Los expertos coinciden en cuál es el secreto para vivir 100 años: un estudio de cinco décadas identifica las claves de la longevidad

Una combinación de factores genéticos, estilo de vida y aspectos psicológicos podrían ser la respuesta de una vida centenaria

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Una pareja de ancianos bailando (Magnific)
Una pareja de ancianos bailando (Magnific)

Soplar las velas de una tarta de cumpleaños con el número 100 sigue siendo una excepción, pero la ciencia está cada vez más cerca de comprender por qué algunas personas logran tal hito. Y no solo vivir más tiempo, sino hacerlo con una buena calidad de vida. Ahora, un equipo de científicos de la Universidad Americana de El Cairo (Egipto) se ha propuesto encontrar el secreto de una longevidad saludable.

El estudio, publicado en la revista Discover Public Health, concluye que la longevidad excepcional no responde a un único factor, sino a la combinación de una genética favorable, hábitos saludables mantenidos durante décadas, resiliencia psicológica y un entorno social protector.

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Es esta la conclusión a la que ha llegado el equipo tras la revisión de 124 estudios publicados entre 1970 y 2025 sobre centenarios (entre 100 y 104 años), semisupercentenarios (entre los 105 y los 109 años) y supercentenarios (a partir de 110 años). Se trata de una de las revisiones más completas realizadas hasta ahora sobre los factores asociados a la longevidad extrema, ya que integra datos genéticos, biomarcadores, estilos de vida, características psicológicas y condiciones ambientales.

Una genética que protege frente al envejecimiento

Uno de los hallazgos más llamativos es que las personas que llegan a los 100 años no están libres de variantes genéticas relacionadas con enfermedades. En realidad, presentan una carga de riesgo similar a la de la población general. La diferencia es que poseen determinados genes protectores capaces de contrarrestar esos riesgos y retrasar la aparición de patologías asociadas al envejecimiento.

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Entre las variantes más vinculadas con la longevidad destacan FOXO3A y APOE ε2, dos biomarcadores identificados de forma consistente en distintas poblaciones. Los investigadores también observaron que la influencia de la genética aumenta conforme se alcanzan edades más avanzadas, especialmente entre quienes superan los 105 años.

El estudio también identifica una serie de características biológicas comunes entre los centenarios. Sus células mantienen una mayor capacidad para reparar el ADN, presentan telómeros más largos (estructuras que protegen el material genético) y muestran una edad biológica inferior a la cronológica según distintos marcadores epigenéticos. Además, conservan un sistema inmunitario capaz de equilibrar la inflamación propia del envejecimiento con mecanismos antiinflamatorios, un aspecto que podría contribuir a retrasar la aparición de enfermedades crónicas.

Una pareja de abuelos comiendo (Magnific)
Una pareja de abuelos comiendo (Magnific)

La genética no explica (por sí sola) una vida larga

Sin embargo, los autores subrayan que la genética, por sí sola, no explica una vida excepcionalmente larga. Los hábitos cotidianos siguen desempeñando un papel fundamental. De hecho, la mayoría de los centenarios comparten patrones de alimentación basados principalmente en alimentos de origen vegetal, con abundancia de legumbres, frutas y verduras, un consumo limitado de carne procesada y una ingesta calórica moderada.

La actividad física también forma parte de su rutina, aunque no necesariamente mediante la práctica deportiva. Caminar a diario, realizar tareas domésticas o mantener trabajos físicamente activos son actividades habituales entre este grupo. Asimismo, el tabaquismo es mucho menos frecuente, lo que refuerza la evidencia de que evitar el consumo de tabaco sigue siendo una de las medidas más eficaces para aumentar la esperanza de vida.

Otro de los factores que más llamó la atención de los investigadores fue el peso del bienestar emocional y de las relaciones sociales. Los centenarios suelen mostrar una elevada capacidad de adaptación frente a las dificultades, una actitud positiva y bajos niveles de estrés. Además, mantienen fuertes vínculos familiares y comunitarios, un aspecto que favorece la salud mental, reduce el aislamiento y contribuye a preservar las capacidades cognitivas.

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El lugar donde vivimos también importa

El estudio también demostró que el lugar donde vivimos también dictamina la cantidad de años que podemos vivir bien. Muchas de las personas más longevas habitan en regiones conocidas como las Zonas Azules, caracterizadas por una menor contaminación, una alimentación tradicional y comunidades cohesionadas que favorecen el apoyo mutuo y la participación social.

Aunque las Zonas Azules mundialmente reconocidas son Cerdeña (Italia), Okinawa (Japón), Nicoya (Costa Rica), Icaria (Grecia) y Loma Linda (EEUU), en España ciertas regiones también cuentan con una población centenaria por encima de la media, como es el caso de Galicia. En tierras gallegas, cerca de 2.000 personas superan los cien años, lo que supone alrededor del 12 % de toda la población española.

Pese a la solidez de los resultados, los autores recuerdan que la mayoría de los estudios analizados proceden de Europa, Japón y Estados Unidos, por lo que aún faltan investigaciones en otras regiones del mundo. Aun así, la principal conclusión es clara: alcanzar los 100 años con buena salud no depende exclusivamente de haber heredado los genes adecuados. La longevidad es el resultado de la interacción entre la biología, los hábitos de vida y el entorno, una combinación que, al menos en parte, está al alcance de la mayoría de la población.

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