Alejandro Amenábar comenzó siendo un director joven que experimentaba, que se atrevía a hacer cosas diferentes, que provocaba a través del lenguaje visual, que lanzaba ideas, ya estuvieran mejor o peor. Se pudo ver en su ópera prima, que lo consagró, Tesis, en Abre los ojos o, en su mejor película hasta la fecha, Los otros.
Entonces llegó Ágora. Aquella superproducción sería el inicio de una etapa en la que el director se abriría al cine histórico, a los personajes bigger than life y también a su preferencia hacia el cartón piedra.
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Al menos en Ágora, aunque resultara pretenciosa hasta la médula, había una intención creativa, una visión de las cosas. Sin embargo, en Mientras dure la guerra ya evidenció algunas cuestiones que, ahora, en El cautivo, se convierten en una auténtica rémora: su falta de ambición artística combinada a una cierta superioridad moral y una flagrante planicie estética.
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Una sesión de ‘cine de barrio’
Si su anterior película parecía una sesión de sobremesa, en esta ocasión ya nos sumergimos en el terreno de la caspa antediluviana.
El cautivo es una película antigua, rancia, vieja, que ‘señorea’. Cine de otro tiempo que no tiene sentido en el presente, lastrado por la simplicidad infantil con la que se dibujan los personajes (los personajes de Luis Callejo y Fernando Tejero resultan icónicos en este sentido) y con una puesta en escena ‘sonrojante’ que se acerca peligrosamente a la Serie B.
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Resulta un misterio insondable cómo los directores que abrieron nuevos caminos en los años noventa se han convertido en autores acomodaticios, previsibles y aburridos. Y no daremos nombres, porque eso daría pie a otro artículo.
Y es que El cautivo se acerca más visualmente a un parque temático histórico a lo Puy du Fou de lo que nunca nos hubiera gustado imaginar. Y eso es un problema.
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Sonrojante relación homoerótica
Todo es falso en esta reconstrucción de la historia del joven Cervantes que fue secuestrado por los corsarios árabes y mantenido cautivo en Árgel y que supuestamente mantuvo relaciones homosexuales con su captor, Hasán Bajá (bien aderezado de Kohl y encarnado por el italiano Alessandro Borghi). Porque el ambiente homoerótico que se desprende no deja de ser naíf, como si fuera una versión mojigata de las 1.000 y una noches.
Las dinámicas que se crean entre los personajes están lastradas por la grandilocuencia vacua de unos diálogos impostados (es duro escuchar a buenos actores creyendo que están haciendo una obra de Shakespeare, perdón, de Cervantes o, en este caso, de Amenábar), subrayados y chirriantes, con esa continua necesidad del autor a la hora de vincular las peripecias imaginativas del futuro escritor con su obra, algo que no deja de ser tan ridículo como infantil.
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Amenábar intenta dar pompa a su personaje, otorgarle un carácter heroico, pero toda la película esta impregnada de una épica de trazo grueso.
El cautivo se convierte así casi en una película grotesca, enfática y profundamente maniquea. Resulta perfectamente normal y previsible que a Arturo Pérez-Reverte le haya parecido una obra valiente y libre.
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