
En el año 859, una flota de 62 naves vikingas al mando de Björn Ironside y Hastein cruzó el estrecho de Gibraltar y se convirtió, muy posiblemente, en la primera fuerza nórdica en penetrar el mar Mediterráneo. La expedición, que se prolongó durante tres años, dejó un rastro de saqueos desde las costas atlánticas de la Península Ibérica hasta las playas del norte de África, las islas Baleares, el sur de Francia y la costa italiana.
Björn Járnsíða —Björn Ironside (Costado de Hierro o Brazo de Hierro), llamado así por su fama de invulnerabilidad en el combate— era hijo, según la tradición nórdica, del legendario Ragnar Lodbrok. Su socio en la empresa, Hastein, era un experimentado caudillo vikingo que más adelante se convertiría en una pesadilla para el rey anglosajón Alfredo el Grande. Ambos partieron de su base en el río Loira, en la Francia carolingia, con una fuerza estimada en unos 4.000 guerreros repartidos en sus embarcaciones.
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La expedición no comenzó con buen pie. El primer objetivo fue el Reino de Asturias, en el norte de la Península Ibérica, donde el rey Ordoño I opuso una resistencia suficiente para obligar a los nórdicos a virar hacia el sur. Las cosas empeoraron para los vikingos cuando, al descender por la costa atlántica del emirato omeya, la guardia costera musulmana capturó dos de sus drakkars de vanguardia y comprobó, con asombro, que las naves ya iban cargadas de oro, plata y cautivos. Y es que la expedición había encontrado presa fácil en los territorios costeros de la actual Portugal.
El siguiente golpe fue más complicado. La flota se adentró en la desembocadura del Guadalquivir con la probable intención de saquear Sevilla por segunda vez —15 años antes, en 844, los vikingos habían ocupado la ciudad durante seis semanas—, pero el emir Muhammad I había aprendido la lección. Esta vez, una flota andalusí equipada con armas incendiarias salió a su encuentro y quemó varias naves nórdicas, obligando a los atacantes a retirarse hacia el sur.
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Fue en Algeciras, a escasos kilómetros del Peñón de Gibraltar, donde los vikingos lograron su primera victoria limpia en territorio peninsular. Tomaron la ciudad por sorpresa, la saquearon y prendieron fuego a su mezquita principal. Desde allí, con el estrecho a sus espaldas, Björn y Hastein dieron la orden que cambiaría el alcance de toda la expedición: cruzar hacia el Mediterráneo.
La ruta por el Mediterráneo
Nada más atravesar el estrecho —denominado Njörvasund en las fuentes nórdicas—, la flota puso rumbo al sur y desembarcó en la costa norteafricana, en Nakur, en las proximidades de la actual Melilla. Más adelante, la flota recorrió la costa de Murcia y arrasó las Islas Baleares antes de enfilar hacia el norte, a lo largo de la costa mediterránea francesa.
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La primavera del año 860 llevó a la flota hasta las costas de Italia. Allí tuvo lugar el episodio más narrado —y más discutido— de toda la campaña. Según el cronista normando Dudo de Saint-Quentin, Björn y Hastein tomaron el puerto ligur de Luni por la propia Roma y, ante sus sólidas defensas, recurrieron al engaño: enviaron emisarios a anunciar que su jefe había muerto y pedían permiso para darle sepultura cristiana dentro de los muros. Cuando la procesión fúnebre entró en la ciudad, Hastein saltó del ataúd completamente armado, mató al obispo y abrió las puertas a sus hombres. Cuando supo que había saqueado Luni y no Roma, ordenó la masacre de toda la población masculina de la ciudad. La mayoría de los historiadores consideran este relato una leyenda, aunque los saqueos de Pisa y Fiesole, cerca de Florencia, sí están documentados en fuentes independientes.

El regreso: la trampa del estrecho
En el año 861, con el botín acumulado y la flota mermada, Björn y Hastein iniciaron el regreso hacia el Loira. El estrecho de Gibraltar volvió a ser el punto crítico. Los nórdicos ignoraban —o no podían contrarrestar— la corriente superficial que fluye de forma permanente desde el Atlántico hacia el Mediterráneo. Su lenta progresión contra esa corriente dio tiempo a la flota andalusí para preparar una emboscada. De las 62 naves que habían partido, solo 20 lograron escapar. El golpe fue devastador.
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Aun así, los hombres que regresaron al Loira en 862 volvieron ricos, aunque eran menos de un tercio de los que habían zarpado tres años antes. Hastein continuó su carrera de saqueos en Europa occidental durante décadas. Björn puso rumbo a Dinamarca con la intención de reclamar el trono, pero naufragó en Frisia y perdió allí tanto su fortuna como su vida. La expedición de 859-862 quedó registrada en fuentes francas, normandas, árabes, escandinavas e irlandesas, y permaneció durante más de un siglo como el único ataque vikingo documentado al corazón del Mediterráneo.
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