
Quien conozca a Emmanuel Carrère sabe que el escritor francés se precia de dejar pocos misterios en el cajón cuando se trata de explicarse a sí mismo y diseccionar su vida y la de las personas que tiene a su alrededor. Y eso es lo que vuelve a hacer en su nueva novela, Koljós, en la que aplica de nuevo esa sinceridad sin anestesia a la que nos tiene acostumbrados para escarbar en los rincones de su familia y sumergirse en la tarea nada desdeñable de hacer las paces con su madre y ahondar, tras su muerte, en la arqueología familiar de cuatro generaciones entre la Europa del siglo XX y el actual.
Acercarse a un autor como él podría compararse a sumergirse en la aleatoreidad que él mismo contaba en uno de sus relatos, en el que un hombre dejaba guiar su vida por los resultados de un dado: con Carrère se puede dejar al azar que la conversación gire en torno a la guerra de Ucrania y Rusia; o sobre la reconciliación con su madre después de que expusiera sus vergüenzas del pasado; pero también sobre la “resistencia” de Pedro Sánchez frente a Donald Trump; o sobre la vejez y su papel como “observador de la comedia humana” en un momento en el que Europa y la situación actual “no parece que se presente muy bien”. "No soy un oráculo político, pero es difícil mostrar optimismo“, admite.
Nos dice Carrère además que, como observador de la realidad que es, lo suyo son los detalles, las contradicciones, los personajes del gran teatro de la “comedia humana”, no las opiniones ni los grandes análisis geopolíticos.

Él, maestro del ‘sincericidio’ en su vida privada, afirma que su terreno de juego en el momento actual es el del detalle, el buscador que va “a un terreno cualquiera y trata de comprender las cosas no desde una visión geopolítica, sino desde un análisis de relatos, de vidas de personas, de situaciones, de contradicciones. Es ahí donde me siento más cómodo. Desconfío un poco de mis opiniones. Tengo la impresión de que, si tengo una capacidad, es más bien la de la observación”.
Ahora con Koljós, ganadora del Premio Médicis y del Premio Grand Continent en 2025, Carrère divaga entre su histora familiar entrelazada con algunos de los grandes conflictos del siglo XX, que va de Tiflis (Georgia) a París, de la Rusia prerrevolucionaria a la Ucrania actual.
Como hablar de tu madre
¿Pero por qué el escritor tenía que hacer las paces con su madre? Las respuestas nos las daba él mismo en un encuentro con la prensa esta semana en Madrid, en el que explica que esta autobiografía familiar surgió tras muerte de Hélène Carrère d’Encausse, ‘zarina de los sovietólogos’, famosa historiadora e intelectual, primera mujer en dirigir la Academia Francesa y autoridad de la historia de Rusia.
En Una novela rusa (2007), el rey de la no-ficción reveló hace casi 20 años uno de los secretos familiares mejor guardados hasta entonces -el hecho de que su abuelo materno fuera colaboracionista con los alemanes en la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial-: esta revelación fue un duro golpe para su madre, que no perdonó a su hijo facilmente. De hecho, Carrère explica en Koljós que estuvo dos años sin hablarle, pero en 2023, cuando murió, las cosas eran ya muy diferentes.
“Una novela rusa salió hace casi veinte años y (mi madre y yo) tuvimos tiempo de reconciliarnos mientras tanto. Durante los últimos diez años de la vida de mis padres, mi relación con mi madre fue totalmente afectuosa. No puedo decir que fuera relajada, porque mi madre no era una persona muy relajada, pero era un relación muy tranquila. El hecho es que este libro surge de otra cosa, que es de su muerte. El hecho es que mi madre tuvo una muerte admirable. Realmente tuvo una muerte de una verdadera grandeza, de una verdadera nobleza, con un modo estoico de aceptarla, de estar preparada. Había ahí algo muy hermoso que tuve ganas de contar, hasta el punto de que, de hecho, empecé a tomar notas cuando aún no había muerto, y no sentía ninguna culpa por eso. No tenía en absoluto la impresión de estar haciendo algo un poco impactante. Más bien, tenía la impresión de estar presenciando algo que era hermoso y merecía ser contado. Por eso también los aspectos de su vida privada que quizá no le habrían gustado tengo la impresión de que están envueltos en la luz de su muerte, que es el tipo de muerte que corona una vida, que le da sentido. Y eso es lo que empecé a contar. El resto vino a partir de ahí“.

