Desde la teoría de los cuatro humores de Hipócrates hasta los soldados considerados "cobardes" en la Segunda Guerra Mundial, este video explora la fascinante y a menudo cruel evolución en la comprensión de la salud mental.
El camino hasta llegar a los medicamentos contra trastornos mentales como la depresión o la ansiedad ha sido largo. Y todavía no ha terminado. Millones de científicos de todo el mundo han invertido durante buena parte de la historia grandes esfuerzos para desentrañar uno de los mayores misterios de la medicina: cómo tratar las enfermedades mentales.
Desde la psicoterapia hasta el desarrollo de los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), recetados muy frecuentemente para aliviar los síntomas de una depresión leve a moderada, los avances que se logran cada día en materia de salud mental tienen su origen mucho antes de lo que pudiéramos pensar. No hablamos de Freud ni de los ilustrados del siglo XVIII, sino de varios siglos atrás, cuando la escritura todavía estaba naciendo.
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En Mesopotamia, aquella región ubicada en el Creciente Fértil donde se levantaron algunas de las mayores civilizaciones conocidas, las psicopatologías no eran en absoluto desconocidas. En 2025, investigadores de la Universidad de Copenhague hallaron una pieza clave a este respecto: unas tablillas de época asiria, de 2.800 años de antigüedad, que revelan que los médicos prescribían a sus pacientes visitar los templos sagrados antes de curarlos para obtener la bendición de los dioses.
Cruzando el desierto de Arabia, otra gran civilización que se expandía a las orillas del Nilo destacaría por sus avances en medicina, capaces de extirpar tumores y realizar trepanaciones. Aunque los antiguos egipcios tenían una concepción de las enfermedades mentales similares a sus vecinos mesopotámicos, reconocieron que en el cerebro se localizaba la mente.
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Los griegos también bebieron de este saber compartido en cuanto a los trastornos mentales, considerados un castigo o una venganza de los dioses, ya fuera Dionisio, Seth o Pazuzu. Sin embargo, la revolución de la medicina del momento llegaría en el siglo V a.C. con Hipócrates y su teoría de los cuatro humores, de cuyo equilibrio dependía la salud física y psíquica.
En aquel mismo tiempo, Platón plantearía en el Fedro y el Timeo sus diálogos una visión dualista de la locura: la de causa médica o biológica y la de origen divino. Tiempo después, Aristóteles se preguntaría por qué “todos los hombres excepcionales son melancólicos”, refiriéndose a la melancolía como una enfermedad física y mental provocada por un exceso de bilis negra.
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Qué decía el Derecho Romano sobre los pacientes psiquiátricos
La tradición de la escuela hipocrática caló profundamente en Roma, especialmente a raíz de la conquista del Mediterráneo oriental, aunque esta también respondería al Derecho Romano. La persona que sufría una enfermedad mental grave (furiosus) contaba con ciertas licencias legales. El principio fundamental en el derecho penal romano para los delitos graves (delicta) requería la presencia de dolo (la intención consciente de hacer daño). Así, los juristas romanos determinaron que el furiosus carecía de intellectus (entendimiento) y de voluntad. Al no ser consciente de sus actos, no podía actuar con dolo ni cometer un delito en el sentido estricto. La máxima atribuida a Ulpiano resumía esta condición con la frase “satis furore ipso punitur” (“ya tiene suficiente castigo con su propia locura”).
Las enfermedades exactas a las que se referían los romanos son difíciles de clasificar en la actualidad. Aulo Cornelio Celso profundizó en la clasificación de los trastornos mentales al diferenciar entre manía, melancolía y frenesí, esta última acompañada de fiebre. La manía incluía comportamientos extremos, delirios y alucinaciones, mientras que la melancolía presentaba síntomas que hoy relacionaríamos con la depresión.
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La locura en la Edad Media
Durante la Edad Media, la locura no se entendía como una enfermedad con una definición médica precisa, cuya interpretación dependía del contexto religioso, social y filosófico: una misma conducta podía considerarse un trastorno del cuerpo, un problema moral, una experiencia espiritual o incluso una manifestación sobrenatural.
