Vitoria, 10 jun (EFE).- Escuchar, "no taponar el dolor" y dejar llorar a las personas que sobreviven al suicidio de un allegado es la vía que recomienda Cristina Blanco, superviviente y presidenta de la Asociación Vasca de Suicidiología, que apunta a los grupos de ayuda mutua como "espacios de seguridad" ante las carencias del sistema.
Cristina Blanco ha intervenido en el seminario 'El peso invisible: cuidar a quienes atienden la crisis suicidida', que reúne en Vitoria a expertas y a profesionales convocados por la Asociación Alavesa de Familiares y Personas con Enfermedad Mental, Asafes.
PUBLICIDAD
Esta doctora en Ciencias Políticas y Sociología ha compartido su experiencia marcada por el suicidio de su marido y que le ha llevado a presidir la asociación vasca Aidatu, desde la que ayuda a visibilizar el problema que supone el "olvido" al que se ven sometidas las familias.
Habla del antes, del durante y del después del suicidio de un familiar y de cómo afrontarlo desde el entorno más cercano "casi siempre sin herramientas" y defiende que "se pueden hacer muchas cosas para que no se sientan absolutamente derrotados".
PUBLICIDAD
Desde su vivencia ya hace 14 años reconoce que el tratamiento hacia los supervivientes ha mejorado bastante, pero lamenta que a la asociación todavía llegan familiares que no se sienten apoyados.
"En el mejor de los casos las familias quedan en la sombra y en el peor se les culpabiliza", asegura Cristina Blanco, que subraya que el sentimiento es "devastador" y supone una "terrible injusticia".
PUBLICIDAD
Por ello, pide que todos los recursos que se activan cuando alguien decide quitarse la vida comprendan a la familia y la ayuden. El camino pasa por "escuchar y no taponar" el dolor, por dejar que "se expresen".
"Hay que estar para escuchar, no para hablar. El sentido común nos lleva a olvidarlo y es al revés: lo que nos ayuda es que nos escuchen y que nos digan que están ahí para cuando lo necesiten", plantea.
PUBLICIDAD
La atención psicológica es muy importante, pero para esta superviviente lo son más los grupos de ayuda mutua, con gran tradición en países como Estados Unidos, pero recientes en España.
Se trata de "espacios de seguridad" en los que las personas que han pasado por esta situación la comparten. Pueden estar dinamizados por profesionales o por una víctima que decide tomar las riendas del grupo.
PUBLICIDAD
El seminario ha contado también con la participación de Mercedes Cavanillas, psicóloga experta en conductas suicidas que lleva más de 20 años trabajando en primera línea en situaciones de crisis suicidas.
Se estrenó en los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, donde tras tres días de intervenciones directas colapsó y sufrió una crisis de ansiedad.
PUBLICIDAD
Comenzó a ser consciente entonces de que a los profesionales que trabajan con situaciones complicadas como los intentos de suicidio se les aporta elementos de "protección física", pero no de "protección interior" tanto para antes como para después de la intervención.
"Somos como un león que nos tapamos la cara con la patita, porque estar en contacto con el sufrimiento de alguien es durísimo", reconoce Cavanillas.
PUBLICIDAD
Define a este colectivo como "cuidadores descuidados" no solo por las instituciones ,sino también por ellos mismos, que precisan de herramientas para no quemarse por el "fuego psicológico" que genera pasar "dos o tres horas" con una persona que está tratando de quitarse la vida.
Hace especial hincapié en el autocuidado. "Nos llevamos el alma llena de basurita" en cada trabajo, considera esta psicóloga, que insiste en la importancia de "hacer cosas para limpiarnos el alma y activar la calma tras la alerta de la intervención", tránsito emocional que reconoce cuesta activar a estos profesionales.
PUBLICIDAD
En este sentido, habla de agarrarse a cosas tan simples y cotidianas como "darse un homenaje" y aporta en este punto su propia receta: "Una palmera de chocolate, porque yo lo valgo".
"Mi momentazo puede ser una palmera de chocolate que tras una intervención jorobada me recuerde que tengo que darme un homenaje por haberlo pasado muy mal", reivindica.
Junto a este homenaje defiende la necesidad de cultivar la "flexibilidad psicológica", así como la de apoyarse en los compañeros, la de cubrir necesidades básicas como el descanso, la de no aislarse, la de hacer ejercicio, la de reírse a carcajadas, la de cantar y la de, en definitiva, hacer cosas que "te traigan al contacto con el presente".
Si el malestar emocional no cesa y aparecen signos de alarma como el consumo de alcohol, el insomnio, o la irritabilidad, concluye que es el momento de pedir ayuda externa. EFE
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD


