Hubo un momento en el que el cine de Álex de la Iglesia estaba bien, era respetado e incluso ganaba premios en festivales internacionales. Pero, de eso, hace mucho, mucho, tiempo. ¿Qué queda de aquel espejismo?, ¿de clásicos como El día de la bestia, La comunidad?... pues poco o nada. Por el camino ha ido perdiendo la originalidad que le caracterizaba, el ingenio para componer historias inesperadas y personajes memorables.
Ahora lo que queda es la repetición, el abotargamiento, la pereza y la abulia. Así, si alguna vez hizo algún plano virtuoso, ahora sus escenas se convierten en una consecución de imágenes que parecen hechas con corta y pega por alumnos de un taller ocupacional.
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Un Curro con lanzallamas
Solo hace falta ver tres minutos de su nueva serie, titulada 1992, (por llamarla algo) para comprobar que nada está bien, que todo está fatal e, incluso asistimos con absoluta estupefacción, a problemas básicos de ‘rácord’ (”rácord, ¿qué rácord”, como decían Muchachada Nui en uno de sus ‘sketches’), errores con el ‘etalonaje’ de color, que cambia de una escena a otra y, por supuesto, una anárquica y gratuita planificación secuencial, absolutamente desquiciada. ¿Conclusión? Una cochambre absoluta.
Y eso, solo para empezar, porque la cosa, lamentablemente, irá a peor. La premisa no está mal (es algo que siempre ha caracterizado al director, que empieza bien y termina mal): un asesino vestido de Curro, la mascota de la Expo’92, que comenzará a matar a un puñado de hombres poderosos que trabajaron allí y que esconden algún secreto oculto. Como si fuera un trasunto de Luigi Mangioni, pero con un disfraz cutre y con un nada discreto lanzallamas con el que es capaz de entrar en cualquier sitio vigilado sin que nadie le diga nada. Asombroso.
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La serie parece, en un principio, querer recuperar aquel momento histórico incrustado en el imaginario colectivo de la cultura popular. Pero en realidad, es solo una excusa, ni Curro, ni el psicópata vestido de Curro sirven para nada más que para añadir un toque ‘retro’ y, quizás, como excusa y justificación del ‘pitch’ necesario para vender el proyecto a alguna plataforma incauta, en esta ocasión, Netflix.
Un ex policía alcohólico y una ama de casa con ‘chaquetita’

En 1992 se cuenta la historia (por decirlo de alguna manera), de Amparo (Marian Álvarez) que acaba de perder a su marido en una explosión y quiere saber más acerca de lo que ha ocurrido. De pronto, una ama de casa con chaquetilla y medio tacón, se convertirá, por arte de magia, en una investigadora de lo más tenaz à lo Sherlock Holmes y para ello reclutará a un ex policía (alcohólico) llamado Richi (Fernando Valdivielso) que, nunca sabremos por qué, decidirá acompañarla en sus pesquisas e introducirse dentro de una trama de corrupción y secretos en lugares insospechados. Todo bastante insólito.
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Los actores que participan, se encuentran totalmente perdidos dentro de un mejunje narrativo ‘intragable’ e indigesto que provoca desconcierto en cada vuelta de tuerca. Absolutamente indefensos, no pueden sostener nada de lo que ocurre porque. Para colmo, todo se encuentra impregnado de un registro histérico, los diálogos son ‘sonrojantes’ y la música enfática se encarga de dotar al conjunto de un dramatismo ridículo. Punto y a parte merecen los efectos especiales ‘amateurs’ que contribuyen a que nos aseguremos, sin ningún género de duda, que nos encontramos ante un subproducto televisivo bochornoso.
Si a eso le añadimos la misoginia que desprende todo el conjunto, la forma en la que se trata la adicción del protagonista masculino, de manera bastante chapucera y la discapacidad de un personaje decisivo en la trama, lo único que se puede decir es que no se puede llegar a esas dosis de vergüenza ajena sin sentir un profundo rechazo. A su lado, Reina Roja, que también era difícil de defender, es una auténtica ‘masterpiece’.
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