Desde que Disney se propusiese darle una vuelta a sus personajes más legendarios nada volvió a ser igual. Maléfica puso la semilla y a partir de ese momento tanto el estudio como tantos otros apostaron por una narrativa en la cual la maldad no existía si no había un trauma detrás, generando una saga de “antihéroes” de la que se beneficiarían otros personajes moralmente ambiguos como Deadpool, el asesino de Marvel y desde hace unos años bajo el abrigo de Disney. Casualidades o no de la vida, la última aventura de Deadpool fue junto a un tal Lobezno que interpretaba Hugh Jackman, el mismo que ahora regresa a la pantalla para dar vida a uno de los héroes de la llamada Edad de bronce de Disney: Robin Hood.
La muerte de Robin Hood es la película que protagoniza el australiano y que sigue el camino inverso al enunciado: coger un personaje históricamente luminoso y querido, como es el arquero que robaba a los pobres para dárselo a los ricos, y convertirlo en un ser violento y despreciable. Sin llegar a los excesos del Twisted Childhood Universe, el universo que se ha propuesto pervertir de maldad los personajes más icónicos de Disney como Peter Pan, Bambi o Winnie The Pooh, esta película busca darle la vuelta al mito del forajido de Sherwood para ofrecer un relato mucho más crudo y siniestro.
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La película presenta a un Robin Hood notablemente deteriorado por el paso del tiempo, que vive solo y escondido. Solo porque ya no hay ninguna Lady Marian que proteger, si es que alguna vez la hubo, y escondido porque media Inglaterra lo quiere matar por haber asesinado a la otra mitad. Esposas despechadas, patriarcas heridos en su orgullo o hijos con sed de venganza van a la caza de un arquero al que la leyenda ha elevado a cotas de héroe, pero al que la realidad sitúa en el mismísimo infierno. Así arranca su nueva aventura, con un fallido intento de asesinato que, tras un sangriento reencuentro con su viejo amigo Little John (Bill Skarsgaard), lo obliga a ser llevado a un convento alejado de todo en el que sanar sus heridas. Allí oculta su identidad por la cuenta que le trae, pero no le será fácil olvidarse de un pasado lleno de cadáveres que lo atormentan cada noche.

Este no es el Robin que nos han contado
Dirigida por Michael Sarnoski, el hombre detrás de la celebrada Pig junto a Nicolas Cage o de la precuela de Un lugar tranquilo, la película apuesta desde el principio por un toque presuntamente realista y descarnado. Las secuencias iniciales son de una violencia explícita y descarnada que podrían recordar a las de El hombre del norte de Robert Eggers, película en la que se mira en más de un momento por ese descenso a los infiernos de su protagonista con sed de venganza, aunque manteniendo el realismo que Eggers abandonaba con las secuencias vikingas más oníricas.
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Sin embargo, tras un prólogo que podría ser de los más prometedor, la película se estanca en un drama de convento demasiado reflexivo y redudante. Jackman, que nunca ha sido un actor que haya sobresalido fuera de papeles físicos -quizá la notable excepción sería El truco final de Christopher Nolan- tira de aquello que aprendió en Logan para dar de nuevo vida a una figura crepuscular y hasta cierto punto arrepentida de su vida. Un retrato del icónico arquero muy alejado de las representaciones de Errol Flynn o incluso la de Russell Crowe bajo la dirección de Ridley Scott, quien también terminaba por ensalzar e idealizar al forajido de Sherwood.

Lo que está muerto no puede morir
A celebrar está la preciosa fotografía en 35mm, que ha captado mejor las costas de Irlanda del Norte que ninguna otra cámara digital, y que imprime un tono gris y sombrío que le viene de perlas a la historia a contar, aunque esta se pierda por momentos en su bucle reflexivo. También la interpretación de la joven Katie Breen como Margaret, si acaso la única luz en toda la película amén de la inquietante presencia de Murray Bartlett (The White Lotus) como el hombre leproso al que acompaña Robin en sus últimos suspiros.
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Estando avalada por estudio como A24 -que este mismo año ha traído El drama- y un actor de la talla de Jackman, cabía esperar más de una película que nunca termina de apuntalarse dada su errática y tediosa narrativa a pesar de su violencia explícita e intensidad. Una carta de amor-odio a un mito que pasará a la historia como la más oscura de todas las versiones del arquero, pero desde luego no más divertida y edificante. Esa la sigue manteniendo, por supuesto, la de Disney.
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