
Los dinosaurios espinosáuridos (Spinosauridae) fueron uno de los grandes depredadores del Jurásico y el Cretácico. Estos animales de hocico alargado, muy similares a los cocodrilos actuales, guardaban hasta ahora grandes misterios para la comunidad científica, que aventuraba por su fisionomía una existencia ligada al agua. Ahora, un equipo internacional de paleontólogos ha descubierto glándulas salinas en sus ojos, un órgano indispensable para poder cazar en medios marinos.
Este tipo de glándula excreta el exceso de sal, como si de lágrimas se tratase; una función fundamental en animales que habitan ambientes marinos o salobres. En especies actuales, varias familias de aves marinas utilizan un sistema equivalente para depurar el organismo y expulsan el cloruro de sodio sobrante mediante un fluido denso que sale por los ojos.
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Los investigadores del OPHIS Museo Paleontológico y Centro Erpetológico (Italia), la Universidad de Southampton (Reino Unido) y la Universidade Federal de São Carlos (Brasil) analizaron varios fósiles del Cretácico hallados en Marruecos y hallaron en ellos huellas óseas en el techo del cráneo, equivalentes a las marcas donde las aves actuales tienen las glándulas de desalinización.
Los paleontólogos detectaron asimismo surcos y orificios vasculares, que indicarían la posición de la glándula y su ducto excretor, así como la ruta del suministro sanguíneo. Estas huellas no se habían visto hasta ahora, lo que apunta a que ciertas poblaciones de espinosáuridos podrían haber desarrollado estas glándulas para convivir con el agua salada.
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Llorar para poder cazar
Este mecanismo fisiológico fortalece la hipótesis de una especialización acuática singular para los espinosáuridos y parientes cercanos. La recién descubierta habilidad estaría respaldada por los datos geológicos, pues estos fósiles suelen encontrarse en antiguos litorales, mientras que los restos de agua dulce no la presentan.
La conclusión que plantea el artículo es que esa flexibilidad fisiológica permitió a los espinosáuridos expandir su nicho ecológico más allá de los ambientes continentales, permitiéndoles alimentarse de especies marinas. El hallazgo reabre además la discusión sobre hasta qué punto estos reptiles del Cretácico pasaban tiempo dentro del agua o dependían de ella para alimentarse.
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Según ha expresado David Martill, científico de la Universidad de Portsmouth, a National Geografic, la presencia de la glándula respalda la teoría de una vida acuática prolongada, ya fuese porque estos animales fueran capaces de nadar o porque esperasen a sus presas de pie en la orilla.
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Sin embargo, los autores todavía presentan dudas sobre estos surcos. Primero, porque su interpretación se basa principalmente en ejemplares encontrados en Marruecos y del periodo del Cretácico Superior, por lo que este hallazgo podría no repetirse en otros ejemplares. Así, estas marcas podrían ser simplemente una deformación en el fósil por el paso del tiempo. Además, algunos de los cambios identificados se atribuyen a convergencia evolutiva más que a herencia directa de los linajes marinos.
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El estudio sugiere realizar nuevos análisis de microanatomía y tomografía en otros ejemplares y grupos de dinosaurios para comprobar si otras formas extintas también desarrollaron adaptaciones similares, abriendo preguntas sobre la evolución fisiológica de los dinosaurios en función de sus hábitats.
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