Alfredo Molina, veterinario: “Cuando tu mascota esté ya muy enferma, tienes que pensar si estás alargando su vida o su sufrimiento”

Reconocer el sufrimiento del animal y actuar en consecuencia no es un acto de abandono, sino de respeto y responsabilidad

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Imagen de recurso de un perro. (Canva)
Imagen de recurso de un perro. (Canva)

La despedida de una mascota plantea uno de los dilemas más complejos para quienes conviven con animales. En determinadas circunstancias, el adiós se vuelve ineludible, por mucho que cause dolor y tristeza. Sobre esta situación reflexiona el veterinario Alfredo Molina desde sus redes sociales, donde aborda el proceso de tomar decisiones al final de la vida de un animal de compañía. Molina señala que el amor no consiste en mantenerlos a cualquier precio, sino en permitirles partir con dignidad y el menor sufrimiento posible, ya que muchas veces el cuidado se confunde con el temor a dejarlos ir. Esta distinción resulta fundamental para quienes enfrentan la etapa final junto a sus mascotas.

Frente al deterioro de una mascota, surge una pregunta difícil: ¿se está prolongando su vida o su sufrimiento? La medicina aporta múltiples opciones, pero no todo lo que es posible necesariamente es lo más adecuado. Molina subraya que, aunque la medicina veterinaria ha avanzado enormemente y hoy existen alternativas para extender la vida, esto no siempre equivale a calidad de vida para el animal. Molina lo tiene claro: “Cuando tu mascota esté ya muy enferma, tienes que pensar si estás alargando su vida o su sufrimiento”.

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La evaluación del bienestar en la etapa final no obedece a un único síntoma ni a una pauta concreta. Cuando el sufrimiento se extiende, los días negativos superan a los positivos, la vitalidad disminuye y el apetito desaparece, el enfoque debe centrarse en la calidad de vida restante. En opinión de Molina, en estos casos la responsabilidad y el respeto hacia el animal guían la decisión. El veterinario sostiene que la verdadera muestra de amor es saber reconocer cuándo la vida del animal se ha vuelto una carga, y cuándo el dolor y el malestar superan cualquier posibilidad de disfrute.

Cómo prepararse para el adiós

Aceptar el final no significa abandonar, sino acompañar. Molina advierte sobre la tendencia a buscar más tratamientos y procedimientos, extendiendo el dolor sin considerar el bienestar real del animal. A la hora de valorar la eutanasia, el veterinario aconseja priorizar la honestidad sobre el modo en que se transita ese tiempo, más allá de cuánto pueda prolongarse. En muchos casos, las familias insisten en someter al animal a pruebas o intervenciones que solo prolongan una situación de sufrimiento. Según Molina, la clave está en preguntarse si esas decisiones responden al interés del animal o al propio miedo de perderlo.

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La cuestión deja de ser cuánto tiempo más puede vivir la mascota y pasa a ser cómo vive ese tiempo. Los animales no experimentan el temor a la muerte de la misma manera que los humanos; lo que realmente les afecta es el dolor y la falta de bienestar. Tomar decisiones que buscan evitar ese sufrimiento es una forma de cuidado hasta el último momento. El amor hacia el animal implica no solo acompañar, sino también saber cuándo dejarlo ir. Molina enfatiza que los animales no comprenden el concepto de muerte, pero sí sienten el dolor físico y la incomodidad. Por eso, prolongar la vida a costa de sufrimiento no constituye un acto de amor.

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Señales de sufrimiento en animales

Identificar el umbral del sufrimiento implica observar varios signos, según Molina. Entre ellos, menciona el dolor persistente, la pérdida de interés en actividades habituales, la falta de apetito, la movilidad reducida, la acumulación de días malos frente a los buenos y la imposibilidad de controlar esfínteres. El seguimiento de estos patrones permite enfocar la atención en la calidad de vida, dejando de lado la pregunta sobre la esperanza de vida. Molina detalla que, en la práctica clínica, es común que las familias consulten cuando notan que el animal pasa la mayor parte del día cansado o indiferente, cuando ya no responde a estímulos que antes le generaban alegría, o cuando el dolor no puede manejarse con los tratamientos habituales.

El veterinario recomienda observar cambios sutiles en la conducta: si el animal deja de buscar la compañía de su familia, muestra signos de ansiedad o se aísla, o si las rutinas de paseo y alimentación se ven afectadas. Estas señales, en conjunto, aportan información clave para valorar el estado general y determinar si la vida del animal mantiene una calidad aceptable.

En la decisión final, el acompañamiento profesional resulta fundamental. Molina aconseja hablar con el veterinario de confianza, quien puede orientar sobre el proceso y ofrecer apoyo emocional a la familia. Reconocer el sufrimiento del animal y actuar en consecuencia no es un acto de abandono, sino la máxima expresión de respeto y responsabilidad hacia un ser querido.

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