
El pasado 21 de mayo, la Real Academia Española (RAE) anunció la elección del escritor nicaragüense Sergio Ramírez para ocupar la silla L, vacante desde el fallecimiento de Mario Vargas Llosa. “Voy a escribir mi discurso sobre él”, nos adelanta el también ganador del Premio Cervantes en 2017, que, a pesar de tener “muchos amigos dentro” y de sentirse muy bien con el nombramiento, reconoce que “es curioso entrar en un organismo del que solo sales muerto”. “Es la coronación de una carrera o un embalsamamiento”, concluye entre risas.
A sus 84 años, Sergio Ramírez ha escrito más de 70 libros entre relatos, crónicas, ensayos y, sobre todo, novelas. Nos reunimos con él por la última de ellas, La maldición de Ramfis (Alfaguara), que llega a las librerías como la cuarta protagonizada por el detective nicaragüense Dolores Morales. El nombre de este personaje no es casualidad, como tampoco lo es su condición de exiliado: la misma que, desde hace un lustro, ostenta el propio escritor por oponerse al régimen de un Daniel Ortega del quien fue vicepresidente.
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“Yo comparto su punto de vista”, informa el autor al hablar de las similitudes entre él y su personaje, “pero hay una diferencia de edad, porque él entró a la revolución como guerrillero adolescente y yo tenía treinta años. Así que él es mi cronista”. Los pasos de uno y otro han sido similares, y ya sea a través de los casos que resuelve o del turbio mundo que descubre en cada una de sus incursiones, en ningún momento se debilita el empeño de Ramírez en que Morales sea “testigo del presente”, pues solo así, opina, la literatura puede convertirse “en un acto de conciencia”.

Una novela negra y política
Tras El cielo llora por mí, Ya nadie llora por mí y Tongolele no sabía bailar, nos encontramos a un Dolores Morales que, tras ser expulsado al exilio, sobrevive junto a doña Sofía en Costa Rica. La cosa cambia cuando lo llaman para resolver un asesinato en el Sea Cloud, un velero de lujo que sirve como espacio cerrado a lo Agatha Christie en el que Ramírez despliega su prosa para desvelarnos un misterio y, por el camino, buena parte de la historia reciente de Latinoamérica.
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“Yo creo que, desde la perspectiva latinoamericana, toda novela negra es una novela política”, sentencia el novelista. “Empezando por la naturaleza del sistema judicial, que está ligado a la política, a la corrupción, a la influencia de quienes mandan. La independencia judicial en América Latina es fantasía, y eso contamina el ambiente de la novela policial”. Con Dolores Morales pretende, pues, retratar el “fracaso ético” de la revolución a través de un personaje que, ya sea desde la acción o desde los márgenes, acaba desencantándose por todo lo que atestigua.
El origen del libro, de hecho, también está vinculado a esa misma historia política. Cuenta Sergio Ramírez que un día, mientras paseaba por San Juan del Sur (Nicaragua) vio el Sea Cloud varado en la bahía. “Me puse a investigar y descubrí que era un velero que hacía distintas rutas por el mundo llevando a sesenta pasajeros millonarios. También había sido el barco de Angelita Trujillo (hija predilecta del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo), así que, cuando decidí escribir esta novela, supe que este escenario cumplía los requisitos que yo quería”.
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El negocio de los migrantes
Escribiendo, Sergio Ramírez busca cómo universalizar lo que ocurre en “un país llamado Nicaragua, del que nadie habla hoy en día”. “No escribo para curar mi conciencia o para clarificarla, pero la consecuencia de la escritura es que revela lo que ocurre”. Esto ocurre con el propio Dolores Morales, quien desde el exilio no descuida lo que está ocurriendo en su país. Esa añoranza permanente es la que le conduce, de algún modo, a topar con la red de tráfico ilegal masivo de personas de África y Asia a Estados Unidos. “El negocio con los migrantes”.
Con este término, Sergio Ramírez hace referencia a los flujos migratorios de personas que, huyendo de regímenes autoritarios, crisis económicas y el endurecimiento de los controles fronterizos en Europa, viaja hasta Estados Unidos utilizando América Latina como un puente de tránsito. “Las cifras que están en la novela, que solo se conocen por las estadísticas del Gobierno de Honduras, son reales”, adelanta el escritor. “En el último año, pasaron 350.000 personas de este tipo desde la frontera de Nicaragua a la de Honduras. Es un negocio inmensamente grande”.
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Así, en La maldición de Ramfis, afloran desde diferentes polos los intereses particulares que se cruzan con los intereses de los autoritarismos, y no siempre al margen de la ley. “El sector privado es fundamental en este tipo de regímenes. Sin él, no existirían. Ortega existe gracias a un pacto con el capital financiero de Nicaragua: todos los grandes bancos y las grandes familias dueñas están ahí viviendo tranquilamente. Gozan de muchos privilegios, nadie toca sus capitales, no pagan impuestos y son un sostén, al fin y al cabo, político”.
La polémica de Arturo Pérez-Reverte y el papel actual de la RAE
Aclara Sergio Ramírez que, del mismo modo que las novelas de Dolores Morales han ido llegando conforme cambiaba la situación política de Nicaragua, el futuro de esta saga literaria “depende de las circunstancias políticas del país”. Por el momento, parece que su próximo proyecto literario pasa por un terreno muy distinto, el de sus memorias. “Creo que llega un momento en que el ser humano tiene una necesidad afectiva de recapitular su vida y sobre todo una situación de exilio. Volver la vista atrás y decir: bueno, ¿qué ha sido de mi vida?“.
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También, claro, tendrá que dedicarle tiempo al discurso de ingreso en la RAE, para una ceremonia que se espera en otoño. Tras ella, Sergio Ramírez pasará a ser uno más entre los escritores consagrados con sillón en la Academia. Precisamente de uno de ellos, Arturo Pérez-Reverte, vino una de las últimas polémicas de la institución, al señalar que la Academia hacía “caso omiso” al criterio de estos autores que buscan afinar la lengua frente a los “talibanes del todo vale”, pertenecientes a un sector “dominante” principalmente conformado por lingüistas, que defiende una labor más de describir el lenguaje que ya hay que de perfeccionarlo.

Sergio Ramírez, también miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua, afirma no haber estado al tanto de esta polémica, pero entiende que la cuestión parte de una evolución en las funciones de la Academia, cuyo enfoque actual comparte. ”La RAE no puede crear palabras ni imponer las que se usan. Las palabras se crean en la calle, en las estaciones de radio y en los periódicos”. El único ámbito en el que varía esta posición es en el de la gramática y la sintaxis. “Ahí soy inflexible”, reconoce, “porque, si se cambiara, dejaríamos de entendernos”.
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Como despedida, le pedimos que nos diga qué palabras le gustaría incluir en el diccionario y cuáles no. “Hay palabras que me gustan muchísimo del español nicaragüense, como la palabra cabanga, que significa nostalgia o morriña”, dice sobre lo primero. Sobre lo segundo, afirma que si de él dependiera, no entrarían anglicismos “que no sé ni dónde se han inventado, como la palabra microfonar (cuyo uso ya se considera válido), que se utiliza cuando vas a dar una entrevista y te instalan el micrófono. Es espantoso, y en mi país se dice alambrar, que es aún peor”.
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