Las adaptaciones de videojuegos, ese pequeño gran universo tan socorrido para las grandes producciones y que, en contadas ocasiones, están a la altura en su versión cinematográfica (si obviamos el formato serie en el que se encontraría, por ejemplo, The Last of Us).
Por supuesto, hay excepciones. En el recuerdo, ahí tenemos Silent Hill que, en su momento, consiguió acercar el lenguaje del juego de supervivencia al terreno fílmico con un buen puñado de hallazgos y grandes dosis de imaginación visual.
Sin embargo, en general, la mayoría de los intentos no se encuentran a la altura de las expectativas, véase superproducciones tan olvidarles como Assassin’s Creed, Prince of Persia o el ‘reboot’ de Mortal Kombat. Hay casos, con el de Resident Evil, que han terminado por incrustarse en la memoria popular por insistencia, así como por la imagen icónica de Milla Jovovich, algo que también podría decirse de la Lara Croft de Angelina Jolie.
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Más allá de todas esas circunstancias que competen a la memoria colectiva, la relación entre ambas esferas, la del videojuego y el cine, resulta de lo más complicada, sobre todo cuando se trata de imagen real (obviemos la animación, mucho más proclive al elemento creativo, como demostró Super Mario Bros: La película).
‘Minecraft’ en cine: una oportunidad perdida
Ahora le ha llegado el turno a Minecraft, uno de los videojuegos más vendidos de la historia y que ha ido generando adeptos desde su lanzamiento, atravesando a varias generaciones. Resultaba casi inevitable que el desembarco de la película se convirtiera en un acontecimiento y, por el momento, en su primer fin de semana en taquilla en nuestro país, ha recaudado más de 5 millones de euros, convirtiéndose en el mejor estreno de lo que llevamos de 2025.
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Eso no quiere decir que sea una buena película. En realidad, no puede ser más desastrosa. Analicemos por qué. El universo de Minecraft se basa en la creatividad, en la capacidad para inventar, para construir, para dar rienda suelta a la imaginación. Esa es, al menos, la premisa de su cosmogonía y, también, de la propia película a la hora de establecer la contraposición entre el mundo de la fantasía, rectangular y perfecta con el que simboliza el del caos y la destrucción del inframundo.
¿Y qué es lo que ocurre? Que en la película no encontramos ni un ápice de inspiración, solo un cúmulo de imágenes creadas por ordenador que resultan de lo más confusas y arbitrarias, que no tienen el más mínimo sentido narrativo y que configuran un auténtico ‘totum revolutum’ difícil de digerir.
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No hay una cohesión argumental, como si cada ‘set pièce’ fuera por su lado, prácticamente sin que tuviera nada que ver con la anterior, y no nos referimos a cambiar de pantalla, como en los videojuegos, sino a una cuestión meramente orgánica que dinamita cualquier tipo de comparación entre disciplinas en ese sentido.
‘Napoleon Dynamite’ en el universo ‘gamer’
Es una auténtica pena, ya que la elección del director apuntaba a algo completamente diferente. Se trata de Jared Hess, que se hizo un hueco dentro del cine independiente norteamericano gracias a Napoleon Dynamite (2004), en la que sentaría buena parte de las bases del post-humor contemporáneo.
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Y algo de eso hay en los personajes de Una película de Minecraft que, en realidad, son todos seres ‘desclasados’, marginados dentro de una sociedad que no les entiende y que, por esa razón, se encargan de construir un mundo propio.

Sin embargo, en esta ocasión, cualquier sentido de autoría se encuentra fagocitado por la maquinaria. No hay así ni un atisbo de ingenio, solo un cúmulo de imágenes de colores ruidosas dispuestas a taladrar el cerebro de los más pequeños y, con suerte, de los fans de la franquicia por los guiños, alusiones que pueda contener.
En el reparto, Jack Black mantiene el espíritu de su personaje, divertido y retozón, al igual que Jason Momoa en su rol de ‘macarra’ ‘ochentero’. En su pequeño papel, Jennifer Coolidge continúa erigiéndose en una ‘roba-escenas’ pero, ninguno de ellos alcanza el estatus de alcanzar un rol memorable.
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Una película de Minecraft es acelerada, confusa, esquizofrénica y, al mismo tiempo aburrida, algo realmente imperdonable.
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