
Cuando uno piensa en Pixar, automáticamente lo hace en esa lamparita dando saltos sobre la I, pero también en la fascinación de ver juguetes hablar por primera vez, la tristeza del prólogo de Up, la emoción de ver correr a Rayo McQueen por la Copa Pistón, el miedo de toparse con Randall al cruzar la puerta de Monstruos S.A. o la alegría de reunirse con los antepasados de Coco. Sensaciones y momentos que, precisamente desde esta última obra ambientada en México, parecen cada vez más difíciles de encontrar en una película de Pixar. Una tónica que el estudio por fin ha roto con su última aventura, Hoppers.
La famosa productora de animación lleva más años de los que parece atravesando un desierto —más creativo que de resultados— en el cual, desde Del revés y Coco no ha conseguido conquistar audiencia, público y, especialmente, el paso del tiempo. A lo largo de estos años hemos encontrado propuestas más o menos valoradas como Luca, Red o Elemental, cada una encontrando un moderado éxito en la audiencia, pero adoleciendo de una serie de problemas que se habían hecho especialmente visibles con la última apuesta de Pixar, Elio. Una película mutilada desde prácticamente su fase inicial de producción, con un estilo visual con algo de lustre pero carente de la imaginación e ingenio que siempre había caracterizado al estudio.
Con ese panorama presente, volver a apostar por una película 100% original en vez de seguir reciclando viejas IPs como Toy Story —pronto llegará la quinta entrega— o la propia Del revés parecía un suicidio. Pero Hoppers lo ha logrado. La película recupera en gran medida la esencia original de Pixar, ofreciendo una historia y personajes completamente nuevos, pero que de alguna manera remiten a las antiguas aventuras con las que los viejos espectadores ya estaban familiarizados. Un puente ideal entre dos generaciones —la que se crio con Pixar y la que lo está haciendo ahora— que ha encontrado en el equilibrio su mayor virtud.
Cabeza, cuerpo y corazón
La película narra la historia de Mabel, una niña que siempre ha sentido una gran atracción por los animales, pero también por las causas imposibles. Incapaz de conectar con sus compañeros de clase, que la ven como un bicho raro, la joven pasa la mayor parte del tiempo junto a su abuela, quien vive en una casa alejada de la ciudad, en un claro pegado al bosque. Ya de adolescente y recién entrada en la universidad para estudiar ciencias, Mabel se entera de que una propuesta de urbanización por parte del alcalde Jerry amenaza con destruir el claro en el que tan buenos momentos vivió junto a su abuela, lo que le llevará a tomar medidas desesperadas: introducir su mente en el cuerpo de un robótico castor para atraer vida animal al claro y evitar su destrucción.
Solo con echar un vistazo rápido al argumento podemos ver el primer pilar de esencia Pixar que recupera Hoppers: la ambición. Algunas de las anteriores entregas del estudio, como Onward, Luca o Red, habían cometido el error de no intentar apuntar alto, de apostar por una trama minimalista en vez de pensar a lo grande. En Hoppers encontramos ciencia ficción a través del intrínseco transhumanismo, alegato animalista y a favor del medio ambiente, disertación sobre la relación entre humanos y animales y, por supuesto, historia de madurez personal, todo en uno. Hay quien defiende que es mejor no apuntar tan alto y gastar solo las balas de las que uno dispone, pero se agradece volver a ver una película de animación que no tiene miedo a tocar todos los palos aunque pueda quedarse a medias en algún momento.
De la misma forma, la película dirigida por Daniel Chong —quien viene de la casa Cartoon Network, donde ya demostró su pasión por los animales con Somos Osos: La película— brilla en otro aspecto perdido en los últimos años, como es la narración. Pixar siempre se ha caracterizado por inicios potentes -véase el mencionado prólogo de Up- y finales de altura -Monstruos S.A., Toy Story 3, pero en los últimos años venía perdiendo ese vigor a la hora de entrelazar tramas y dar ritmo a sus historias, algo que no sucede en Hoppers, pues aunque su prólogo y su final son sensacionales, el tronco central —si se permite el juego de palabras castor— se mantiene a flote gracias a la gran galería de secundarios —desde el carismático y siempre optimista rey George al improvisado villano artrópodo al que pone voz Dave Franco—, a la trepidante banda sonora y a un acabado visual que también remite a los días de gloria del estudio con esos paisajes de cuento para contrastar bosque y ciudad.

Humor y aventura para mayores y niños
Por último, pero no menos importante, Hoppers también recupera algo del amor y cariño por sus personajes. No es que en sus últimas películas no lo tuviese, desde luego, pero quizá precisamente por no estar tan bien desarrollado en su parte central, sus clímax no terminaban de funcionar de la misma manera. En esta aventura, el tema animalista y ecológico ayuda, sin lugar a dudas, pero está sustentado en el mimo y cuidado con el que está dibujado cada uno de los personajes y en cómo estos van interactuando conforme avanza el filme.
No obstante, quizá el mayor hallazgo de Hoppers sea su humor, algo prácticamente inédito en Pixar desde Buscando a Dory o quizá desde siempre, y que se agradece en una película con una premisa tan eminentemente seria. Un humor que va desde el puro slapstick al gag recurrente, que juega con las barreras del idioma animal-humano pero también con lo visual, y que sobre todo es capaz de hacer reír en un rango de edad muy amplio, sin referencias demasiado concretas más allá de un chiste puntual y meta dirigido a Avatar. En definitiva, un soplo de aire fresco para un estudio que parecía estancado y que ha encontrado irónicamente en el estanque de estos pequeños castores un nuevo capítulo por escribir en la bonita tradición de lo que solía ser el estudio Pixar.
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