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Ainhoa Vila, psicóloga, explica que las personas que salen de una relación no es que sean frías, sino que tienen miedo a herirse otra vez

Tras vivir en alerta constante, el cerebro puede seguir detectando peligros incluso cuando la amenaza ya ha desaparecido

Una psicóloga explica que las personas que salen de una relación no es que sean frías, sino que tienen miedo a herirse otra vez. (Montaje)
Una psicóloga explica que las personas que salen de una relación no es que sean frías, sino que tienen miedo a herirse otra vez. (Montaje)
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Después de una relación que ha causado un profundo daño emocional, volver a abrirse a otras personas puede convertirse en un desafío. Quienes atraviesan esta situación pueden sentir que han perdido la capacidad de confiar, que cualquier gesto es una señal de peligro o incluso que se han vuelto más fríos. Sin embargo, según explica la psicóloga Ainhoa Vila, detrás de esa aparente desconfianza puede existir algo muy diferente: un mecanismo de protección que continúa activo incluso cuando la relación ya ha terminado.

Vila aborda esta situación en un vídeo publicado en TikTok, donde explica por qué algunas personas siguen percibiendo como una amenaza a quienes se acercan después de haber vivido una relación dañina. “Ya han pasado muchísimos meses y aún siento que estoy rota, porque ahora todo el mundo que llega a mi vida me parece una amenaza”, cuenta que le dicen algunas de las personas que acuden a consulta. Muchas de ellas, añade, están convencidas de que se han vuelto “más frías, incapaces de confiar” y de que nunca volverán a hacerlo.

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La psicóloga considera importante desmontar precisamente esa idea. “Lo primero que hago es quitarles esa idea, porque es falsa y porque es justamente lo que les impide acercarse a nadie”, afirma. A su juicio, interpretar esta reacción como un defecto personal puede hacer que la persona se aleje todavía más de los demás y se convenza de que ya no puede establecer vínculos seguros.

Un hombre de pie gesticula frente a una mujer sentada en un sofá en una sala de estar con mesa de centro, tazas, ventana y una calle exterior
Una pareja rompiendo. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Cuando la alarma sigue encendida

Para explicar qué ocurre, Vila pone el foco en cómo responde el cerebro después de haber vivido una situación de tensión prolongada: “Cuando pasas muchísimo tiempo en una relación en la que tú tienes que estar en guardia, midiendo su humor, adelantándote a la catástrofe, leyendo incluso cada señal de peligro”, explica. En esas circunstancias, “tu cerebro aprende una cosa clarísima: que estar constantemente alerta es lo que te mantiene a salvo”.

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El problema, según su explicación, es que ese estado de alerta no desaparece necesariamente en el mismo momento en que termina la relación. “El sistema de alarma no está configurado para que se acabe como un interruptor de la mañana a la noche. Sigue encendido”, sostiene.

Vila compara esta experiencia con salir de una discoteca después de haber estado expuesto durante horas a una música muy alta. Aunque al llegar a la calle reine el silencio, los oídos continúan pitando. “Con las relaciones pasa exactamente lo mismo”, explica. Tras una relación marcada por el conflicto y la tensión, incluso la tranquilidad de una persona que se comporta de manera segura puede percibirse inicialmente como una señal de alarma.

Mujer con suéter gris y pantalón azul sentada en un banco de madera. Mira hacia abajo con manos entrelazadas. Papeles arrugados que dicen "fracaso" en el suelo
Una mujer pasando por el duelo de una ruptura. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Por eso, la psicóloga propone cambiar la pregunta. En lugar de pensar “¿por qué me he vuelto tan desconfiada?”, plantea preguntarse “¿de qué te has tenido que recoger y proteger para tener esa alarma tan sensible?”. “La desconfianza no es un defecto que tú hayas desarrollado”, afirma, sino una reacción que pudo resultar necesaria para afrontar una experiencia difícil.

El proceso para recuperar la confianza, concluye, no consiste en pasar de la alerta máxima a la tranquilidad de un día para otro. Se trata de avanzar “poquito a poco, paso a paso, con pies de plomo”, acumulando experiencias que permitan al cerebro comprobar que ya no existe aquella amenaza. En este camino, el acompañamiento de un profesional puede ser de ayuda para recuperar la seguridad y aprender a gestionar esa respuesta de alerta.

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