La psicología confirma que los niños consentidos por los padres sufren consecuencias en su independencia y salud mental

Los expertos aseguran que una intervención excesiva perjudica el desarrollo de sus funciones ejecutivas y de su capacidad de autorregulación

Una madre ayuda a su hijo con los deberes (Pexels)
Una madre ayuda a su hijo con los deberes (Pexels)
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Psicólogos y sociólogos coinciden: la sobreprotección y el consentimiento excesivo pueden obstaculizar gravemente el desarrollo emocional, la autonomía y la capacidad de autorregulación de los niños y jóvenes adultos. Aunque la mayoría de las intervenciones parentales nacen del afecto y del deseo de evitar el sufrimiento de los hijos, diversos estudios demuestran que asumir sus responsabilidades o resolver todos sus problemas acaba socavando su confianza y provocando problemas de ansiedad y dependencia.

En la infancia temprana, un estudio de la Escuela de Graduados en Educación de la Universidad de Stanford, liderado por la profesora Jelena Obradović, revela que una implicación parental excesiva cuando el niño está concentrado en una tarea perjudica el desarrollo de sus funciones ejecutivas y de su capacidad de autorregulación emocional y conductual. Tras observar a 102 niños de 4 a 6 años interactuando con sus cuidadores, los investigadores constataron que intervenir constantemente con sugerencias o instrucciones mientras el menor cumple adecuadamente una tarea dificulta que desarrolle su autocontrol.

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Como señala Obradović: “Una intervención directa excesiva puede tener un coste para las capacidades de los niños de controlar su propia atención, comportamiento y emociones”. En cambio, “cuando los padres dejan que los niños tomen la iniciativa en sus interacciones, los niños practican habilidades de autorregulación y construyen independencia”, expresa.

Un niño haciendo los deberes solo después de clase (Pexels)
Un niño haciendo los deberes solo después de clase (Pexels)

‘Padres helicóptero’ y la trampa del consentimiento continuado

Pero estas dinámicas de rescate continuas suelen prolongarse a lo largo del crecimiento. Según una revisión publicada en Healthline, los progenitores que intentan mantener a sus hijos en un estado constante de satisfacción terminan realizando tareas que los menores deberían asumir solos. El análisis advierte de que las buenas intenciones parentales pueden pavimentar el camino hacia la indefensión. Y es que “al intervenir y salvar el día para nuestros hijos... les privamos de momentos de aprendizaje importantes, incluyendo esos fallos dolorosos que inevitablemente experimentarán”.

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Los efectos a largo plazo se manifiestan de manera acusada en la etapa universitaria. Así lo confirmaron expertos del departamento de Psicología de Lyon College, con una investigación en la que participaron 135 estudiantes. Su estudio confirmó que la denominada crianza helicóptero —caracterizada por un control intrusivo y poco adecuado— predice una mayor inseguridad en el apego hacia padres y amigos, así como un incremento de los problemas de salud mental.

El trabajo concluye tajantemente que “sobrevolar sobre los hijos no ayuda”, ya que los estudiantes sometidos a este estilo de crianza mostraron menores niveles de autorregulación del esfuerzo, mayor ansiedad ante los exámenes y un aumento significativo de síntomas internalizantes como depresión, ansiedad y somatización.

La incorporación al mundo laboral más tardía de los jóvenes, con una tasa de empleo entre los 16 y los 29 años 15 puntos porcentuales inferior a la de 2007, hará que los que se jubilen en 2065 y que solo hayan podido cotizar 30 años deban compensar sus menores cotizaciones demorando la jubilación hasta los 71 años si quieren mantener el nivel de vida previo.

“Ayudar es comprensible, pero tal vez estamos siendo permisivos”

Este fenómeno coincide posteriormente con una prolongada dependencia económica. El Centro de Investigaciones Pew reveló en un amplio informe que el 55% de los adultos estadounidenses considera que los padres de hoy están haciendo “demasiado” por sus hijos jóvenes de entre 18 y 29 años. Aunque el 64% de los ciudadanos cree que los jóvenes deberían ser financieramente independientes a los 22 años, solo el 24% lo había logrado en 2018.

El 59% de los padres aseguró haber proporcionado ayuda económica a sus hijos jóvenes, destinada principalmente a gastos del hogar como alimentación o facturas (60%) y educación (46%). Una de las participantes expresaba que “ayudar a un joven adulto a ‘despegar’ es comprensible, pero tal vez estamos siendo demasiado permisivos y creando una sensación de derecho a los últimos y mejores bienes y servicios”.

A este respecto, la Dra. Agnès Pargade, médica pedopsiquiatra consultada en el estudio de Ipsos, recomienda buscar una balanza adecuada: “El buen padre es ante todo benévolo, cariñoso y ofrece un marco”. Además, la especialista recalca que “lo que cuenta es la calidad de los momentos compartidos en familia y no la cantidad”, recordando que ofrecer un entorno estructurado y afectuoso es la base para criar hijos independientes y seguros.

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