La mujer que inventó la destilación hace casi 2.000 años y que se considera la primera alquimista de la historia: su nombre sobrevive en la expresión “baño maría”

Vivió en Alejandría durante el período helenístico en que la ciudad egipcia era el mayor centro intelectual del mundo antiguo

Ilustración en acuarela de una persona con cofia, manto de tonos marrones y una mano extendida sobre un fondo claro.
María la Judía. (Wikipedia/Imagen Ilustrativa Infobae)
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María la Judía, conocida también como María la Hebrea o María la Profetisa, es considerada la primera alquimista de la historia de Occidente. Vivió en Alejandría entre el siglo I y el III de la era común, durante el período helenístico en que la ciudad egipcia era el mayor centro intelectual del mundo antiguo. Su obra no llegó directa a la posteridad: se conoce a través de los escritos de Zósimo de Panópolis, el alquimista griego que, hacia el año 300, compiló los textos más antiguos del arte alquímico que se conservan y citó a María como una de sus autoridades fundamentales.

Zósimo la clasifica entre los “antiguos”, lo que sitúa su actividad al menos dos generaciones antes de él. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre el periodo exacto en el que vivió: Marilyn French, F. Sherwood Taylor y Edmund Oscar von Lippmann la ubican como una de las primeras escritoras alquímicas, con trabajos que datan del siglo I como fecha máxima. El cronista bizantino Jorge Sincelus, en el siglo VIII, la presentó incluso como maestra de Demócrito, a quien habría conocido en Menfis.

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Lo que distingue a María del resto de figuras de su época no es solo su condición de mujer en un campo dominado por hombres, sino la solidez práctica de sus aportaciones. Zósimo cita un tratado que le atribuye, Sobre los hornos y los instrumentos, en el que describe con precisión técnica aparatos de metal, vidrio y arcilla para la cocción y la destilación. En ese texto, María recomienda que los tubos de cobre para el alambique tengan el grosor de una sartén y que las uniones se sellen con pasta de harina, una especificación tan concreta que los investigadores modernos han podido reconstruir los dispositivos.

El más célebre de esos instrumentos es el tribikos, un alambique de cobre con tres brazos receptores que permitía obtener sustancias purificadas por destilación. Zósimo le atribuye la primera descripción del aparato, y los historiadores de la ciencia le reconocen en general su invención, aunque con la cautela de que no puede verificarse con certeza absoluta. La aportación de María al alambique fue decisiva: alargó el cuerpo principal del aparato con una columna que separaba la base de la cabeza de destilación, y añadió tubos condensadores soldados a esa cabeza, por los que los vapores descendían hasta los recipientes de recogida. Esa modificación eliminó la necesidad de filtrar el producto y permitió obtener reactivos más potentes.

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¿Sabías que hoy se cumple un siglo desde que el mundo vio televisión por primera vez? El 26 de enero de 1926, el inventor escocés John Logie Baird lo hizo posible con un aparato hecho de latas de galletas y motores reciclados.

La invención del baño maría

Pero el legado más conocido fuera de los círculos académicos es el balneum Mariaeel ‘baño maría’—, un método de calentamiento indirecto en el que el recipiente con la sustancia a tratar se sumerge en otro recipiente con agua caliente, lo que limita la temperatura máxima al punto de ebullición del agua y garantiza un calor suave y constante. Algunos investigadores señalan que el método pudo haber sido descrito antes por el médico Hipócrates y el filósofo Teofrasto, pero el nombre ha quedado ligado a María la Judía. Hoy, el baño maría es una técnica estándar tanto en cocinas domésticas como en laboratorios de química de todo el mundo.

Que una mujer ocupara ese lugar de autoridad en la Alejandría del primer siglo no fue un hecho aislado. Los papiros y textos del período helenístico registran la presencia de otras mujeres en el entorno alquímico, entre ellas la alquimista Cleopatra, Pafnucia la Virgen y Teosebia, hermana del propio Zósimo. Pero ninguna alcanzó la estatura que la tradición reservó a María, cuyo nombre sobrevive, sin que la mayoría lo sepa, cada vez que alguien calienta chocolate o derrite mantequilla al baño maría.

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