Mortadela o chóped: los nutricionistas aclaran cuál de los dos embutidos es mejor para la salud

Ambos alimentos son bastante similares en cuanto al perfil nutricional

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Unas lonchas de mortadela
Unas lonchas de mortadela (Magnific)

La mortadela y el chóped forman parte de los embutidos más consumidos en España, especialmente en bocadillos, meriendas y comidas rápidas. Aunque ambos productos suelen estar asociados a una alimentación poco saludable, los datos de la Fundación Española de la Nutrición (FEN) muestran que existen diferencias y matices importantes en su composición nutricional. La pregunta es inevitable: ¿cuál de los dos resulta es mejor para la salud?

Según la FEN, tanto la mortadela como el chóped aportan algo más de 300 kilocalorías por cada 100 gramos. En ambos casos, el valor energético depende principalmente de la grasa y de las proteínas presentes en el alimento, mientras que los hidratos de carbono apenas representan un 3 % de la composición y tienen un impacto mínimo en las calorías totales.

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A nivel calórico, los dos productos presentan cifras similares y claramente inferiores a otros embutidos más grasos como el salchichón o ciertos tipos de chorizo. Esto se debe a su mayor contenido de agua y a un menor porcentaje de grasa. Sin embargo, siguen estando por encima de las carnes frescas semigrasas de cerdo o ternera.

Uno de los aspectos más interesantes señalados por la FEN es que la grasa insaturada (especialmente monoinsaturada) supera a la grasa saturada tanto en la mortadela como en el chóped. Este dato contradice la creencia popular de que todos los derivados cárnicos contienen predominantemente grasas saturadas. Aun así, ambos productos presentan cantidades de colesterol superiores a las de las carnes frescas de las que proceden.

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Dos embutidos con nutrientes similares

En cuanto a las proteínas, tanto la mortadela como el chóped contienen alrededor de 14 gramos por cada 100 gramos de producto, una cifra inferior a la de la carne fresca. Además, la calidad proteica puede verse afectada por la cantidad de colágeno utilizada durante la elaboración: cuanto mayor es la proporción de colágeno, menor es el valor biológico de la proteína.

Donde sí destacan ambos embutidos es en el aporte de ciertos minerales. La mortadela es fuente de hierro, fósforo y zinc, mientras que el chóped también aporta estos minerales en cantidades relevantes. En especial, la FEN subraya la presencia de hierro hemo, una forma de hierro de alta biodisponibilidad, es decir, fácilmente absorbible por el organismo. Entre el 15 % y el 30 % del hierro hemo consumido puede aprovecharse eficazmente, una ventaja nutricional frente a otros alimentos.

Respecto a las vitaminas, los dos productos contienen vitaminas del grupo B. La tiamina, la riboflavina y la niacina son las más destacadas y contribuyen al metabolismo energético normal. En el caso del chóped, una ración puede cubrir hasta el 18 % de las necesidades diarias recomendadas de niacina en hombres jóvenes con actividad física moderada y hasta el 23 % en mujeres.

Sin embargo, el principal problema nutricional de ambos alimentos es su elevado contenido en sodio. La sal utilizada durante el proceso de elaboración convierte tanto a la mortadela como al chóped en productos cuyo consumo debe ser ocasional, especialmente en personas con hipertensión arterial o que necesiten seguir dietas bajas en sodio.

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Mortadela o chóped: la clave está en la moderación

Entonces, ¿cuál es mejor para la salud? Desde un punto de vista estrictamente nutricional, las diferencias son mínimas. Ambos comparten un perfil muy parecido en calorías, grasas, proteínas y micronutrientes. No obstante, el chóped parece recibir una advertencia más explícita por parte de la FEN respecto a su consumo ocasional en personas hipertensas, mientras que la mortadela destaca ligeramente por su aporte de hierro hemo.

En cualquier caso, los expertos coinciden en que ninguno de los dos debería considerarse un alimento de consumo diario. Aunque aportan nutrientes útiles como proteínas, hierro y vitaminas del grupo B, su contenido en sal y el hecho de ser carnes procesadas obligan a moderar su presencia en la dieta. La clave, como en casi todos los alimentos ultraprocesados, está en la frecuencia y la cantidad consumida.

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