La psicología coincide en por qué tu cerebro siempre piensa lo peor

La tendencia a rellenar la falta de información con hipótesis amenazantes responde a un mecanismo evolutivo

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Una mujer con insomnio. (Adobe Stock)
Una mujer con insomnio. (Adobe Stock)

Un silencio inesperado en una conversación un un amigo, un comentario desafortunado o enfrentarse a una reunión puede desatar un torrente de pensamientos negativos sobre lo que lo que los demás piensan. Tendemos a ponernos siempre en el peor de los escenarios y es normal. Es un mecanismo evolutivo del cerebro que baraja y construye ideas de las consecuencias en las que puede derivar cualquier acto con el objetivo de protegernos.

En un artículo publicado en Psychology Today, la psicóloga Cathleen Beachboard describe esta dinámica como una respuesta adaptativa: “Tu cerebro está diseñado para mantenerte en un grupo”. Una sola interacción ambigua puede imponerse sobre decenas de experiencias positivas, porque el cerebro da más peso a lo negativo y rellena la falta de información con hipótesis amenazantes. Esa tendencia, sostiene, no responde a una prueba de rechazo, sino a un sesgo de supervivencia.

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La tesis es que la incomodidad ante la duda no surge por casualidad, sino porque la pertenencia al grupo fue una condición de supervivencia para nuestros antepasados. De ahí que el cerebro, se haya vuelto especialmente sensible a las señales sociales. “Nuestra necesidad de pertenecer y conectar con los demás no es simplemente una necesidad emocional; también es una necesidad biológica”, señala la psicóloga.

Por qué el cerebro interpreta el silencio como rechazo

Beachboard sostiene que el malestar no aparece solo ante acontecimientos negativos consumados, sino también cuando falta información suficiente para interpretar una situación. En ese punto formula una de las escenas muy común: enviar mensaje y no obtener respuesta. Frente a posibilidades corrientes como que la otra persona esté ocupada o no pueda contestar, la mente ansiosa, escribe, suele escoger una sola explicación: algo no va bien.

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La autora subraya que esa conclusión “no se basa en ninguna evidencia que la respalde”, sino en la incomodidad que produce no disponer de certeza. Desde una lógica evolutiva, asumir un peligro mayor del real podía aumentar las opciones de sobrevivir, aunque hoy ese mismo reflejo cause sufrimiento innecesario. Otra de las claves de su planteamiento está en el sesgo de negatividad. Según resume, cuando una jornada acumula experiencias favorables, basta un gesto frío, un saludo que no llega o un mensaje escueto para que la atención quede fijada en ese detalle.

Algunas actitudes que tenemos, pueden ser señales de lo que somos según los psicólogos

Cómo frenar la tendencia al sesgo negativo

Beachboard plantea una alternativa que consiste en generar varias rutas explicativas ante un obstáculo, en lugar de aceptar como única la interpretación más temida. La práctica que recomienda es sencilla: escribir primero la conclusión automática —por ejemplo, pensar que alguien está enfadado— y después anotar otras tres explicaciones compatibles con las mismas pruebas. Una de esas alternativas, insiste, debe ser positiva para contrarrestar la inclinación natural del cerebro hacia el peor escenario.

Beachboard no presenta ese ejercicio como una forma de autoengaño, sino como un reequilibrio deliberado. “La esperanza es la práctica de pensar intencionalmente de manera diferente”, escribe, antes de proponer una pregunta de control: “¿Cuál de estas se basa en pruebas y cuál se basa en el miedo?”.

El objetivo, matiza, no es adivinar con certeza qué explicación es correcta, porque esa confirmación muchas veces no existe. Lo que cambia, según la autora, es la flexibilidad mental: cuanto más se entrenan alternativas, menos poder conserva el sesgo negativo.

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