
El hígado es el órgano más grande de nuestro cuerpo y también es uno de los más importantes. Dentro de sus misiones, ayuda a digerir correctamente los alimentos, almacenar y mantener un control energético y eliminar las toxinas. No obstante, el Instituto Nacional de Salud estadounidense advierte que sus funciones pueden verse afectadas cuando incrementan los niveles de colesterol en sus arterias. Algo que aumentaría, a su vez, la probabilidad de padecer enfermedades hepáticas y cardiacas.
En este sentido, el órgano siempre busca el equilibrio del metabolismo de una forma inteligente: almacena la energía después de comer para distribuirla durante los periodos de ayuno. Un equipo de investigación liderado por investigadoras del Institut de Recerca Biomèdica Catalunya Sud (IISPV), la Universitat Rovira i Virgili y el CIBERDEM en España acaba de descubrir las claves moleculares que se esconden detrás de este proceso.
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Su estudio, publicado en la revista Science Advances, ha revelado que un receptor celular llamado SUCNR1 actúa como un “sensor oculto” metabólico indispensable en las células del hígado. Con este hallazgo cambia radicalmente la forma en que entendíamos la adaptación de nuestro cuerpo a los diferentes estados nutricionales.

La función del succinato, la molécula encargada de producir energía celular
Durante mucho tiempo, los científicos consideraron a una molécula llamada succinato simplemente como un intermediario más en la producción de energía dentro de las mitocondrias (las minúsculas “fábricas de energía” que tienen nuestras células). Específicamente, el succinato es un intermediario clave en el famoso “ciclo de Krebs”, una cadena de montaje química que ocurre en el interior de las mitocondrias (nuestras fábricas de energía) para mantenernos vivos. Sin embargo, las investigadoras han demostrado que este biomarcador tiene una “doble vida”, ya que es capaz de viajar fuera de la célula y actúa como un mensajero, enviando señales a través de un receptor celular específico conocido como SUCNR1.
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De esta forma, cuando terminamos de comer, los niveles de succinato se disparan en el interior de las células del hígado (hepatocitos) y abandona la fábrica (la mitocondria), sale de la célula y viaja por el torrente sanguíneo. En este momento deja de ser un simple combustible para convertirse en una especie de “hormona” o señal de alerta. Su objetivo es buscar y unirse a su receptor específico, el SUCNR1 (la “antena” celular), que no solo se encuentra en el hígado, sino también en otros órganos clave como el tejido adiposo (la grasa) y el páncreas. Al unirse a esta antena, el succinato le comunica a todo el organismo: ‘Atención, acabamos de recibir nutrientes, es hora de dejar de quemar reservas y empezar a almacenar energía’.
Este conocimiento se ha obtenido con el seguimiento de ratones modificados genéticamente para que no generasen el receptor SUCNR1 en el sistema hepático. Los resultados fueron sorprendentes: sin este receptor, sus hígados se comportaban como si el animal estuviera permanentemente en un estado de inanición o ayuno prolongado, a pesar de haber comido. De esta forma, el órgano continuaba fabricando y liberando grandes cantidades de glucosa empleando aminoácidos como combustible. Por lo que se pudo comprobar que el SUCNR1 actúa como “freno” cuando llega la energía que aportan los alimentos. Pero, ¿qué relevancia tiene realmente este descubrimiento?
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Los posibles beneficios para personas con diabetes, obesidad e hígado graso
Hasta hace poco, la comunidad médica tenía una visión bastante negativa de esta molécula. Dado que se habían detectado niveles anormalmente altos de succinato en personas con obesidad, diabetes tipo 2 e hígado graso (enfermedad hepática esteatótica), se le consideraba el “villano” metabólico que causaba inflamación. Sin embargo, este nuevo estudio ha limpiado su nombre en el contexto de un organismo sano.
Ahora sabemos que el aumento temporal de succinato después de las comidas es una respuesta biológica totalmente natural y fisiológica. De hecho, sin este repunte temporal de succinato y sin la “antena” SUCNR1 para detectarlo, nuestro hígado perdería su “flexibilidad metabólica” y se quedaría atascado en un peligroso estado de falso ayuno crónico, incapaz de gestionar la energía de los alimentos que acabamos de ingerir. Concretamente, puede tener las siguientes consecuencias:
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- Las personas con diabetes tipo 2 podrían obtener un mayor control de la glucosa y resistencia a la insulina gracias al receptor SUCNR1. De hecho, los ratones del estudio presentaban niveles de glucosa en ayunas más altos y una mayor producción hepática de glucosa a falta de ese “sensor”.
- Asimismo, este receptor tiene un efecto protector directo contra la esteatosis (acumulación de grasa en el hígado) y los problemas de almacenamiento de glucógeno. Por lo que, al eliminar esta antena, las células del hígado (hepatocitos) perdieron su capacidad para procesar los nutrientes de manera óptima y sufrieron estrés mitocondrial y daño hepático subclínico. En este sentido, el SUCNR1 contribuye directamente al estrés y daño mitocondrial típico del hígado graso.
- Mientras, el sello distintivo de la obesidad es la “inflexibilidad metabólica”, es decir, la incapacidad del cuerpo para alternar eficientemente entre la quema de grasas (en ayunas) y el almacenamiento de carbohidratos (después de comer). Así, con este hallazgo se podría adaptar el hígado para que realice esa transición.
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