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Tras 160 kilómetros de fuego: el paisaje negro del peor incendio de la historia de España

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Adrián Arias

Casavieja (Ávila), 27 jul (EFE).- Recorrer el perímetro del incendio de Ávila es atravesar 160 kilómetros de destrucción, silencio y humo. Una sucesión de montes ennegrecidos, pueblos cercados y pequeñas islas verdes que sobrevivieron no porque el fuego las perdonara, sino porque avanzó con tanta virulencia que terminó saltando por encima de ellas.

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Lo que antes era verde, hoy es negro. Los pinares, los pastos y las laderas han quedado cubiertos por una misma piel de ceniza, al igual que las grandes rocas graníticas, tan características de este rincón de Ávila, que lucen ahora tiznadas por el humo y el calor.

En los pueblos se respira un ambiente casi pandémico. Los vecinos han desempolvado las mascarillas, caminan con la mirada baja e intentan seguir con su día a día sin perder de vista el monte humeante que surge a su alrededor.

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El humo permanece atrapado en los valles y se cuela por las calles, las viviendas y los negocios. A veces impide ver las montañas; otras, deja entrever el dibujo negro que las llamas han trazado sobre ellas.

Pero no todos se marcharon, en algunas localidades surgieron pequeños focos de resistencia vecinal: hombres y mujeres que se negaron a ser evacuados y combatieron directamente el fuego que amenazaba sus casas con mangueras, cubos, tractores y todo aquello que encontraron a mano. La mayoría lo consiguió.

Ahora muestran los muros chamuscados, los jardines secos y las lindes donde lograron detener las llamas. Hablan sin épica, todavía cansados, y con la certeza de que estuvieron a pocos metros de perderlo todo.

El ganado también ha quedado cercado por el negro: las tan preciadas reses abulenses permanecen en fincas rodeadas de terreno calcinado, con los pastos consumidos y sus propietarios buscando agua, alimento y caminos seguros para llegar hasta ellos.

Los vecinos lamentan que la ayuda para frenar las llamas fuera escasa o llegara tarde a algunos puntos. Sin embargo, destacan la humanidad encontrada después: voluntarios, efectivos de emergencia, vecinos de otros municipios y personas anónimas que han llevado comida, agua, ropa o simplemente compañía.

Casavieja se ha convertido ya en lo que va de incendio, que aún no está controlado tras arrasar más de 50.000 hectáreas, en la imagen de la devastación de las llamas.

El municipio quedó rodeado por el fuego en prácticamente todos sus costados, y los vecinos que se negaron a ser evacuados cuentan a EFE cómo no se arrepienten de ello, pues juntos consiguieron que las llamas no arrasaran muchas de las casas o fincas.

El casco urbano del pueblo permanece en pie como un oasis en medio de un desierto negro. A su alrededor, algunas viviendas y negocios y la mayoría de los terrenos circundantes han sufrido daños. El paisaje continúa allí, pero ya no es el mismo.

Y ahora comienza el miedo a lo que viene después. Los vecinos se preguntan qué ocurrirá con el turismo, con los alojamientos rurales, con los bares, con las explotaciones ganaderas y con una economía que depende, en buena medida, del monte que acaba de arder.

Temen que, cuando desaparezca el humo y se retiren los equipos de emergencia, también desaparezca la atención; por eso repiten una petición por encima de todas: que no se olviden de ellos.

El fuego ha dejado 160 kilómetros de heridas abiertas. Detrás de cada ladera negra hay una casa salvada por centímetros, un negocio pendiente de volver a abrir y pueblos que intentan imaginar su futuro sobre un paisaje cubierto de ceniza. EFE

(foto) (vídeo)

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