Hubo un momento en el que nos olvidamos que la mejor forma de explicar algunas cosas demasiado complejas era a través de un cuento. Hasta los más sabios de cualquier otra época anterior supieron ver el potencial de la tradición oral para expandir conocimientos, miedos, leyendas y en definitiva ideas, que son el motor de este mundo. El cine se ha encargado de rescatar en el último siglo muchas de esas leyendas e historias antiguas, pero de un tiempo a esta parte se ha dedicado más a repetirlas una y otra vez que a preocuparse de pensar en qué había detrás de cada una de ellas, en qué ideas las inspiraban.
Si Hollywood ha sido históricamente el paradigma del cine, esas ideas es evidente que han ido desapareciendo conforme crecían las franquicias, los remakes y cualquier otro producto derivado que, se inspirase o no en alguna obra clásica, poco o nada tenían que ver con ella. Cada vez cuesta más encontrar obras que propongan algo nuevo, aunque sea tirando de ideas que siempre han estado ahí. Y quizá el terror sea de los géneros que más ha encontrado la fórmula en los últimos años para explicar ciertos conceptos de una forma diferente, ya fueran traumas, miedos invisibles o la decadencia de la sociedad a través de la imagen. Nuevos monstruos para nuevos miedos.
En un 2025 en el cine -de momento- no está dando grandes películas, el terror se ha encargado de recordarnos que siempre está ahí tanto para asustar como para hacer pensar un poco. Tras las más o menos agudas reflexiones de nuestro tiempo que plantean títulos como La acompañante en torno a la soledad y el auge de lo ‘incel’, Destino final sobre los traumas familiares autoheredados o Devuélvemela sobre la pérdida, llega una nueva película que precisamente intenta contar cosas de forma algo diferente, aunque sin por ello renunciar a tirar de todo un clásico, El flautista de Hamelín.

El flautista de Zach Cregger
La historia de El flautista de Hamelin, leyenda alemana convertida en cuento por los hermanos Grimm, es de sobra conocida, pero ha tenido múltiples interpretaciones a lo largo de su historia. Weapons se sitúa en una pequeña comunidad de Estados Unidos que se ve sacudida por un extraño suceso. De la noche a la mañana, casi la totalidad de los alumnos de una clase desaparecen, sin motivos aparentes y sin dejar el mínimo rastro, con solo una pista en común: la de que todos los niños abandonaron su casa a la misma hora, las 2:17. La desaparición deja un gran vacío en la localidad, pero también señala a Justine Gandy (Julia Garner), la profesora del aula, principal sospechosa de la desaparición y diana de todos los ataques de unos padres incapaces de lidiar con lo sucedido.
Weapons se plantea como un cuento desde que arranca con una voz en off de un niño narrando lo sucedido —e indicando que se trata de una historia real, para más señas— y posteriormente divide su relato en distintos capítulos que cuentan el punto de vista de varios personajes. Está el de Justine, la profesora alcohólica que recurre a la bebida y a una relación extramatrimonial para sobrellevar la presión a la que está sometida. El de Archer (Josh Brolin), un padre de familia atormentado por no haber pasado todo el tiempo que debiera junto a su hijo. El de Paul (Alden Ehrenreich), un policía infiel y corrupto. El de Anthony (Austin Abrams), un joven drogadicto que deambula por la ciudad. Y el de Alex Lily (Cary Christopher), el único alumno que no acudió a aquella llamada de las 2:17 y que ahora vive su propio infierno en casa.
Cada uno le sirve a Cregger para componer una parte de su particular puzzle, pero también para ilustrar algunos de los grandes vicios y problemas de Estados Unidos, siempre con algún que otro fantasma sobrevolando el relato, tal y como ya sucedía en Barbarian, y que aquí está representado en esas “armas” que menciona el propio título de la película y que cobran forma de muchas maneras. Todo ello sin que nuestro flautista renuncie a esa aura de cuento, y que incluso se permita el lujo de intercalar la sofocante atmósfera de terror con un humor muy concreto, el que juega con las expectativas y alivia la tensión, ya sea a través de sus personajes o de lo ridículo de las situaciones que atraviesan.

Un final agridulce
Quizá precisamente el problema de Weapons sea, dicho también con humor, que apunta demasiado alto para donde termina disparando. La película resuelve quizá demasiado pronto su gran incógnita, y aunque se guarda algún que otro giro para su gran final, da la sensación de que ya ha perdido gran parte de su fuerza. Lo mismo sucede con la estructura en torno a distintos personajes, que pierde su efecto cuando colisionan y que más allá de su efecto no obedece realmente a una lógica dentro de la trama, sino más bien a una decisión creativa personal de la misma forma que Cregger dividía el relato en dos con Barbarian.
No obstante, el final solo sabrá a poco a quien sea víctima de sus propias expectativas, pues no deja de ser lógico y coherente en su aspecto de cuento. Al fin y al cabo, nadie recuerda realmente cómo termina El flautista de Hamelín, ni qué fue de los niños después de aquello. Lo que parece claro es que con Weapons estamos ante una nueva película de terror que apuesta por una dirección atrevida y original, que no tiene miedo a mezclar géneros y a señalar a la vez los grandes pecados de sus protagonistas. Y eso, tal y como están las cosas, ya es de agradecer.
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