
Hablar de la evolución como un proceso que experimentaron los homínidos hace millones de años sería erróneo, pues es probable que nunca terminemos de evolucionar. Es lo que está ocurriendo de forma extraordinaria con los habitantes de los Andes, aunque el catalizador de esta evolución que están viviendo los andinos es mucho más humilde de lo que podríamos pensar: las patatas. Estos tubérculos podrían estar transformando la biología de estas personas al mejorar su capacidad para digerir el almidón.
Se sabe que estas poblaciones de Sudamérica fueron las primeras en domesticar la patata, lo que podría explicar esta mayor tolerancia al almidón. “Los Andes, una región de gran altitud, son conocidos por ser un lugar idóneo para comprender la adaptación evolutiva humana; por ejemplo, la hipoxia, en la que los tejidos no reciben suficiente oxígeno”, afirma la antropóloga Abigail Bigham, de la Universidad de California en Los Ángeles.
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Una investigación publicada en la revista Nature Communications ha demostrado que las poblaciones indígenas del altiplano andino presentan una inusual adaptación digestiva que les permite descomponer el almidón de forma más eficiente que casi cualquier otro grupo humano conocido. Investigadores internacionales han identificado una mayor cantidad de copias del gen AMY1 entre los Quechua de los Andes peruanos, una variación que podría estar relacionada con la domesticación ancestral de la patata.
Un reciente estudio sostiene que los indígenas quechuas de Perú concentran un número mediano de 10 copias del gen AMY1, en tanto que el promedio global se sitúa en siete copias. Este incremento se estima que proporcionó una ventaja de supervivencia o reproducción del 1,24% por generación en este grupo humano, según los autores. La presencia de más copias del gen AMY1 eleva la producción de amilasa salival, la enzima específica para digerir el almidón desde las primeras fases de la digestión.
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La dieta de la patata en los Andes
A través de métodos de datación genética y modelos evolutivos, el equipo determinó que las copias adicionales del gen AMY1 ya existían en los habitantes de los Andes antes de la domesticación de la patata, pero este rasgo comenzó a expandirse hace unos 10.000 años. Esta cronología coincide con la fecha estimada para el inicio del cultivo y consumo sistemático de la patata en la región, calibrada entre hace 10.000 y 6.000 años, lo que refuerza la hipótesis de que la presión selectiva derivada de la dieta andina favoreció a los individuos con mayores niveles de producción de amilasa.

El modelo propuesto por los investigadores sugiere que las personas con menos copias del gen AMY1 fueron eliminadas gradualmente de la población, probablemente porque dejaron menos descendencia, mientras que quienes presentaban una mayor capacidad para digerir el almidón prosperaron. Según Gokcumen en Science Alert, “la evolución talla una escultura, no construye un edificio”. Por tanto, el cambio no se produjo súbitamente, sino por el desplazamiento progresivo de los genotipos menos adaptados.
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El análisis incluye una comparación con poblaciones descendientes de los mayas en América Central, donde no se practicó históricamente el cultivo de la patata. Los científicos no detectaron en estos grupos la misma acumulación de copias del gen AMY1, lo que refuerza el vínculo específico entre la historia agraria andina y la adaptación genética identificada. Así, esta mayor cantidad de copias del gen hallada en los peruanos no responde al azar, sino a la presión selectiva ejercida por la dieta rica en patata.
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