
Es medianoche, estamos viendo una película o leyendo un libro disfrutando (por fin) de la tranquilidad de los fines de semana y, de repente, ese gusanillo inconfundible se despierta en nuestro estómago. Como si el cuerpo pidiera un poco de chocolate, un helado o, para los de gusto más salado, unas palomitas.
Sin embargo, las incursiones a la cocina en mitad de la noche pueden no hacernos ningún bien, pues desajustan los relojes circadianos de nuestro intestino y alteran la motilidad digestiva. Así lo ha recogido un estudio de la UT Southwestern Medical Center de Texas (Estados Unidos) publicado recientemente en la revista PNAS.
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En un experimento llevado a cabo con modelos animales, los investigadores observaron que, cuando los ratones solo pudieron comer durante cuatro horas en la fase diurna, la actividad del gen Per2 cambió en casi todas las poblaciones celulares intestinales salvo en las células intersticiales de Cajal, que siguieron desincronizadas durante semanas pese al nuevo horario de comida.
El trabajo apunta a que comer en el periodo en que el cuerpo suele estar dormido no afecta por igual a todas las células del intestino. De hecho, esa falta de sincronía interna podría perjudicar funciones digestivas y metabólicas, porque no todos los relojes celulares responden del mismo modo al cambio de horario alimentario.
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Yuuki Obata, profesor ayudante de inmunología y neurociencia en UT Southwestern Medical Center y codirector del estudio junto a Shin Yamazaki, ha explicado en declaraciones recogidas por Medical Xpress que entender cómo se desalinean los relojes circadianos intestinales “podría orientar estrategias relacionadas con el horario de las comidas, terapias basadas en el ritmo circadiano o intervenciones dietéticas” para mejorar la salud gastrointestinal y metabólica.
Qué ocurre en el intestino cuando comemos a deshoras
La base del estudio parte de una idea asentada desde hace décadas: el núcleo supraquiasmático del cerebro actúa como regulador maestro del tiempo biológico y coordina procesos celulares en ciclos de 24 horas marcados por la luz y la oscuridad. El propio Yamazaki ya había demostrado en el año 2000 con otros colegas que las células de todo el cuerpo también tienen relojes autónomos, modulados tanto por señales cerebrales como por factores ambientales.
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El intestino encaja en ese esquema, pero con una complejidad añadida. Los trabajos previos se habían hecho a partir de tejido intestinal completo, de modo que no estaba claro si cada tipo celular contaba con su propio reloj circadiano ni si todos funcionaban con el mismo horario. Para responder a esa pregunta, los investigadores observaron ratones modificados genéticamente por Joseph Takahashi, presidente y profesor de neurociencia de UT Southwestern, y su laboratorio. Los animales se mantuvieron en ciclos fijos de 12 horas de luz y 12 de oscuridad, con acceso continuo al alimento.
Cinco tipos celulares intestinales emitían fluorescencia verde cuando estaba activo Per2, un gen clave del reloj circadiano: neuronas entéricas, células gliales entéricas, células intersticiales de Cajal, células de músculo liso y macrófagos de la muscular. Como los ratones son nocturnos, consumían cerca del 80 % de sus comidas por la noche.
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Tras aproximadamente una semana en esas condiciones, los investigadores vieron que las distintas células brillaban en momentos parecidos. Esa coincidencia temporal sugiere que cada población celular tiene un reloj propio, pero sincronizado con los demás cuando la alimentación se produce en el horario habitual del animal.
Las llamadas células de Cajal y la motilidad intestinal
La imagen cambió cuando la comida solo estuvo disponible durante una franja diurna de cuatro horas, lo que obligó a los animales a alimentarse en un momento anómalo para su biología. Según recoge Medical Xpress, la actividad de Per2 se desplazó para adaptarse al nuevo ritmo en todas las poblaciones celulares salvo en las células intersticiales de Cajal.
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Esa resistencia es relevante porque las células intersticiales de Cajal desempeñan un papel central en la motilidad intestinal. Si mantienen un reloj distinto al del resto del tejido, el intestino puede perder coordinación en sus movimientos y en la forma en que integra señales digestivas y metabólicas.
Los autores plantean que una asincronía similar podría producirse en personas que comen fuera de sus ritmos circadianos normales, como quienes trabajan en turno de noche o viajan entre husos horarios. El estudio relaciona ese posible desajuste con trastornos como el síndrome del intestino irritable, la enfermedad inflamatoria intestinal o el estreñimiento.
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