¿Cómo puede ser que una película de casi cuatro horas sobre un arquitecto húngaro se haya convertido en la película más vista entre los estrenos de esta semana y la gran favorita al Oscar? Pues puede ser, y la explicación bien podría venir de un elemento que lleva siendo capital en el cine desde casi su invención, pero que quizá no había adquirido tanta importancia hasta ahora, en la que un arquitecto tiene a millones de espectadores expectantes.
Lo cierto es que The Brutalist, la película dirigida por Brady Corbet y con Adrien Brody en la piel del arquitecto László Tóth ha llegado para recordar lo importante que es la arquitectura en el cine. Nominada a 10 premios para los próximos Oscar, la película cuenta la vida de este superviviente del Holocausto, un hombre que fue separado de su familia para ser llevado al campo de concentración de Dachau, pero que tras la guerra puede recuperar su vida, o más bien empezar una nueva.
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László emigra a los Estados Unidos, donde encuentra acogida Philadelphia y trabajo para desempeñar su oficio como gran arquitecto de la Bauhaus. A lo largo de las casi cuatro horas que consta la película, László Tóth se convierte. Y, al mismo tiempo The Brutalist es capaz de seguir desarrollando una gran sinergia que ha dado otras grandes obras arquitecto-cinematográficas a lo largo de la historia.

Cineastas, aquitectos de imágenes
La relación entre la arquitectura y el cine se remonta casi hasta los orígenes de este, con películas fundamentales como Metrópolis o El gabinete del Doctor Caligari, máximos exponentes del expresionismo alemán pero también dos películas en las que la arquitectura tenía un aporte capital. No en vano el director de la primera, Fritz Lang, que era hijo de un gran arquitecto, fue considerado durante años el gran arquitecto del cine, tanto por idear esos imaginarios tan futuristas como por ser capaz de hacer de cada una de sus películas un particular mundo, ya fuera thriller, acción o incluso ciencia-ficción.
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Desde ese momento la arquitectura comenzó a adquirir una importancia fundamental en el séptimo arte, ya fuera como elemento distintivo para la ambientación o, más adelante, como una forma de ejemplificar las emociones de los personajes. ¿Cuántas veces se ha leído eso de que el espacio es un personaje más? Es una frase muy común en nuestros días, pero que empezaron a cincelar muchos años antes directores como Alfred Hitchcock o Stanley Kubrick, quienes eran capaces de hablar a través de sus edificios -quien no ve en la casa de Psicosis una métafora del propio Norman Bates- o de sus casas interiores -la suntuosidad de Barry Lyndon o las mansiones de Eyes Wide Shut- mientras sus personajes transitan por ellas como juguetes en una casa de muñecas.
No solo de espacios vive el hombre, porque además de los cineastas y los lugares, han existido grandes personajes de arquitectos. Quizás el más famoso de ellos sea el de Howard Roark, al que interpretaba el icónico Gary Cooper en El manantial, película de los años cuarenta basada en la novela homónima de Ayn Rand. En ella, la arquitectura vanguardista de Roak funciona como una metáfora de la búsqueda de la individualidad y la creatividad frente a los tiempos de la homogeneización, el colectivismo y en definitiva el miedo de la sociedad al progreso y a los pensamientos independientes.
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Arquitectura emocional
Muy parecido al personaje de Gary Cooper es, 75 años después, el César Catilina de Adam Driver en Megalópolis. Un arquitecto designado para remodelar Nueva Roma (una especie de Nueva York distópica) y salvarla de los corruptos políticos y banqueros. La película, que le costó a Francis Ford Coppola varios años y otros tantos millones de euros para sacar adelante, saca a relucir de nuevo esta idea del arquitecto como última luz en un mundo sumido en la oscuridad, el único capaz de diseñar el futuro a través del pasado.
No es casualidad que en apenas un año hayan coincidido dos películas como The Brutalist y Megalópolis en cartelera. Cada una a su manera, evidencian la necesidad de Hollywood por encontrar un camino hacia el futuro a través de una profesión que siempre ha demostrado ser tan incomprendida como adelantada a su tiempo, y que a lo largo de los años ha dejado grandes películas y personajes para el recuerdo, el último de ellos el de László Tóth. Gane o no The Brutalist el Oscar el próximo 2 de marzo, todo apunta a que un nuevo arquitecto ha grabado su nombre en la historia del cine.
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