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“No he vuelto a pisar Granada por la ansiedad de pensar que puede haber otro terremoto”: la huella invisible que dejan los movimientos sísmicos

Más allá de las fachadas agrietadas, la psiquiatra Ana Isabel Sanz explica que el verdadero impacto de un terremoto ocurre muchas veces en silencio, dentro de la mente de quienes lo sufren

Vista de daños provocados por el terremoto de magnitud 5.2 este sábado en Granada (EFE/ Pepe Torres)
Vista de daños provocados por el terremoto de magnitud 5.2 este sábado en Granada (EFE/ Pepe Torres)
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Una pared agrietada, la evacuación preventiva o la alteración de la rutina. Para miles de granadinos, el verdadero impacto de los recientes episodios de terremotos no solo se mide en los daños visibles de sus casas, sino en la huella silenciosa que dejan en la mente de quienes los sufren: una respuesta natural de miedo, ansiedad y estrés ante la pérdida brusca de control sobre el entorno.

Tras una amenaza así, la psiquiatra y psicoterapeuta Ana Isabel Sanz, directora del Instituto Psiquiátrico Ipsias, explica a Infobae que es comprensible que el organismo no recupere la normalidad de inmediato: “Podemos permanecer más tensos, sobresaltarnos fácilmente, notar cambios en el ritmo cardíaco o experimentar ansiedad”. A esto se suma la posibilidad de réplicas, lo que mantiene una situación objetiva de incertidumbre en la que “cada persona necesita un tiempo diferente para recuperar su equilibrio”.

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Para saber cuándo una alerta deja de ser una reacción lógica, la especialista señala que la clave está en observar la persistencia de los síntomas: “Debemos prestar atención cuando continúan los sobresaltos, la activación excesiva, los flashbacks o las alteraciones del sueño”. Aunque la referencia temporal se sitúe entre uno y seis meses, Sanz enfatiza que lo crucial no es el reloj, sino “hasta qué punto esas reacciones están condicionando la vida de la persona”.

Calle de Granada tras los seísmos del martes. (REUTERS/Fermin Rodriguez)
Calle de Granada tras los seísmos del martes. (REUTERS/Fermin Rodriguez)

Miedo a la soledad y la búsqueda del hogar seguro

Ese temor ha empujado a muchos vecinos a tomar decisiones drásticas. Es el caso de Mónica, quien, tras los sismos registrados el pasado viernes, puso rumbo en mitad de la noche a casa de sus padres ante el miedo a sufrir una réplica en soledad: “No he vuelto a pisar Granada porque me muero de la ansiedad de pensar que en cualquier momento puede haber otro”.

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Cuando el propio hogar deja de percibirse como un refugio, Sanz aclara que “pueden coexistir dos miedos diferentes: la preocupación objetiva sobre si la vivienda continúa siendo segura y la propia casa convertida en un estímulo que recuerda lo sucedido y desencadena nuevamente el temor”.

Por ello, la experta propone empezar por lo práctico: comprobar la seguridad estructural del inmueble. Si la casa es segura, pero la angustia persiste, la recomendación es pautar un regreso gradual: “Podemos comenzar permaneciendo periodos breves, afrontar ese malestar utilizando técnicas de relajación y aumentar poco a poco el tiempo. No debemos avergonzarnos ni ocultar lo que sentimos”.

La Guardia Civil muestra los destrozos del terremoto este martes en Granada, de coches a un centro comercial.

La trampa de la ansiedad anticipatoria

Mientras algunos prefieren alejarse, para quienes se quedan en Granada la alerta permanece intacta en el cuerpo con cada nuevo temblor. “Tenemos miedo de que pueda repetirse y sea peor. Miedo a que nos pille durmiendo de noche”, señala un joven residente en la capital. Esta sensación permanente de amenaza responde a la propia naturaleza del ser humano. Como indica la psiquiatra: “Nuestro cerebro tiene entre sus prioridades básicas mantenernos a salvo. Un terremoto rompe por completo esa lógica porque aparece sin avisar y no podemos decidir cuándo va a producirse ni controlar sus consecuencias”.

Ante esa falta de control, la mente entra en una espiral defensiva: “Aparece lo que denominamos ansiedad anticipatoria: no estamos reaccionando ante algo que sucede en ese momento, sino ante la posibilidad de que pueda suceder”. A esto se suma el consumo continuo de información, sobre el que la experta advierte: “Esa sobreexposición no nos prepara mejor; al contrario, puede mantener nuestro organismo permanentemente activado”.

Un hombre haciendo una foto a la calle tras los terremotos del martes en Granada (REUTERS/Fermin Rodriguez)
Un hombre haciendo una foto a la calle tras los terremotos del martes en Granada (REUTERS/Fermin Rodriguez)

Doble vulnerabilidad: citas médicas canceladas

Los efectos de un temblor van mucho más allá de los daños en las infraestructuras. “Hemos ido a la cita de radioterapia y cuando hemos llegado estaba cerrada. Unos enfermeros nos han dicho que, debido a los terremotos y a que se preveía que iba a haber más, se ha suspendido toda la actividad por precaución”, explica una paciente del Hospital Universitario Virgen de las Nieves. El motivo responde a la extrema exactitud que requiere este tratamiento oncológico y es que en una sesión anterior —según relataron los propios sanitarios a los afectados— “la máquina se ha movido mucho”.

Esta interrupción médica evidencia cómo un mismo fenómeno impacta con diferente gravedad. La psicoterapeuta subraya que una persona expuesta anteriormente a situaciones traumáticas, incertidumbre o enfermedad presenta una vulnerabilidad diferente ante un nuevo evento estresante, por lo que pide no comparar respuestas: “No deberíamos juzgar la forma en la que cada persona reacciona. Que alguien tarde más en recuperarse no significa que sea más débil”.

Asimismo, la percepción del peligro varía según la vivencia de cada uno y, sobre todo, el entorno donde sorprenda el movimiento. Frente al pánico de estar en un edificio, la experiencia puede ser muy distinta en espacios abiertos. Es el caso de una joven residente en una caravana, quien señala que solo ha sentido “temblores pequeños” en su habitáculo y asegura que no le asustan demasiado al encontrarse al aire libre.

Un muro tras los terremotos de este martes en Granada. (REUTERS/Fermin Rodriguez)
Un muro tras los terremotos de este martes en Granada. (REUTERS/Fermin Rodriguez)

“Lo primero es buscar seguridad física”

Mónica relata que, al sentir el terremoto, se quedó paralizada y comenzó a temblar y a llorar instantáneamente. Para abordar estos picos de pánico, Sanz aconseja unas pautas: “Lo primero es buscar seguridad física. A partir de ahí debemos intentar salir progresivamente del aturdimiento, conectar con la realidad y utilizar técnicas de respiración profunda y lenta”. Además, la experta enfatiza la importancia de atender las necesidades psicofísicas básicas —como comer, beber o abrigarse— y limitar el exceso de información.

Estar preparados ayuda a ganar control y saber cómo actuar, pero la psiquiatra advierte del riesgo de cruzar la línea hacia la obsesión: la alerta permanente “provoca un desgaste psicológico y físico sin utilidad práctica”. “Cuando el miedo empieza a impedirnos recuperar nuestras rutinas, esa respuesta emocional deja de ser una reacción lógica. En ese momento debemos prestarle atención y valorar la necesidad de recibir ayuda especializada”, concluye Sanz.

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