
Hablar de Sigmund Freud es hablar de una de las mentes más brillantes e influyentes del siglo XX. Nacido en 1856, este neurólogo austriaco se hizo famoso por fundar el psicoanálisis, una disciplina que revolucionó la psicología y la cultura gracias a sus conceptos sobre el inconsciente y sus métodos de interpretación de los sueños, que marcaron un antes y un después en el estudio de la psique.
Con todo, Freud fue también un intelectual comprometido con su tiempo, y por eso buena parte de su pensamiento sobre la sociedad y sus valores aparece en El malestar en la cultura. En este ensayo publicado en 1930, el autor reflexiona sobre cómo la civilización, a pesar de su promesa de felicidad, suele exigir sacrificios personales y genera frustraciones difíciles de digerir. Así, el psicoanalista lee todas esas tensiones entre nuestros deseos individuales y las exigencias de vivir en comunidad.
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Es en las primeras páginas de este libro donde se encuentra una de las sentencias más recordadas de Freud: “Es imposible escapar a la impresión de que la gente usa estándares falsos de medida, que buscan poder, éxito y riqueza para sí mismos y los admiran en los demás, y que subestiman lo que tiene verdadero valor en la vida”. Con estas palabras, resume parte de su visión crítica sobre los valores sociales predominantes y advierte que quizá no estemos buscando donde deberíamos.

El significado de la frase de Freud
El médico austríaco pone el foco en la tendencia generalizada a valorar a las personas según su éxito material y su posición social. Para él, la búsqueda de poder, dinero o fama reemplaza muchas veces la importancia de “amar y trabajar”, que él consideraba los pilares de la salud mental.
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Lo primero nos saca del aislamiento egoísta en el que muchas veces nos sumimos, mientras que lo segundo consiste en “sublimar” nuestros impulsos hacia algo útil. Nos da un sentido de realidad, pertenencia y logro personal. A estos dos elementos se les añade el autoconocimiento: aceptar nuestras propias limitaciones, deseos y contradicciones para vivir con mayor libertad y menos culpa.
El problema, para Freud, no está en querer progresar, sino en confundir el progreso con la acumulación de cosas. Habría sido interesante ver qué pensaría de un mundo como el nuestro. Las redes sociales convierten día a día los logros y los lujos en un espectáculo, y el éxito de muchas personas depende del número de likes o seguidores. En ese marco, el contraste entre la imagen que ofrecemos y la satisfacción personal de cada uno es más evidente, lo que hace que nos preguntemos: ¿qué tiene verdadero valor?
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Otros pensadores en la misma línea
Las ideas de Freud han sido abordadas por otras figuras de la psicología y la filosofía. Erich Fromm, el autor del famoso libro El arte de amar, retomó este debate en su ensayo ¿Tener o ser? “Si soy lo que tengo y si lo que tengo se pierde, ¿quién soy entonces?”, se pregunta en esta obra. Para él, la felicidad y la identidad no dependen de lo que poseemos. Al contrario, estas cuestiones residen en la calidad de nuestras relaciones y en cómo convivimos con nuestro interior.
Por su parte, el sociólogo Zygmunt Bauman también exploró la obsesión contemporánea con el consumo y la apariencia. En Modernidad líquida, reflexionó sobre cómo “en una sociedad de consumidores, la gente chapotea en cosas, cosas fascinantes y agradables. Si defines tu valor por las cosas que adquieres, ser excluido resulta humillante”.
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Así, vemos hasta qué punto Freud y otros pensadores han abierto una puerta para que cuestionemos los valores que hoy dominan nuestras vidas y propongamos nuevos caminos para sentirnos realizados. Sus palabras nos invitan a mirar más allá de la apariencia y preguntarnos: ¿qué es lo que realmente cuenta para nosotros? Ellos dieron sus respuestas, pero cada uno debe encontrar las suyas por sí mismo.
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