
El francés David Foenkinos, es uno de esos escritores que, prácticamente desde sus inicios, alcanzó la popularidad literaria. Ahora acaba de publicar su nueva novela, Todos aman a Clara, una narración que, fiel a su trayectoria, explora la frontera entre la vida, la muerte y el misterio. Por supuesto, ha batido récords de ventas de su país de origen.
La novela se adentra en el vuelco radical que experimenta una familia cuando Clara, hija de Alexis Koskas (banquero de vida ordenada), sufre un accidente de coche y queda en coma.
El regreso de Clara a la conciencia será, en sí mismo, un fenómeno inexplicable, pues la joven despierta con capacidades premonitorias, lo que añadirá una dimensión, digamos que enigmática a su historia.
En los primeros compases del libro, Foenkinos introduce al lector en una trama atravesada por el desconcierto, la transformación y la irrupción de lo extraordinario en lo cotidiano.
La experiencia próxima a la muerte de Foenkinos
Y es que, desde muy joven, el autor parisino ha vivido marcado por la experiencia de la enfermedad y la proximidad de la muerte. Hijo de padres vinculados a compañías aéreas, Foenkinos ha recordado que los viajes fueron parte central de su infancia hasta que una dolencia cardíaca lo obligó a permanecer durante meses ingresado en un hospital, rozando la muerte.
Este episodio dejó una huella indeleble en su imaginario literario, consolidando la literatura como refugio y herramienta para dialogar con la muerte, una figura que, de alguna manera, impregna y humaniza a sus personajes desde sus primeros trabajos.
En novelas anteriores como La delicadeza, un personaje moría repentinamente, y en La vida feliz, otro decidía fingir su propio funeral para empezar de nuevo. Esta exploración del límite vital alcanza un nuevo nivel en Charlotte, obra galardonada en 2014 con el Premio Renaudot y el Goncourt des Lycéens, donde la memoria de la artista alemana Charlotte Salomon durante la ocupación es abordada con una mirada muy personal.

La génesis de Todos aman a Clara no parte únicamente de la ficción, sino de una experiencia concreta de inspiración artística. Y es que, durante una visita al cementerio no católico de Roma, descubrió una escultura conocida como El ángel del dolor, una pieza que marcaría el inicio de la novela.
El autor ha destacado cómo esa imagen, vinculada a la historia de un hombre que encargó el monumento tras la muerte de su esposa y falleció apenas ocho meses después, se ha convertido en el vínculo entre el arte, el duelo y el relato.
La interacción con sus lectores a través de las redes sociales, especialmente Instagram, ha permitido a Foenkinos recibir testimonios de quienes han visitado el cementerio atraídos por la novela, generando incluso curiosidad entre los responsables del camposanto ante las menciones a Clara.
Explorando los límites de la intuición y el misticismo
El personaje de Clara, que desarrolla un don tras despertar del coma, nació de una inquietud antigua del autor: abordar la capacidad de predecir, los signos en la vida y la atracción hacia lo misterioso. Foenkinos ha confesado que este interés por la intuición y los fenómenos inexplicables se ha alimentado también por su experiencia vital.
A los dieciséis años, el escritor sufrió un paro cardíaco que le mantuvo hospitalizado y a punto de fallecer durante semanas. De aquel trance, según cuenta, regresó a la vida con el don de escribir.

Esta vivencia, según cuenta, le ha servido como cimiento autobiográfico par el personaje de Clara, cuya travesía entre la vida y la muerte resuena con la del propia del novelista, estableciendo una relación directa entre la aparición del talento creativo y la experiencia de lo inexplicable.
La dimensión mística de la narración cobra peso cuando el autor reconoce que el paso cercano a la muerte cambió su percepción del mundo, incrementando su sensibilidad hacia la belleza, el arte y la música, y desatando una imaginación hasta entonces desconocida.
A pesar de que el relato de Clara incide en elementos como la ‘videncia’ y la numerología (la protagonista nació en 2008 y mantiene una extraña relación con el número ocho), Foenkinos recalca que no se interesa por el esoterismo en sentido estricto.
Para documentar las primeras manifestaciones del don, entrevistó a videntes, una de las cuales le relató que, tras la muerte de su abuela a los ocho años, seguía conversando con ella. El escritor reconoce sentirse fascinado por la frontera de lo invisible y confiesa que en cierto modo se considera “creyente” en la existencia de señales de la vida.
Por el momento, no se sabe si esta podría ser otra de sus obras adaptadas al cine. Junto a su hermano Stéphan ha formado tándem como director en varias ocasiones, en La delicadeza, Algo celosa y Las fantasías. Pero también otros autores han hecho versiones de sus libros o relatos, como es el caso de Jean-Paul Rouve (Los recuerdos) o Rémi Bezançon (La biblioteca de los libros olvidados).
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