Por eso, esta autobiografía que ahora llega a España de la mano de Anagrama se convierte en su acto de reconciliación y de redención, y en una obra que crece y se bifurca a medida que se adentra en sus entresijos familiares. “Rusia es, para bien o para mal, un asunto de familia”, admite en las páginas del libro. Koljós iba a ser un retrato de su madre y acaba siendo otra cosa, tal vez una saga famliar, tal vez una misión de rescate del olvido a su padre, un hombre que, como explica Carrère, “vivió en la sombra y al que evidentemente había amado, pero de cierta forma distraída, sin comprender realmente cómo”. “El libro parte, sin lugar a dudas, de mi madre, de una figura poderosa, autoritaria, tenaz. Y va evolucionando hasta llegar a ese hombre discreto que amó sin ser amado. Eso me permitió entender el lugar que ocupaba en mi vida. Y ha sido la sorpresa feliz de este libro”, añade durante el encuentro.
La tortuosa relación con su madre explica mucho también de la manera que tiene Carrère de acercarse a la realidad, a la vida privada y a esa primera persona que le ha hecho tan famoso con anteriores obras como El adversario, Limonov, De vidas ajenas, Yoga. Y, si muchas veces su vida y su obra se funden entre la realidad y la complicada alianza con la verdad y el ‘yo’, entonces qué mejor momento que la muerte de una madre y quién mejor que él para llevar a cabo ese reajuste con su pasado. Pero, ¿le habría gustado esta vez el libro a su madre?“, le preguntamos.

“Quién sabe —responde—, me imagino que no del todo. Es decir, habría cosas en concreto, como lo que tiene que ver con el mostrar, con el exhibir la vida privada, que seguramente le habrían provocado hostilidad. Y aquí me refiero, por ejemplo, a las cosas que cuento de la vida conyugal. Pero yo creo que eso es solo parte de un retrato y creo que habría visto que eso es una imagen general, y que ese retrato parte del amor y de la admiración hacia ella. Y, por lo tanto, habría admitido que un retrato, para ser certero, tiene que tener sus luces y sus sombras; y creo que habría aceptado esas partes de sombra”.
Su madre y él no escribían el mismo tipo de libros, pero tampoco coincidían en ese uso de la primera persona que para Carrère es su seña de identidad. “Mi madre era una historiadora académica. Y yo escribía libros primero de ficción, después de no-ficción, pero siempre donde el narrador -es decir, el yo- está muy presente”, precisa.

“Así que de todas formas son géneros diferentes, afortunadamente para mí, porque pienso que si mi madre hubiera sido una novelista conocida en lugar de ser una historiadora, habría sido más difícil para mí encontrar mi propia identidad. Pero por otro lado hay una cuestión de temperamento, y lo que es seguro es que mi madre era muy hostil al uso de la primera persona. Cito esa especie de lema que era el de Disraeli [ex primer ministro británico] y que era el suyo, que era: “Never complain, never explain” (nunca te quejes, nunca des explicaciones, lema también adoptado por la reina Isabel II de Inglaterra). Esa era realmente ella. Mientras que yo, he ‘complain’ mucho y, sobre todo, mucho ‘explain’“ —bromea—. Así que mi madre era muy reticente respecto a esa manera de hacer. Pero en realidad no hablábamos mucho de eso“.
Ucrania y Rusia
La guerra de Ucrania y la invasión rusa fue una etapa de grandes decepciones para la madre de Carrère, que era reconocida por haber predicho la caída de la Unión Soviética. Ella, como gran experta en Rusia, defendió hasta el final que aunque Putin era “un hombre brutal, atendía a razones” y no acabaría invadiendo a Ucrania. Pero claramente se equivocó. Dio igual porque Carrère y su madre se sentaban en el sofá, según cuenta en la novela, para comentar lo que estaba pasando en Ucrania tras la invasión: “Rusia paga un precio muy, muy alto por continuar esta guerra, un precio humano. Pero Rusia, o más bien sus dirigentes, están absolutamente dispuestos a pagar ese precio humano [...]. No sé si Rusia está ganando esta guerra, pero todo lo que puede hacer Ucrania hasta ahora es no perderla. Y nosotros, Europa, no la ayudamos a ganarla, la ayudamos a no perderla. Y eso no es suficiente”.

