
Casi 20.000 niños y adolescentes han llamado a la línea de ayuda de ANAR en 2025, un contacto creado para acercarse a los menores que tengan problemas relacionales, de violencia o psicológicos y ofrecerles un lugar seguro en el que se sientan escuchados. Del total, 6.467 presentaban una conducta suicida, de los cuales 1.405 ya habían iniciado la tentativa, según los datos de su último informe. Ante este escenario, la directora de esta iniciativa, Diana Díaz, advertía que “necesitamos ayudarles a saber cómo afrontar sus problemas, que cuenten con una red de apoyo, para lo que la conciliación familiar es absolutamente necesaria”.
Y es que muchas veces vemos cómo este perfil se aísla del mundo para evitar hablar de sus preocupaciones; lo que hace imprescindibles estos teléfonos y, como resalta Díaz, la actuación apropiada de su círculo más cercano. Pero, ¿cómo sabemos que esa soledad empieza a ser perjudicial? La terapeuta familiar y miembro de la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF), especializada en intervención a jóvenes con conducta suicida, Paloma Huertas Maestre, subraya que el adolescente “necesita poder estar solo o sola, cerrar la puerta de su habitación, tener su espacio… porque eso también forma parte de su proceso de autonomía y de ir haciéndose adulto".
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No obstante, como supervisor del menor, “lo más significativo es diferenciar entre la necesidad de intimidad propia de la adolescencia y un aislamiento progresivo que empieza a ser preocupante”, explica la doctora en Psicología para Infobae. Así, una de las primeras señales que debe hacer saltar las alarmas es “cuando esa necesidad de intimidad se va convirtiendo, poco a poco, en una desconexión de su vida” y pierde contacto con su círculo, abandona sus hobbies o deja de lado sus responsabilidades académicas.
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De este modo, aunque hay que “respetar su espacio”, tampoco podemos “dejarlo solo con un sufrimiento que esté desbordando sus propios recursos”. Porque en ese momento, el “aislamiento deja de formar parte simplemente de su necesidad de intimidad y tenemos que empezar a preguntarnos qué está ocurriendo y tomar medidas”, sostiene la doctora Huertas.
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No hay una fórmula fija, hay que observar el conjunto
Uno de los puntos clave en los que enfatiza la terapeuta familiar es que “no existe una señal aislada que por sí sola nos indique que estamos ante una situación de riesgo”. Si nos encontramos ante una situación de este tipo, “lo que suele preocupar es la acumulación de cambios respecto a su funcionamiento habitual hasta ese momento”, como los que ya se han mencionado.
Sin embargo, hay otras acciones más específicas que pueden ser más claras: “Las autolesiones o expresiones de desesperanza, de sentir que no sirve para nada, que es una carga para los demás, el deseo de desaparecer o una sensación intensa de soledad o de no pertenencia”, enumera. En otros casos, también se puede observar “un interés creciente por el suicidio relacionado con su propio malestar” que lleve a una búsqueda en internet sobre métodos para suicidarse, a conversaciones con amigos o, incluso, tener “conductas que suenan a despedida”.
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Aun así, hay que saber que estas no son actitudes que por el mero hecho de existir permitan predecir una tentativa. En palabras de Paloma Huertas: “El fenómeno suicida es muy complejo y nuestra capacidad para predecir qué persona concreta realizará una conducta suicida es limitada”. Por eso la doctora enfatiza que “tenemos que mirar el conjunto”.
Y para eso, es imprescindible entablar una conversación con el menor, “prestar atención y darnos pistas para empezar a evaluar su situación concreta y establecer medidas de acompañamiento y protección”. No obstante, Huertas remarca que “hay que evitar los dos extremos: no podemos convertir cualquier conducta adolescente en una patología, pero tampoco atribuir automáticamente a la edad cambios importantes, intensos y persistentes respecto a cómo funcionaba anteriormente”.
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Hay que “intentar regular nuestra propia reacción y angustia” para tener un acercamiento
Las claves para acercarse a un adolescente o un niño que está pasando por esta situación se caracterizan por el tacto, la empatía y la escucha. La experta expone en primer lugar que, antes de comenzar una conversación, hay que “intentar regular nuestra propia reacción y angustia”. En estas situaciones es natural que ciertos cambios “nos generen miedo o nos hagan sentir impotentes”. Pero “a veces, esa sensación de impotencia, de no saber cómo ayudar o cómo aliviar su sufrimiento, puede acabar apareciendo en forma de reproche”, subraya la terapeuta familiar.

De esta forma, si queremos evitar que nuestras preguntas se perciban como un tono interrogativo y, en consecuencia, “se cierre todavía más”, hay que mostrar “curiosidad tranquila por conocer y entender el mundo interno del adolescente”. Cuando controlamos las emociones, se pueden hacer preguntas concretas como las que sugiere Huertas: ‘Te veo más ausente’, ‘he notado que has dejado de quedar con tus amigos’, ‘me da la impresión de que lo estás pasando mal’.
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En este instante hay que seguir manteniendo la calma y sostener una “escucha comprensiva y empática, antes de intentar resolver rápidamente lo que le ocurre o darle consejos de manera prematura”. Aunque “no siempre vamos a conseguir que nos cuente en ese momento lo que le pasa”, el joven debe sentirse ante todo cómodo y con confianza para abrirse paulatinamente. Otro factor que puede facilitar este acercamiento es la cercanía “de un gesto de cariño o del contacto físico, si lo acepta”.
Igualmente, la psicóloga afirma que la evidencia indica que preguntar no aumenta la tentativa, ni induce a la persona. Por eso, también recomienda preguntar claro y directo: ‘¿Has pensado en la muerte?’, ‘¿has llegado a pensar alguna vez que preferirías estar muerto?’, ‘¿has pensado en hacerte daño?’, e incluso, ‘¿has pensado en suicidarte?’. En algunos casos, “puede facilitar que ponga en palabras algo que quizá hasta ese momento no había podido compartir y nos permite conocer mejor qué está ocurriendo”, concluye Huertas.
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