
Desde que somos pequeños, siempre se nos ha insistido en lo importante que es dormir bien. Descansar un mínimo de seis horas cuando somos adultos, es una norma que hasta la Organización Mundial de la Salud suscribe, por la importancia que el sueño puede tener en nuestra salud física y mental.
Dormir es, al fin y al cabo, un proceso biológico tan importante como cualquier otro. Común, además, en todas las especies, así como algunos derivados del sueño, de modo que todos los animales, incluido el ser humano, bostezamos.
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En cuanto a la función que tiene el sueño en el bienestar, hay numerosos estudios que lo han investigado. El National Heart, Lund and Blood Institute (NHLBI) de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos (NIH) cita dos investigaciones financiadas por la institución con importantes resultados al respecto.
En una, “hallaron que los adultos que habitualmente duermen 7-8 horas por noche tienen un menor riesgo de obesidad y presión arterial alta”. En la otra, demostraron que “los trastornos del sueño no tratados aumentaron el riesgo de sufrir problemas cardíacos y problemas durante el embarazo, que incluyen presión arterial alta y diabetes”.
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La mejor hora para dormir
Sin embargo, en las últimas décadas del siglo XX se descubrió otro mecanismo biológico que revolucionó el campo de los estudios del sueño: el ritmo circadianos. El NIH los define en su glosario online como el ciclo natural de “cambios físicos, mentales y de comportamiento que experimenta el cuerpo en un ciclo de 24 horas”. Este ritmo es especialmente afectado por dos elementos, que son la luz y la oscuridad, percibidas por “una pequeña área en el medio del encéfalo”, que es donde está el reloj circadiano central humano.
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Los cambios que este provoca en función de si detecta luz u oscuridad pueden ser de todo tipo, como el que tengamos hambre, se liberen unas determinadas hormonas, se active el metabolismo, se repare el ADN, se regule la temperatura corporal... y nos entre sueño con la generación de melatonina. De este modo, estos ritmos son una especie de “reloj biológico” que nos dice cuándo dormir para que nuestro sueño sea más profundo, y por lo tanto, repare mejor todos los tejidos y funciones de nuestro cuerpo.
“Los ritmos circadianos anormales a veces se relacionan con la obesidad, la diabetes, la depresión, el trastorno bipolar, el trastorno afectivo estacional y los trastornos del sueño; por ejemplo, el insomnio”, terminan de explicar desde el NIH.
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La importancia de respetar los ritmos
Si bien es cierto que en la actualidad se está barajando la posibilidad de que cada persona pueda tener un cronotipo -un horario de sueño preferido- distinto, y por lo tanto sus ritmos funcionen de una manera igualmente individualizada, también lo es que, en términos generales, nuestro cuerpo funciona de una manera similar: cuando hay luz, prefiere estar despierto; cuando hay oscuridad, tiende a preferir estar dormido.
En la actualidad, muchos elementos en nuestro día a día nos impiden tener sueño a las horas acordes a nuestros ciclos naturales de descanso: el estrés es uno de los principales, pero también las pantallas electrónicas juegan un papel determinante, pues hacen que nuestro cerebro reciba luz y pueda confundir las horas del día a nivel interno.
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Todo ello no cambia nuestros ritmos, sino que sitúa al cuerpo ‘fuera’ de los mismos, con todos los riesgos que conlleva, como una investigación de 2021 disponible en la European Heart Journal, en la que un grupo de científicos británicos vieron cómo un inicio tardío del sueño derivaba en una mayor incidencia de las enfermedades cardiovasculares.
Más allá de los efectos físicos
Otro paso más en la compresión de un sueño sano ha sido entender cómo este también es vital para la salud mental. Un estudio publicado este mismo julio en la revista Psichiatry Research aborda las amenazas que puede tener trasnochar, aunque luego durmamos 6 horas o más. Los investigadores, pertenecientes a la Universidad de Stanford, tomaron datos de más de 70.000 individuos diferentes
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“Nuestra hipótesis a priori era una expectativa de mejor salud mental en individuos cuyos patrones de sueño coinciden con su horario de sueño preferido (cronotipos)”, explican en el artículo. Sin embargo, al analizar los datos no tuvieron más remedio que concluir que “para todos los cronotipos, tener un horario de sueño más temprano es mejor para la salud mental”.
La hora que los expertos de Standford concluyeron como límite para irse a dormir fue la una de la mañana. Irse más tarde, incurría en un mayor riesgo a largo plazo de trastornos mentales, conductuales y del neurodesarrollo, como la depresión y el trastorno de ansiedad generalizada.
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