
La madre de Stifler, el padre de Jim, Culofino, Sherminator, MQMF, el Steve Maister... Todos estos conceptos le serán ajenos a cualquiera que desconozca American Pie. Pero para cualquiera que la haya visto en algún momento de su vida -más probablemente durante la adolescencia- esos nombres son imborrables, unos nombres que automáticamente sacan una sonrisa y hacen pensar en tiempos mejores, más alocados. Porque American Pie marcó un antes y un después no ya a todos los que la vieron, sino que también para el cine de aquella época y en concreto la comedia adolescente.
Han pasado 25 años desde el estreno de su primera entrega, con la que empezaría todo y nada volvería a ser igual en la comedia americana. Por poner en contexto, cuando American Pie se estrenó en 1999 -año clave para entender el cine del nuevo siglo gracias a otros títulos seminales en su género como El club de la lucha, Matrix, Star Wars: La amenaza fantasma o Notting Hill-, la comedia adolescente se encontraba en un punto muerto. Atrás habían quedado sus años dorados de la mano de John Hughes con títulos como El club de los cinco, La chica de rosa o Todo en un día, que habían impuesto un modelo concreto basado en la inocencia más pura a la hora de hablar de sexo y relaciones. Un gran contraste con sus predecesoras, las Desmadre a la americana o Porky’s, con las que American Pie se alinearía más, aunque sin olvidar lo bueno que había dado el cine de Hughes.
Con esa explosiva mezcla de algo de ternura y compasión por sus personajes con la explicitud y la comedia más absurda, American Pie surgió de un desconocido Adam Herz, quien originalmente había titulado la película East Great Falls High -nombre que permanecería como el del instituto de los protagonistas- y que dentro del circuito de distribuidores se vendió como ‘La comedia sexual adolescente sin título que se puede hacer por menos de 10 millones de dólares y que los lectores de los estudios probablemente odiarán, pero creo que a ti te encantará'. Un truco que sin duda funcionó, porque el guion terminó llegando a las oficinas de Universal, donde no dudaron en hacerse con los derechos. Le terminaron pagando 750.000 euros a Herz, quien confesaría meses después que “la única idea que tenía para la película era sobre las mierdas que hacen los chicos de instituto de verdad”. Dicho y hecho.

Reuniendo a la banda
La película partía de una premisa tan simple y directa que se acabaría convirtiendo en toda una enseña de la comedia adolescente moderna: un grupo de amigos en su último año de instituto se proponen perder la virginidad antes de llegar a la universidad. Jim (Jason Biggs), Oz (Chris Klein), Kevin (Thomas Ian Nicholas) y Paul ‘Culofino’ Finch (Eddie Kaye Thomas) comienzan su particular cuenta atrás, que estará ayudada (o no) por las fiestas y los líos de Steven Stifler (Sean William Scott), el alumno más gamberro de todo el instituto y quien eventualmente se convertiría en miembro de la pandilla.
La película estaba libremente inspirada en las experiencias de Herz como estudiante de secundaria junto a sus amigos, pero hacía falta un elenco que aportase la verosimilitud que se buscaba desde el guion. Quizá uno de los grandes aciertos surgió de este lado, contratando a una serie de jóvenes que se terminarían convirtiendo en prominentes actores, como Alyson Hannigan (Cómo conocí a vuestra madre), Natasha Lyonne (Muñeca rusa), Mena Suvari (American beauty) o Tara Reid (Sharknado), sin olvidar a los por entonces más conocidos Jennifer Coolidge (The White Lotus) o Eugene Levy (Schitt’s Creek), quien se encargó del rol del padre de Jim en lugar del ideado Bill Murray y quien le acabó dando una vuelta al personaje: “Todas las escenas de American Pie surgieron de una improvisación. Quería que el personaje fuera un padre de verdad. Como un padre real y cursi que se preocupa por sus hijos. Quería ser el tipo de padre con el que los niños no quisieran juntarse... (la versión original) era un poco turbia. Así que lo hice más simplón”, reconocería el actor.
Así nacería uno de los personajes más importantes de la saga -hasta el punto de ser el nexo con las entregas fuera del canon, como Una fiesta de pelotas, Fraternidad Beta o El libro del amor, que no pasaron por cines y fueron directas a vídeo-, pero no el único. Las chifladuras de Stifler, la intensidad de Oz, el patetismo de Jim o las extravagancias de Finch se acabarían haciendo icónicas y moldeando nuevos estereotipos dentro de la comedia del nuevo siglo. Por el camino, sirviendo también como vehículo de lucimiento a bandas de la época: The Offspring, Third Eye Blind, blink-182 o Sum 41 que ayudarían a construir el imaginario estético de las entregas de la saga durante más de una década. Todo ello culminaría en 2012 con American Pie: El Reencuentro, una visión algo más nostálgica y reflexiva, pero esa es otra fiesta.

Mucho más que cuatro chavales
Porque antes de todo eso, los chicos tenían que perder su virginidad, o más bien descubrir que hacerlo no es lo más importante del mundo. “Aún no he tenido relaciones sexuales y ya le tengo miedo al sexo”, sentenciaría Jim al final de la primera entrega, encapsulando el verdadero significado de la primera película y abriendo las puertas de las subsiguientes secuelas, abrazando su espíritu más desvergonzado, pero no por ello carente de profundidad. Detrás de las bromas de Stifler, cargadas de misoginia y homofobia, había también un comentario sobre la juventud de la época, aquella que quería dejar atrás el nihilismo de la Generación X sin por ello ser tan repelentes como los adolescentes de los 80. Simplemente era un grupo de amigos buscando pasar un buen rato y tener alguna historia divertida que contar a sus hijos, y vaya si las tendrían.
Más de 25 años después de aquel verano del 99′ en el que Jim y sus amigos llegaron a las salas para hacer reír a la gente con un chaval y una tarta de manzana, el legado es incuestionable. No solo allanaron el camino al resurgir de la comedia adolescente -EuroTrip, Aquellas juegas universitarias, La chica de al lado, Admitido y hasta Supersalidos- sino que también criaron a toda una generación en valores como la amistad, la lealtad, la comprensión y un poco también la pasión por el desenfreno. “Personalmente, sentí que formábamos parte de algo especial”, reconoció Jason Biggs en una entrevista en 2019. La promesa de Herz de esa comedia sexual de adolescentes por menos de 10 millones que triunfaría no se cumplió del todo, pues fueron finalmente 11 millones los que costó hacerla, pero por todo lo que vino después se podría decir que mereció la pena.
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