En los años sesenta, mientras en Francia irrumpía la Nouvelle Vague y en Brasil el Cinema Novo cuestionaba jerarquías, en Checoslovaquia se gestaba un movimiento que, aunque truncado por la invasión soviética de 1968, dejó una huella imborrable. La Nueva Ola Checoslovaca fue un laboratorio de irreverencia: sátira política, realismo íntimo, juegos formales y un hambre insaciable de libertad creativa. Sus películas, a la vez juguetonas y feroces, captaron la atención de la crítica internacional y hoy, más de medio siglo después, siguen influyendo en cineastas de todas las latitudes.
Lo que comenzó como un grupo de jóvenes formados en FAMU —la prestigiosa escuela de cine de Praga— pronto se convirtió en un estallido creativo que transformó el lenguaje cinematográfico. Miloš Forman (Los amores de una rubia, ¡Al fuego bomberos!), Věra Chytilová (Daisies), Jiří Menzel (Closely Watched Trains), Jan Němec (Diamonds of the Night) y Juraj Herz (El incinerador de cadáveres) ofrecieron películas que, en palabras del crítico Michael Koresky, fueron “tan inquisitivas en lo estilístico, tan sofisticadas en el uso de la metáfora, y tan diferentes en tono y contenido a lo que se hacía en cualquier otra parte del mundo” que no pudieron pasar desapercibidas. Ya fueran historias de brujas, de soldados de la II Guerra Mundial o incluso de gatos como en Un día un gato (Vojtěch Jasný), la nueva ola supuso una revolución que cambió para siempre el cine.
De Praga a Hollywood y más allá
La influencia de este cine se expandió rápidamente. Forman emigró a Estados Unidos tras la represión y desde allí firmó clásicos como Alguien voló sobre el nido del cuco y Amadeus. Ese trasvase de talento no solo fue personal, sino estilístico: el equilibrio entre sátira y ternura, la observación minuciosa de lo cotidiano y la ironía amarga que ya practicaba en ¡Al fuego, bomberos! siguen vivos en muchos de los relatos cinematográficos actuales. Pero no se trata solo de quienes cruzaron fronteras físicas. El propio ADN de la Nueva Ola se reconoce hoy en cineastas contemporáneos. Yorgos Lanthimos, por ejemplo, citó a El incinerador de cadáveres de Herz como una inspiración directa para La favorita. Su tono macabro, esa mezcla de humor negro y euforia mórbida, resuena en la forma en que Lanthimos disecciona el poder con lente grotesca.

Del mismo modo, películas como Daisies han sido revalorizadas en clave feminista, encontrando eco en directoras actuales que experimentan con el montaje, la performatividad y el humor como armas de liberación. No es casualidad que la crítica contemporánea la celebre como una obra adelantada a su tiempo, o que haya sido restaurada y reestrenada en cines de Nueva York, Londres y Cannes.
Uno de los nombres que hoy se reivindican con más fuerza es el de Ester Krumbachová. Guionista, diseñadora de vestuario y producción, y directora en solitario de Killing the Devil (1970), fue una figura clave pero durante décadas invisibilizada. Su huella estética está presente en obras esenciales de la Nueva Ola: coescribió Daisies, diseñó el vestuario de Diamonds of the Night y los decorados de The Ear.
Una ola que llega a nuestros días
Hoy, retrospectivas como la organizada por el Film at Lincoln Center en Nueva York o la que empieza este mes en Cineteca Matadero de Madrid la han colocado en el centro, resaltando su aporte a un cine que mezclaba surrealismo, crítica social y exploraciones de género. En tiempos en que se revisan genealogías femeninas en la historia del cine, la figura de Krumbachová conecta con la sensibilidad de creadoras contemporáneas que apuestan por un cine híbrido, personal y subversivo. La influencia de la Nueva Ola no se mide solo en homenajes o retrospectivas, sino en la gramática viva del cine contemporáneo.

Por un lado, la sátira política y social sigue en boga, presente en películas como la ganadora de Cannes El triángulo de la tristeza del sueco Ruben Östlund o No mires arriba de Adam Mckay, títulos en los que el espíritu de The Firemen’s Ball palpita en esa manera de desnudar instituciones mediante la farsa. Por otro, el realismo íntimo e improvisado se normalizó. Lo que Forman y Passer hicieron con actores no profesionales en Pedro, el negro o Los amores de una rubia se convirtió en práctica común para el cine independiente global y, más tarde, en sello de movimientos como el nuevo cine rumano en Cristian Mungiu o Radu Jude.
Además, fueron películas que promovieron la experimentación formal como política. El collage visual de Daisies se percibe hoy en el trabajo de cineastas que borran fronteras entre narrativa, performance y videoclip. Películas como Titane de Julia Ducournau o la obra audiovisual de artistas queer recurren a estrategias similares para incomodar y fascinar. El gótico político. El incinerador de cadáveres introdujo un imaginario expresionista y perturbador que hoy se reconoce en el auge del “folk horror” y en obras como Midsommar de Ari Aster, donde la estética siniestra y ritual se mezcla con comentarios sobre el poder y la violencia social.

Un laboratorio de ideas permanente
No es casual que, en pleno 2025, estrellas como Emma Stone incluyan The Firemen’s Ball entre sus películas favoritas en entrevistas para Letterboxd, red social desde la que la cantante y actriz también recomienda Daisies de Vera Chytilova. Ni que cineastas contemporáneos sigan citando a la Nueva Ola como referente, como es el caso de Yorgos Lanthimos con El incinerador de cadáveres. Tampoco es anecdótico que festivales como Cannes o Karlovy Vary programen restauraciones de Los amores de una rubia o la propia El incinerador de cadáveres, acercando a nuevas audiencias esas películas incómodas y juguetonas. Lo que demuestra esta fascinación renovada es que el movimiento no se quedó en una nota al pie de la Guerra Fría. La Nueva Ola Checoslovaca continúa viva en la forma en que pensamos el cine como un arte capaz de desafiar sistemas, estéticas y normas sociales.
Lo que hace que esta influencia perdure no es solo la calidad de sus películas, sino su método: usar el humor como resistencia, experimentar con la forma para liberar la imaginación, y mantener un ojo crítico sobre la sociedad. Ese laboratorio sigue abierto, y cada vez que un director contemporáneo juega con la sátira, el surrealismo o la poética de lo cotidiano, las chispas de Praga en los sesenta vuelven a encenderse.
En tiempos donde la industria se ve dividida entre blockbusters uniformes y un cine de autor cada vez más arriesgado, el ejemplo de la Nueva Ola Checoslovaca recuerda que el riesgo y la risa pueden ser armas poderosas. Y que, aunque las tanquetas soviéticas apagaran su auge en 1968, su espíritu sigue infiltrándose en cada generación que busca en el cine algo más que entretenimiento: un espacio de libertad.
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