En una de las escenas finales de Un gran viaje atrevido y maravilloso, el personaje interpretado por Margot Robbie se sienta junto a su madre a ver Big, el clásico de los años 80 dirigido por Penny Marshall y protagonizado por Tom Hanks en la piel de un niño que se convertía en adulto de forma fantástica. Una forma irónica de ilustrar la situación del personaje de Robbie —una adulta intentando regresar a la infancia— pero también una escena que ilustra a la perfección la gran contradicción que es la propia película.
Porque más allá de que Margot Robbie naciese en 1990 y Big en 1988, la gran contradicción es mirarse en una película cuyo espíritu es radicalmente distinto al de Un gran viaje atrevido y maravilloso en su pretensión por emularla. Dirigida por Kogonada, el cineasta que se dio a conocer por sus cinéfilos videoensayos, que sorprendió a todos con Columbus y que ya se adentró en las contradicciones humanas de forma fantástica con After Yang, se trata de la primera película que no escribe, pues el guion recae sobre Seth Reiss (El menú), y eso es algo que puede haber lastrado precisamente Un gran viaje atrevido y maravilloso, que carece del ingenio y la imaginación de sus anteriores obras, a pesar precisamente de empeñarse en demostrar lo contrario.
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La película cuenta la historia de Sarah (Margot Robbie) y David (Colin Farrell), dos personas solteras que se encuentran “por casualidad” en una boda de una amiga en común. A la vuelta de la misma, el sistema GPS de los coches de alquiler que ambos han contratado comienza a hablarles y a sugerirles si están dispuestos a dejarse llevar por un viaje atrevido y maravilloso. Una vez que ambos aceptan el trato y comparten coche, el fantástico sistema de navegación comienza a llevarles por paradas de lo más extrañas, en las que encuentran puertas que los transportan a rincones de su pasado.

Mucha puerta, poca química
La gran función del instituto, sus rupturas traumáticas, aquellas conversaciones paternales... una suerte de highlights vitales que sirven a los protagonistas para sanar sus heridas, conocerse más el uno al otro y, cómo no, enamorarse en el proceso. Para ello, el filme de Kogonada despliega una serie de clichés y tópicos tan románticos como empalagosos, con diálogos más propios de robots que de dos seres humanos en pleno proceso de enamoramiento.
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El problema es precisamente que cada uno de estos encuentros fantásticos, en los que ambos protagonistas mantienen su aspecto físico actual y no el de su juventud —un llamativo recurso que ya hemos visto este año de forma más eficiente en la lúcida Hal y Harper— están presentados de una forma tan solemne y trascendental, que provocan precisamente el efecto contrario al que se pretende.
Cada escena resulta impostada, cuando no exagerada y, al carecer del contexto suficiente, no aporta la emoción que entraña en cada momento. Por si fuera poco, la relación en pantalla entre Margot Robbie y Colin Farrell, dos grandísimos actores, es la de una absoluta falta de química, tanto a nivel guion como en sus propios gestos y reacciones al otro. Paradójicamente, cada uno funciona mucho mejor por separado que cuando interactúan e intentan forzar esa chispa romántica que nunca termina de prender.
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De Barbie a Sarah
La falta de química en dos actores de la talla de la australiana y el irlandés apunta de nuevo a un problema de escritura, pero centrándose en el personaje de Robbie todo se hace más flagrante. Se trata del primer papel de la actriz de 35 años en más de dos años, desde que protagonizase ese evento cinematográfico que fue Barbie. Poco o nada se parecen ambos personajes, pues si el primero conseguía que una aparente muñeca sirviese de faro para muchos de los grandes problemas del mundo femenino, aquí el personaje de Sarah supone un gran retroceso.
Un personaje plano, muy mal dibujado, con motivaciones complejas explicadas de aquella manera —esa sonrojante razón por la que sigue soltera— y que nunca termina de contagiar emoción alguna. La australiana, que en los últimos años ha volcado parte de sus esfuerzos en producir películas para dar voz a nuevos cineastas, da aquí un paso atrás con respecto a lo conseguido en los últimos años, en ese paulatino alejamiento de rubia explosiva que se había cimentado con El lobo de Wall Street, Focus o Escuadrón suicida. Su próximo papel será precisamente junto a la directora que más ha apoyado, Emerald Fennell (Una joven prometedora), con la adaptación de Cumbres borrascosas de Emily Brontë. Habrá que ver si la australiana puede ahí recuperarse de este Viaje atrevido y maravilloso, que ha devenido en una retahíla de nostalgia y falso romanticismo.
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