A partir del siglo XIII, en la Plena Edad Media, la medicina universitaria recuperó buena parte del pensamiento de Hipócrates y Galeno y comenzó a explicar muchos trastornos de la conducta mediante la teoría de los humores y el funcionamiento del cerebro. No obstante, estas explicaciones médicas convivieron durante siglos con las interpretaciones religiosas.
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El desarrollo de las universidades y la recuperación de autores clásicos y árabes, como Galeno, Avicena y Averroes, ampliaron la comprensión medieval de las enfermedades mentales y los médicos situaron en el cerebro facultades como la imaginación, el pensamiento y la memoria, y consideraron que su alteración podía provocar estados como la manía, la melancolía, la epilepsia o el frenesí.
Los tratamientos reflejaban esta mezcla de medicina y creencias medievales. Se recurría a métodos destinados a recuperar el equilibrio de los humores, pero también a medidas para modificar el estado emocional del enfermo: baños, paseos, música, viajes, descanso o conversación. En los casos considerados peligrosos podían utilizarse la sujeción y otras medidas de control no muy distintas de la que podrían haber aplicado los romanos.
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La enfermedad mental como símbolo de la decadencia moral
Entre los siglos XVIII y XIX, la forma de entender la enfermedad mental comenzó a cambiar profundamente. La revolución psiquiátrica hizo que que los problemas de salud mental dejaran de considerarse únicamente una cuestión moral, religiosa o de orden público y empezaron a convertirse en objeto de estudio médico, lo que dio origen a una nueva disciplina médica: la psiquiatría.
El nacimiento de la psiquiatría estuvo ligado al desarrollo de los manicomios, la clasificación de los trastornos y la búsqueda de explicaciones biológicas para las alteraciones de la conducta. Sin embargo, este proceso también estuvo marcado por una creciente preocupación por la peligrosidad, la herencia y la influencia del entorno sobre la salud mental.
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A lo largo del siglo XIX, la teoría del degeneracionismo adquirió una especial importancia. Sus defensores sostenían que determinadas enfermedades mentales eran consecuencia de una degeneración progresiva del individuo y, en algunos casos, de su propia familia. La teoría permitió interpretar la enfermedad mental desde una perspectiva aparentemente científica, pero también vinculó la locura con conceptos como la herencia, la desviación y la supuesta inferioridad física o moral.

La psicología militar en la Segunda Guerra Mundial
Durante mucho tiempo pervivió la idea de que la Wehrmacht, el ejército de la Alemania nazi, había sido capaz de mantener una particular resistencia psicológica frente a los horrores de la guerra. Sin embargo, los estudios realizados sobre la salud mental de sus soldados muestran una realidad muy distinta: las reacciones de estrés de combate existieron y fueron aumentando a medida que avanzaba el conflicto, aunque muchas veces no fueron reconocidas como problemas médicos. Los soldados incapaces de hablar, combatir o conducir vehículos, así como otros que sufrían insomnio, temblores, depresión, problemas digestivos o conductas autodestructivas, podían ser considerados cobardes, desertores o indisciplinados en lugar de víctimas del trauma de guerra.
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Esta dificultad para reconocer el sufrimiento psicológico estuvo estrechamente relacionada con la ideología nazi y con la propia concepción de la psiquiatría alemana. La fortaleza de carácter, la disciplina y la capacidad de sacrificio eran valores centrales, de modo que mostrar síntomas psicológicos podía interpretarse como una debilidad personal. Además, la psiquiatría buscaba con frecuencia una causa física para los trastornos, lo que dificultaba reconocer un problema sin lesiones visibles. Por ello, los soldados que no podían justificar médicamente su incapacidad podían acabar castigados, destinados a unidades especiales o incluso sometidos a medidas represivas.
A medida que la guerra se prolongó, los propios registros militares comenzaron a reflejar el deterioro psicológico de las tropas: aumentaron las bajas atribuidas a problemas emocionales y nerviosos, así como determinadas conductas relacionadas con la desmoralización y la ruptura de la disciplina. La experiencia de la Wehrmacht demuestra así que la guerra no solo se libró en el campo de batalla: también dejó una profunda huella en la mente de quienes combatieron. El problema no fue la ausencia de trauma, sino durante mucho tiempo la dificultad (y en ocasiones la negativa) para reconocerlo como tal, algo que puede haberse extendido en cierta medida hasta nuestro tiempo.
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