Tras sesiones de más de 21 horas el sábado, Estados Unidos e Irán finalmente no lograron alcanzar un acuerdo para poner fin del conflicto iniciado el pasado 28 de febrero.
Las conversaciones entre las delegaciones se han extendido hasta la madrugada del domingo -hora local- debido a profundas diferencias en temas de seguridad y economía vinculados al estrecho de Ormuz, mientras la región enfrenta un aumento de precios del petróleo y amenazas militares renovadas.
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El encuentro, celebrado en un hotel lujoso bajo medidas de seguridad extremas en Islamabad, marca una ruptura con décadas de intermediación indirecta. Por primera vez desde 1979, una delegación estadounidense de alto nivel encabezada por el vicepresidente JD Vance dialoga directamente con la representación iraní, liderada por el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, y el canciller Abbas Araghchi. Participan también Steve Witkoff y Jared Kushner por parte de Washington.
Según AFP, funcionarios de Pakistán, país anfitrión, destacaron un ambiente cordial y avances graduales, en contraste con largos periodos de estancamiento anteriores. Islamabad estuvo toda la jornada fuertemente resguardada, mientras el gobierno local buscó equilibrar sus relaciones tanto con Irán como con la administración estadounidense.
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En el centro de la agenda, Irán exigió el desbloqueo de activos sancionados y el fin de la ofensiva israelí contra Hezbollah en Líbano como condiciones para llegar a un acuerdo. Las autoridades iraníes remarcaron la importancia de la presencia de Vance por su rango y su previa oposición a la guerra, como muestra de seriedad en el proceso. Sin embargo, Estados Unidos sostuvo la presión económica y militar e insistió en excluir el asunto libanés de las discusiones de Islamabad.
La desconfianza dominó el ambiente tras experiencias previas de promesas incumplidas y choques fundamentales. De acuerdo a lo reportado por la prensa iraní el sábado, el régimen reprochó a Estados Unidos “demandas excesivas” sobre el control marítimo, y la Casa Blanca condicionó cualquier avance a gestos concretos de Teherán, descartando toda discusión sobre el conflicto en Líbano.
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Por su parte, la presencia estadounidense se reforzó el fin de semana con el envío de dos buques de guerra dedicados al desminado en el estrecho de Ormuz. Washington afirmó que la misión busca garantizar un “paso seguro” a los petroleros, vitales para “un quinto del comercio mundial de crudo”. El mando naval de la Guardia Revolucionaria, no obstante, rechazó que embarcaciones estadounidenses hubieran ingresado en el canal estratégico y advirtió que “cualquier intento de buques militares de cruzar el estrecho será respondido con firmeza”.
Existe una tregua temporal limitada a embarcaciones civiles bajo condiciones determinadas, aunque el riesgo de incidentes permanece. Las acciones de Irán en el estrecho desencadenaron el alza de los precios del petróleo, afectando a economías de Europa y Estados Unidos, que importa menos crudo directamente del Golfo pero enfrenta presión política por el encarecimiento del combustible. El presidente Donald Trump declaró que Washington mantendrá abierto el canal por la necesidad de proteger a sus aliados internacionales.
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Además, afirmó que le daba “igual” el resultado de las negociaciones en Islamabad. Trump sostuvo ante periodistas:“Lleguemos o no a un acuerdo, me da igual. La razón es que hemos ganado”, y agregó:“Estamos en negociaciones muy profundas con Irán. Ganamos de cualquier manera. Los hemos derrotado militarmente”.
El conflicto trasciende la disputa marítima. Israel, bajo el liderazgo del primer ministro Benjamin Netanyahu, prosigue con ofensivas militares en Líbano contra Hezbollah. El premier manifestó su interés en lograr un tratado de paz duradero con Líbano, aunque descartó un alto el fuego con el grupo terrorista y señaló que buscará ejercer presión sobre el gobierno central de Beirut.
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Tanto la Unión Europea como otros actores internacionales observan con preocupación el riesgo de una escalada y demandan garantías para el suministro energético global. Están previstas próximamente reuniones entre Israel y Líbano en Washington, lo que añade tensión a un escenario regional ya cargado de intereses contrapuestos. Islamabad, por su parte, refuerza la seguridad mientras acoge un diálogo considerado sin precedentes y con potencial de redefinir el equilibrio en Medio Oriente.
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