
¿Hasta qué punto podemos sentirnos de un lugar que no nos pertenece? Esta fue la pregunta que impulsó a Llucia Ramis a preguntarse por todas las casas en las que había vivido. Nacida en Palma de Mallorca y residente en Barcelona durante treinta años, esta periodista y escritora ha vivido como inquilina y propietaria más de una crisis de la vivienda en la ciudad condal. “Quise volver físicamente a esos lugares”, afirma en su entrevista con Infobae. “Ver qué relación tienen las personas que viven en ellos, pero también para hacer una crónica sobre cómo se han ido transformando las ciudades”.
De ese viaje por todos esos lugares que en algún momento respondieron a la pregunta de ¿dónde vivo?, o incluso ¿de dónde soy? Nace ahora Un metro cuadrado (Libros del Asteroide), una crónica periodística y personal del problema de la vivienda que fue merecedora en 2024 del IV Premio de No Ficción Libros del Asteroide. Ramis posa su mirada sobre las diez casas en las que ha vivido en Barcelona y nos cuenta quién era ella entonces, parte de la que fue, quizá, la primera generación que se independizó pensando que compartir piso iba a ser algo temporal, y que se mentalizó para no tener, durante mucho tiempo, un sitio estable al que poder llamar hogar.
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En este ensayo, la autora analiza, de hecho, cómo la vivienda ha perdido precisamente esa función para convertirse en un mero “producto”, como parte de otra transformación mayor en la que las ciudades han desintegrado su tejido social. Por eso, para ella, en buena medida Un metro cuadrado es “un libro sobre la memoria”. “No sé si para corroborar que aquello existió o para constatar que ha desaparecido”. En esa mirada al pasado, donde “vemos más de lo que hay en el presente”, trata de encontrar lo que queda de su propia identidad en todos aquellos lugares que reconoce y en los que se reconoce.

Las ciudades se han vuelto ‘influencers’
Afirma Ramis que Barcelona fue “una de las primeras influencers” que hubo. A través de campañas para atraer turistas, como la que la mostraba como La millor botiga del món (“La mejor tienda del mundo”) o la que la exhortaba con aquello de Barcelona, posa’t guapa (“Barcelona, ponte guapa”), la ciudad empezó a estar “más pendiente de gustar y de atraer al de fuera que de cuidar al propio”. Vendiendo lo que no le pertenecía (el clima, el mar, el cielo, el transporte público), acabó por perder su propia identidad, como muchas otras tantas grandes capitales.
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“Las ciudades están rompiendo ese tejido social cada vez más, lo cual nos individualiza e incapacita para mantener ese espacio que fue nuestro en alguna ocasión”, denuncia Ramis, que ve cómo cada vez “cedemos más espacios”. “Nos ofrecen productos que no son para nosotros, en lenguas que no son la nuestra, a unos precios que no podemos permitirnos. Eso, poco a poco, hace que haya determinados lugares en los que ya no nos sintamos en casa, y que digamos: ‘Bueno, este espacio ya es para los turistas’”.
El final de la historia ya lo conocemos: “Si ves una isla, ves unos años de futuro”, dice la autora sobre su Mallorca natal, paradigma de una masificación turística que no solo no puede detenerse, sino que debe alimentarse cada vez más. “Podríamos extrapolarlo a Barcelona, a Málaga, a Madrid: es un modelo que funciona a través del monocultivo, en el que más significa mejor, cuando eso, evidentemente, no es sostenible. Al final, quizá la distopía sea una especie de Venecia en la que ya no hay venecianos”.
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Cuando todo tiene fecha de caducidad
Un metro cuadrado da para muchas preguntas. ¿Y si la vivienda es el producto, el residente qué es? “Ahí está el tema”, reconoce Ramis. “Para mí no hay nada más humano que una casa, y nada más inhumano que te echen de ella”. Su paso por la ciudad le ha dejado claro que el residente tiene menos valor que el turista y que el propietario, simplemente porque “consume” menos. “Cuando firmas un contrato de alquiler, empieza una cuenta atrás que hace que te vayas angustiando a medida que se acerca la fecha de vencimiento. Y te empiezas a angustiar porque no sabes si te renovarán el contrato ni a qué precio, así que empiezas a buscar nuevas alternativas”.
Vuelta a hacer mudanza. Vuelta a empezar en otro lugar cuando todavía estabas acostumbrándote al de antes. “Eso impide que tengas la posibilidad de pensar en un futuro a largo plazo”, afirma. “Le pones fecha de caducidad a todo lo que te rodea: al colegio en el que están matriculados tus hijos, a las relaciones, a los trabajos”. No hace muchas décadas, recuerda la autora, era todo al revés: eran los inquilinos quienes decidían cuándo irse de un piso a otro. “Lo que para mí es novedoso son los desahucios silenciosos: que tú estuvieras pagando el alquiler y tus impuestos y que te digan, después de veinte o cuarenta años viviendo en un mismo sitio, que te tienes que ir porque ha venido un fondo de inversión y ha comprado todo el edificio”.
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“El problema es que llevamos desde tiempos de Franco con la idea de que vivimos en una sociedad de propietarios y que todos tenemos que ser propietarios, que todos tenemos derecho a hacer con nuestra propiedad privada lo que queramos, lo que nos parece normal: ganar dinero a través de la vivienda”. La mentalidad no solo ha calado en los pequeños y grandes tenedores. “Hay una parte del inquilino que también cree en el fondo que tiene menos derechos. Asumes ese papel. Y a la larga, si tienes la suerte de heredar o de trabajar muchísimo para hipotecarte, consideras que mereces explotar tú también el piso para ganar un dinero porque te lo has currado mucho”.

“Tendemos a identificarnos más con el poder que con la precariedad”
Para Llucia Ramis, la vivienda lo es todo: es el lugar donde tenemos intimidad, el sitio en el que nos refugiamos, el punto en el mapa al que siempre podemos volver. Un metro cuadrado nos habla, pues, de cómo asimilamos la precariedad de no tenerla; de cómo nos habituamos a ella y la normalizamos. “Tendemos a identificarnos más con el poder que con la precariedad; creemos que la situación de precariedad es temporal, y que a la larga acabaremos siendo ricos y, por lo tanto, esas normas que en el presente nos perjudican, acabarán beneficiándonos en el futuro. De ahí que las toleremos, en vez de rebelarnos”.
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En los últimos años, han surgido algunas voces relevantes en la lucha por recuperar ese derecho a la vivienda, como el Sindicato de Inquilinas, que logró en Casa Orsola algo más que evitar varios desahucios tras la compra del edificio por parte de un fondo buitre: decirle a los inquilinos que no están solos. “Lo que consiguieron fue recordar que, a veces, es tan fácil como llamar a la puerta de al lado y, del mismo modo que le pides un poco de sal, también puedes decir: ‘Oye, esto es lo que está pasando, ¿qué podemos hacer?“.
El economista Santiago Carbó analiza la situación actual del mercado inmobiliario. Advierte sobre "subidas significativas" en los precios de compra y explica cómo la escasez y los altos costos del alquiler y las hipotecas consumen los aumentos salariales de las familias.
Ramis recuerda que muchas de las grandes revoluciones se han creado “a través de esos movimientos vecinales y del asociacionismo”. “La calle es importante, la sociedad es importante, los vínculos son importantes. Ahora bien, es una parte necesaria, pero insuficiente, como todo lo que se está haciendo con el tema del alquiler. Es algo tan complejo lo de la vivienda que no puede quedarse ahí”.
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