
En los últimos tiempos, la editorial Tusquets se ha embarcado en la tarea de relanzar la obra de la gran escritora de origen suizo Fleur Jaeggy. Después de publicar títulos como el volumen El dedo en la boca y Las estatuas de agua, a principios de año le tocó el turno a una de sus novelas más ‘multipremiadas’, Los hermosos años del castigo, que la situó en el mapa literario a principios de los años noventa como una de las autoras más ‘outsiders’ y perturbadoras del momento.
Los hermosos años del castigo se desarrolla en un internado femenino en el cantón de Appenzell, Suiza, durante la década de los cincuenta (1950–1959). Narrada desde la voz de una protagonista sin nombre, la obra describe la vida de alumnas sujetas a un ambiente de disciplina y contención, explorando la construcción de la identidad entre rituales rígidos y vínculos emocionales discretos. Así, Jaeggy utilizará una prosa controlada para retratar un microcosmos donde la obediencia y la violencia invisible condicionarán la vida de las protagonistas.
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La narradora, cuyo recorrido vital remite frecuentemente a la biografía de la autora, crece alejada de sus padres: la madre reside en Brasil y dicta su educación por correspondencia, el padre vive en un hotel suizo. Entre los hechos más relevantes destaca que la madre decide su ingreso en el internado desde los ocho años y le asigna una compañera de dormitorio alemana, llevándola a convivir con las alumnas más pequeñas. Esta situación le causa vergüenza y agrava la falta de intimidad y afecto. Las relaciones familiares resultan escasas y carentes de gestos de cariño, profundizando el aislamiento de la protagonista.

El inicio se distingue por su tono sombrío: la narradora imagina su propia muerte por congelación, evocando la figura del escritor suizo Robert Walser, también marcado por la enfermedad mental y el fallecimiento en la nieve. Walser también escribió una novela de iniciación en un internado, Jakob von Gunten, aunque sus estilos sean completamente diferentes, hay algo que los ‘emparenta’ irremediablemente.
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Represión, control y deseo
La llegada del personaje de Frédérique Conte alterará la rutina y abrirá una relación de cercanía intelectual y personal. Desde el primer momento, la atracción por la nueva alumna estructura el vínculo entre ambas a través de caminatas solitarias y visitas a la habitación de Frédérique después de clases. En ese contexto, la narradora rechaza la amistad de Marion, una alumna menor, para preservar el vínculo exclusivo con Frédérique, replicando incluso aspectos de su escritura y comportamiento.

La novela examina la evolución emocional de las estudiantes en el internado suizo. Destaca la influencia de Frédérique y la presencia de personajes como Marion o la llamada ‘negrita’, quien, por ser hija de un dirigente africano, sufre una discriminación silenciosa basada en su origen racial y es marginada por sus compañeras.
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La narradora vive una infatuación nunca concretada en la esfera física, dominada por la nostalgia y la idealización. Frédérique, segura de sí y con más experiencia sentimental, ostenta una posición dominante, mientras que la narradora la imita, aprendiendo de sus gestos y actitudes.
El relato alterna las evocaciones del pasado y el presente, remarcando la distancia emocional y la imposibilidad de recuperar la inocencia previa al internado. El avance pausado de la trama y los resultados académicos mediocres de la narradora evidencian su vacío y su aspiración a una “vida verdadera” fuera del internado, anhelo que le infunde temor.
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La llegada de Micheline, una nueva alumna con actitud marcada por la energía y la franqueza, junto a la partida repentina de Frédérique tras el fallecimiento de su padre, suponen cambios en la vida escolar. Terminadas las vacaciones junto al padre, la narradora es enviada a otro internado con formación práctica en tareas domésticas, pero esta vez rechazará seguir los designios maternos.
Una escritora dueña de un estilo esencial
Fleur Jaeggy desarrolla en Los hermosos años del castigo un estilo esencial, contenido y directo, evitando el exceso emocional para brindar una aproximación crítica mediante observación precisa y lenguaje mesurado. La autora recurre a sugerencias evocadoras que muestran la complejidad de los sentimientos y la violencia emocional inherente a los lazos familiares y escolares.
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Es una de esas obras que son indómitas por naturaleza, aunque su apariencia resulte lo contrario, y una de las mejores formas de aproximarnos al universo malsano de esta escritora magnífica que domina el arte de la incomodidad y el extrañamiento. Frases como “La alegría sobre el dolor es maliciosa, tiene veneno. Es una venganza. No es tan angélica como el dolor” y la confesión “No sentía ya nada en particular”, son un ejemplo del estilo de la autora.
Los hermosos años del castigo, reflexiona en torno al aprendizaje emocional, a la meditación en torno al deseo y a la identidad, en la que la disciplina rigurosa y la obediencia esconden jerarquías invisibles y una violencia moral que pueden conducir a la depresión, la insubordinación o, incluso la locura, también al vacío más absoluto.
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