El autor, que ha viajado varias veces a Ucrania, es bastante pesimista sobre el futuro de la guerra y consciente de que la atención por un conflicto que se alarga corre el riesgo de disiparse. “Creo que los ucranianos tienen un profundo deseo de hablar, que también está ligado al profundo deseo de que no los olviden". “No tenemos mucho tiempo mental disponible para ocuparnos de Ucrania. Nuestra capacidad de atención, incluso de compasión, de solidaridad, después también de lo de Gaza... Así que seguimos ocupándonos un poco de Ucrania, pero está claro que la atención disminuye. Además, la situación no cambia mucho, lo único que aumenta es el número de muertos de ambos lados. Ucrania sigue resistiendo, Rusia sigue enviando soldados que van al matadero y, simplemente, a Rusia o a su dirigente no le importa. Se pueden enviar personas al matadero tanto como se quiera. No pasa nada, hay de sobra. Así que... lamentable. Pero es exactamente lo que temen los ucranianos, que los olviden. Y eso es lo que está ocurriendo”.
Y también se atreve a la posibilidad de un conflicto civil después de la guerra debido al “enorme resentimiento” hacia quienes no quisieron ir al frente: “Es una hipótesis muy pesimista, así que espero que no sea cierta. Está claro que ahora mismo esta sociedad está igualmente galvanizada por su propio heroísmo. Pero también es cierto que hay dos divisiones en la sociedad: la primera es entre quienes se fueron y abandonaron el país, y quienes se quedaron. Y la segunda es entre quienes luchan y quienes no luchan. Pienso necesariamente que cuando la guerra termine [...] toda esa especie de energía galvanizada por la guerra va a decaer y la sociedad va a tener que enfrentar algo muy difícil. Pero bueno, esto lo digo como una hipótesis. No pienso que no vaya a pasar, pero espero que no sea una guerra civil”.
Trump y la enfermedad del poder
Es obviamente imposible obviar los sucesos internacionales que merodeaban la conversación, el ataque de EEUU e Israel a Irán y las últimas críticas del Donald Trump a España, de la que alaba el “espíritu de resistencia” de Pedro Sánchez. Y si se le pregunta, Carrère se atreve a admitir que si se le diera la oportunidad, se atrevería a escribir sobre Trump, aunque reconoce que es un personaje del que se ha escrito tanto que le cuesta pensar qué más añadir.
“Trump es un tema prodigioso, porque casi nunca se ha visto en la historia algo así, un personaje que sea prácticamente el dueño del mundo. Pero al mismo tiempo, se ha escrito tanto sobre él... ¿Qué puedes, qué más se puede escribir?Pero de todas formas, sí, lo intentaría”, apunta al recordar que cuando fue al G7, “lo más fascinante era ver que todos los jefes de Estado no pueden hacer su trabajo de jefe de Estado: solo están paralizados por Trump. Y la cuestión es saber cuál será el humor de Trump esa mañana”. Para Carrère, “Trump es realmente como un personaje de Philip K. Dick“, el escritor de ciencia ficción, genio, profeta y ‘chiflado’ del que escribió también una biografía: “Trump es un caso de hybris [síndrome de Hubris (hybris) enfermedad del poder] absoluto, desmesurado. Y ¿qué va a pasar cuando la situación le sea completamente adversa? ¿Si, por ejemplo, las elecciones midterm le son desfavorables? ¿Qué va a pasar, incluso, si en algún momento es expulsado del poder y la manera en la que quería aferrarse a él a costa de todo? La hybris siempre termina muy mal. No creo que se vaya tranquilamente a disfrutar su jubilación y a jugar al golf en Mar-a-Lago, ¿no?“.
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