo Roger Bagnall, una de las autoridades más reconocidas en el estudio de la Alejandría antigua, lo sintetiza con precisión al señalar a National Geographic que la historia de la biblioteca es “un mito de principio a fin”. No hubo un villano único, no hubo una noche de llamas. Hubo, en cambio, lo que Bagnall denomina un “fuego lento” de negligencia y desuso que consumió la institución a lo largo de generaciones.
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La biblioteca nació alrededor del año 300 a.C. por iniciativa de Ptolomeo I, uno de los generales de Alejandro Magno que se convirtió en faraón de Egipto. Su ambición: reunir todos los libros escritos por la humanidad. Para lograrlo, los soberanos ptolemaicos establecieron una política de confiscación que bordeaba el pillaje institucional: cualquier embarcación que atracara en el puerto de Alejandría debía entregar sus textos para ser copiados. El original quedaba en la biblioteca; la copia regresaba al propietario. En su apogeo, la institución —conocida técnicamente como el Mouseion, un complejo que incluía salas de lectura, jardines botánicos y alojamiento para más de cien académicos— llegó a albergar entre 400.000 y 700.000 rollos de papiro, según distintas estimaciones.
El declive comenzó con una decisión política. En el año 145 a.C., el rey Ptolomeo VIII expulsó de Alejandría a los intelectuales extranjeros, una purga que provocó la renuncia y el exilio de Aristarco de Samotracia, entonces director de la biblioteca. Con él se marcharon figuras como Dionisio Tracio y Apolodoro de Atenas. La diáspora de académicos alejandrinos llevó el saber a otras ciudades del Mediterráneo, pero dejó a la institución sin sus mentes más brillantes. Los Ptolomeos posteriores, enfrentados a creciente inestabilidad política y económica, dejaron de financiar la biblioteca con la misma intensidad que sus predecesores. Sin personas que copiaran, repararan y estudiaran los textos, los rollos simplemente se deterioraban.
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El mito del gran incendio
El episodio más citado —y más malinterpretado— ocurrió en el año 48 a.C. Julio César, aliado de Cleopatra VII en su guerra contra su hermano Ptolomeo XIII, ordenó incendiar las naves enemigas en el puerto de Alejandría para impedir su huida. El fuego se extendió a los muelles y alcanzó almacenes cercanos al puerto. Plutarco, escribiendo 150 años después de los hechos, afirmó que “la gran biblioteca ardió”. Séneca el Joven, citando una fuente anterior, habló de 40.000 rollos destruidos.
Los historiadores modernos, sin embargo, cuestionan ambas versiones. Casio Dion, otro cronista romano, describió el fuego como afectando “depósitos de grano y libros”, lo que llevó a los especialistas a concluir que lo destruido fueron, probablemente, almacenes portuarios con rollos destinados a la exportación, no las salas principales del Mouseion. La prueba más contundente de que la biblioteca sobrevivió a César es que el geógrafo Estrabón visitó el Mouseion varias décadas después y lo describió como una institución en pleno funcionamiento. “A medida que la gente recontaba la historia, el número de libros perdidos creció de 40.000 a toda la biblioteca. Es todo un espejismo”, señala Bagnall a National Geographic.
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El golpe más devastador para la biblioteca, aunque el menos recordado en la cultura popular, llegó entre los años 269 y 272 d.C. La reina Zenobia de Palmira tomó el control de Egipto, y el emperador Aureliano marchó sobre Alejandría para recuperar la provincia. El sitio resultó en la destrucción completa del Brucheion, el barrio real donde se hallaba el Mouseion. El historiador romano Amiano Marcelino dejó constancia de que el distrito fue “arrasado”. No fue un acto de vandalismo cultural deliberado, sino el daño colateral de una guerra civil, pero sus efectos sobre la biblioteca fueron irreversibles.
Y más allá de los episodios violentos, el papiro es un material frágil, susceptible a la humedad y al moho, que requiere condiciones de conservación estrictas y una recopilación constante. Mantener una colección del tamaño de la alejandrina exigía un aparato burocrático enorme, financiado por el Estado. Cuando el Imperio Romano entró en la crisis del siglo III —marcada por hiperinflación, guerras y epidemias—, ese financiamiento se redujo o desapareció.
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