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El peor terremoto de la historia de la península ibérica: arrasó ciudades enteras, provocó una crisis religiosa e inspiró una obra maestra de la literatura universal

El temblor acabó con la vida de decenas de miles de personas y abrió un profundo debate entre teólogos y filósofos sobre cómo Dios había podido permitir una tragedia semejante

Grabado anónimo del terremoto de Lisboa de 1755.
Grabado anónimo del terremoto de Lisboa de 1755. (Imagen coloreada por Infobae)
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Los recientes terremotos que han sacudido Granada y su área metropolitana han reavivado el temor de que la ciudad, situada en una zona de colisión entre las placas tectónicas euroasiática y africana, pueda sufrir algún cataclismo grave. Las fallas del sistema de la cuenca de Granada son cortas y fragmentadas, lo que limita la cantidad máxima de energía que pueden liberar de golpe y hace poco probable un incidente de gran magnitud en la ciudad, que sí podría registrar enjambres de temores más leves durante semanas o meses.

Con todo, el escenario ha hecho que muchos hayan recordado el peor terremoto registrado nunca en la península ibérica: el terremoto de Lisboa, ocurrido la mañana del 1 de noviembre de 1755. Tras un choque entre la placa euroasiática y la placa africana, una falla submarina rompió abruptamente el lecho marino, desplazando una enorme masa de agua hacia arriba y liberando una cantidad de energía equivalente a miles de bombas atómicas.

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La capital portuguesa fue el lugar más afectado de todos: un temblor de casi seis minutos y de una magnitud estimada de 8,5 destruyó el 85% de los edificios. Además, a este le siguieron un tsunami y un gran incendio que se prolongó durante cinco días, arrasando con todo lo que quedaba. Pero no fue el único lugar afectado: Setúbal, Sagres y otras localidades portuguesas sufrieron una destrucción severa, mientras en España resultaron especialmente castigadas Huelva, Ayamonte y Cádiz. El tsunami alcanzó alturas de hasta once metros en algunos puntos de Huelva y dejó una larga estela de destrucción que se cobró entre 65.000 y 100.000 vidas.

Cuadro 'Terremoto en Lisboa', pintado por Joao Glama
Cuadro 'Terremoto en Lisboa', pintado por Joao Glama.

Desconfiaron de un Dios benevolente

La catástrofe abrió una profunda grieta en las creencias de la población de la época. En una Europa profundamente religiosa, muchos buscaron en la providencia una explicación para semejante tragedia. Cabe destacar que el terremoto se produjo el Día de Todos los Santos y que miles de creyentes se encontraban rezando en iglesias que acabaron derrumbadas. Algunos predicadores presentaron el terremoto como castigo por los pecados humanos, mientras otros insistieron en la necesidad de oración, arrepentimiento y conversión. La Iglesia movilizó además asistencia espiritual para una población traumatizada.

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Sin embargo, el desastre planteaba una pregunta mucho más incómoda: si Dios era justo y benevolente, como siempre se había creído, ¿cómo podía permitir que miles de personas murieran mientras rezaban precisamente en iglesias durante la festividad de Todos los Santos? El terremoto se convirtió así en un problema teológico y filosófico de primer orden, enfrentando las explicaciones providencialistas con las nuevas formas de pensamiento racional de la Ilustración.

Voltaire, uno de los filósofos de la Ilustración, convirtió aquella pregunta en literatura. En diciembre de 1755 escribió el Poema sobre el desastre de Lisboa para contestar a todos aquellos filósofos que defendían la bondad inherente a la obra de Dios. Cuatro años después, inspirado también por la catástrofe, publicaría Cándido, obra maestra de la literatura universal donde el terremoto aparece explícitamente y sirve para cuestionar el optimismo filosófico de la época: “Si este es el mejor de los mundos posibles, ¿cómo serán los otros?“, se pregunta el protagonista.

Un nuevo y fuerte terremoto ha vuelto sacudir este martes Granada y su área metropolitana a las 10,37 horas y ha sido ampliamente sentido por la población. (Fuente: Europa Press/X)

Una ciudad reconstruida desde cero

La respuesta al desastre también transformó Lisboa físicamente. Bajo el liderazgo del marqués de Pombal, primer ministro por aquel entonces, la zona central fue reconstruida siguiendo un trazado geométrico, con calles rectas, avenidas más amplias y grandes plazas. El objetivo no era simplemente levantar de nuevo lo perdido: se pretendía crear una ciudad más ordenada y funcional, reduciendo además la vulnerabilidad ante futuros incendios y terremotos.

La reconstrucción introdujo además soluciones constructivas innovadoras. Los nuevos edificios de la llamada Baixa Pombalina (actual corazón de la ciudad) incorporaron estructuras de madera diseñadas para proporcionar mayor resistencia sísmica, conocidas posteriormente como “jaulas pombalinas”. Incluso se realizaron ensayos sobre modelos para estudiar su comportamiento ante movimientos del terreno. Aquellas técnicas se convirtieron en uno de los primeros ejemplos europeos de construcción concebida explícitamente frente al riesgo de terremotos.

Maqueta de una jaula pombalina
Maqueta de una jaula pombalina. (Museo del Terremoto de Lisboa)

El temblor también cambió la manera de observar y gestionar las catástrofes. En España, Fernando VI ordenó apenas una semana después recopilar información sobre víctimas y daños en más de mil localidades. Aquella encuesta permitió reunir una extraordinaria cantidad de datos y es considerada una de las primeras grandes investigaciones macrosísmicas de la historia. El desastre, paradójicamente, impulsó así una respuesta más sistemática, científica y administrativa que sería un claro precedente de cómo actuar frente a emergencias de este tipo.

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